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La ciudad en cuestión (Libro)

AGRADECIMIENTOS

 

 

 

Agradezco muy especialmente al Dr. Gustavo Buzai y a la Lic. Claudia Baxendale por haberme guiado y acompañado en el camino intelectual que me ha posibilitado la producción de esta obra. Asimismo, quiero reconocer la lectura y comentario de la obra por parte de Omar Genovese durante el proceso de preedición. Por último, hago extensivo el agradecimiento a todos los que de alguna manera colaboraron en mi formación profesional y docente: profesores, directivos, colegas, auxiliares de la educación, alumnos, amigos y familiares. Todos ellos implícita o explícitamente están citados en los párrafos que siguen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

 

 

El libro consta de dos ensayos. El primero La ciudad en cuestión, que por su mayor peso específico en cuanto al estudio del Aglomerado Gran Buenos Aires[1], es el que le imprime el título a la obra. En segundo El tango y la cumbia villera como expresiones del suburbio, podría considerarse un desprendimiento y ampliación de las temáticas culturales del primero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CIUDAD EN CUESTIÓN

 

 

 

1. Introducción

 

 

 

El trabajo que se presenta en este ensayo en torno a la problemática urbana del Aglomerado Gran Buenos Aires, se aborda desde planteamientos que consideran a la región como soporte de lo global (Santos, 2000), combinando diferentes escalas espaciales y las relaciones existentes en el ámbito de lo glocal[2].

El interés del tema presentado se fundamenta en la importancia de las repercusiones de la globalización en una región urbana como la del Aglomerado Gran Buenos Aires, que se consolida como un nodo periférico (Sassen, 1999) en el sistema mundial de ciudades, lo cual se puede verificar en las recientes transformaciones socioespaciales.

Ante este contexto, la mayor parte de los flujos de capital tienden a concentrarse en el Aglomerado Gran Buenos Aires, y dentro de la misma, en ciertas áreas en particular, desencadenando fenómenos de fragmentación y polarización socioterritoriales.

El gran desarrollo inmobiliario ocurrido desde la década de 1990 se aglutina preferentemente en algunas zonas del área central (Palermo, Puerto Madero, Abasto, Retiro, Recoleta, Belgrano) y alrededor de las principales vías de comunicación en la periferia. En el área central se desarrollaron nuevos emprendimientos residenciales (torres de lujo y viviendas recicladas), de gestión empresarial (torres inteligentes), comerciales (shoppings) y hoteleros. En la periferia de Buenos Aires tuvo lugar el proceso de expansión de las urbanizaciones cerradas y la proliferación de grandes centros comerciales (hipermercados y shoppings). Las principales inversiones inmobiliarias estuvieron dirigidas a un público de poder adquisitivo medio-alto y alto. En consecuencia, tanto en el área central como en la periferia de Buenos Aires, se profundizó el contraste entre los sectores distintos sectores sociales.

La vitalidad del espacio público está retrocediendo frente al progresivo aislamiento de la residencia y de las actividades comerciales. La ciudad pública, construida sobre la base de un espacio de mezcla e integración, se halla peligrosamente amenazada por un prototipo de ciudad privada, que tiende hacia la fragmentación y la homogenización de las relaciones sociales.

A través del análisis de la problemática abordada se persiguen los siguientes objetivos:

1. Mostrar de que manera las nuevas formas de producción y articulación del espacio geográfico constituyen a la vez un rasgo distintivo y uno de los factores explicativos de las recientes formas de metropolización. Pues, se está pasando de un espacio metropolitano más compacto en forma de “mancha de aceite”, con una morfología, bordes o tentáculos bastante definidos, a un crecimiento metropolitano más reticulado, con la aparición de subcentralidades; conformando una ciudad de bordes más difusos y dando lugar en algunos casos a verdaderos archipiélagos urbanos.

2. Reflejar a través de una descripción crítica como los cambios que acompañan a la globalización, transforman funcional, socialmente y desde el punto de vista del paisaje los diferentes ámbitos del Aglomerado Gran Buenos Aires.

3. Brindar elementos para la comprensión de la ciudad como un sistema complejo, es decir, como una totalidad organizada por múltiples procesos interrelacionados. No afirmamos que de este modo uno pueda llegar a dar cuenta acabada de ese Aleph que es la ciudad (Gorelik, 2004), decimos simplemente que para llegar a pensarla es necesario ejercitarse en las tan diferentes dimensiones que componen su materialidad y su cultura multiformes a lo largo del tiempo.

Cuando hablamos de la ciudad, de lo urbano, aludimos a una serie de problemáticas socionaturales. Aunque algunas de las cuestiones puedan ser objeto de la investigación específica de sociólogos, antropólogos, historiadores, filósofos, psicólogos, arquitectos, politólogos, economistas, juristas, biólogos, ambientalistas, etc.; lo “especifico” del geógrafo será, por el contrario, su visión integradora. Porque, por ejemplo, mientras el antropólogo realiza sus investigaciones a pie y el sociólogo las ejecuta en auto por la autopista principal (Canclini, 2001), el geógrafo las realiza un poco a pie, otro tanto en auto, otro poco en avión y el resto vía satélite.

La Geografía, en su sentido tradicional y fundamental, tiene por objeto de estudio las relaciones entre la sociedad y el espacio en un sistema de afectaciones mutuas. Esta hermenéutica socioespacial se lleva a la práctica a través de un método sintético, yendo de las dimensiones sociales, políticas, económicas, ambientales a la espacial y viceversa. Queda claro, entonces, que el aporte primordial del geógrafo será la de contribuir a realizar esta síntesis, y que la misma definición de lo urbano será para él una definición de índole geográfica. Buzai (1998) asevera:

 

La complejidad del mundo actual indudablemente demanda visiones integradoras y no logradas a través de la parcialidad que se obtiene al encasillarse en una única perspectiva. Ningún geógrafo considerado “cuantitativo” en la actualidad pensará que la aplicación de la geometría fractal brindará una respuesta completa a las distribuciones espaciales de las entidades de existencia real, de la misma manera que ningún geógrafo considerado “marxista” pensará que la base económica logrará las mejores aproximaciones a cualquiera de las múltiples escalas que propone la realidad. En síntesis, ambas posturas pueden complementarse y resulta realmente miope pensar que la verdadera generación de conocimiento se pueda dar de forma compartimentada. El mundo actual demanda de una verdadera amplitud mental de los científicos a fin de poder evaluar conceptualmente todos los aspectos filosóficos y metodológicos desarrollados por las ciencias en general y la Geografía en particular, lo cual podrá brindarnos aproximaciones en diferentes órdenes de profundidad. La habilidad del geógrafo actual será la de poder combinar aspectos específicos de cualquier postura (sin entrar en contradicciones) a fin de generar conocimientos cada vez más profundos e intentar verificar el avance de la cultura posmoderna y de la sociedad posindustrial como promotoras de nuevas de nuevas condiciones geoeconómicas. Si por el contrario, ponemos límites ficticios alrededor de un enfoque, vemos al resto de las posturas como competidoras, pensamos que la última perspectiva es superadora a las anteriores y el resultado más acabado en la evolución del conocimiento, y si consideramos que puede existir una ciencia ideológicamente neutral, tendremos como resultado una visión anacrónica (Buzai, 1996) de la evolución del pensamiento geográfico y con ello limitaremos notablemente nuestro campo de acción (Buzai, 1998:7).

 

 

Si partimos de la base de considerar a la realidad como un “sistema complejo”, diferentes teorías pueden ser utilizadas para explicar aspectos espaciales en distintos niveles de resolución. Por lo tanto, nuestro ensayo apunta a rescatar una visión multiparadigmática que nos permita contar con una mayor amplitud de criterios interpretativos y así avanzar, como dice Buzai (1998:7), hacia el desafío de una “Geografía Global”. Asimismo, Harvey (2007) expresa:

 

Ante las presiones externas y el desorden interno, la geografía ha tendido a fragmentarse en años recientes y a buscar la salvación en una profesionalización mucho más rígida de sus partes. Pero cuanto más éxito ha tenido en este sentido, más a caído su método en un positivismo monolítico y dogmático y más fácilmente podían las partes ser absorbidas por una disciplina analítica afín (los geógrafos físicos por la geología, los teóricos de la localización por la economía, los teóricos de la elección espacial por la psicología, etcétera). De esa manera los geógrafos perdieron su razón de ser como sintetizadores del conocimiento en el aspecto espacial (Harvey, 2007:128).

 

Sin embargo nuestra visión es optimista, pues la ciencia geográfica, por su carácter esencial de ciencia integradora, corre con ventaja con respecto a las otras disciplinas académicas; siempre y cuando focalice su horizonte en la síntesis y no claudique ante la tentación hacia la fragmentación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2. La ciudad del prejuicio

 

 

 

2.1. Entre ellos y nosotros: la realidad mediatizada

 

 

 

Antes de enfocarnos en el poder actual que ostentan los medios masivos de comunicación, consideramos de suma importancia realizar una breve introducción de índole filosófica para intentar dilucidar el trasfondo del tema en cuestión. Feinmann (2011a) será nuestro guía:

 

[…] Sartre ya se delineaba como lo opuesto al segundo Heidegger: el de la aniquilación del humanismo, del sujeto, de la historia, del hombre y de otras cosas que jamás contempló aunque, de pasada, se encargó de desdeñar: la praxis, por ejemplo, ¿A dónde llevaba Heidegger? Al estructuralismo […] Para Heidegger, el hombre vive en falta ante el ser. El ser se ha retirado a causa de su olvido, como si esa desmemoria lo hubiera ofendido gravemente. Y ahora el hombre debe hacer todo tipo de actos de despojo para llegar al claro del bosque, para abrirse la ser, para dedicarle su pathos de la escucha, para, en el mejor de los casos, llegar a ser su pastor […] Tenemos que continuar en el camino áspero –y para nosotros amargo, triste y odioso- de la destrucción del sujeto y de los humanismos en los estructuralistas y los post […] solo para mostrar la instauración del sujeto bélico comunicacional sobre la derrota del sujeto-hombre, del sujeto-praxis, del sujeto inmerso en la Historia, que es el único que puede oponerse la poder […] Escribe Eduardo Grüner (1997:118, 121 y 122):“la insistencia extrema en la desaparición del Sujeto […] puede fácilmente hacer que sea precisamente el Poder quien quede liberado en su omnipotencia: en condiciones de desigualdad e injusticia sustantiva […] ‘Ellos’ no se han hecho cargo, en todo caso, del desvanecimiento de su propia subjetividad, mientras que ‘nosotros’ nos apresuramos a liquidar la nuestra […]” (Feinmann, 2011a:2 y 3). 

 

 

La tesis central y original que nos presentan Feinmann es el paso del humanismo al antihumanismo, de la modernidad a la posmodernidad, a través del remplazo del sujeto cartesiano por el Sujeto del Poder Comunicacional. Es decir, el paso de un Sujeto con bastante conciencia crítica y presencia histórica a un Super Sujeto Mediático que crea y coloniza las subjetividades de los nuevos sujetos disminuidos. El sujeto cartesiano debilitado desde el ámbito teórico (por las estructuralistas y los posmodernos) ahora sufre la dominación de la praxis del Poder Comunicacional y asociados. Sobre la creación de la realidad por parte de los medios masivos de comunicación, Feinmann (2011b) comenta:

 

Escribe Benjamin (1994:57): “La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha transformado ahora en espectáculo de sí misma”. Es, sobre todo en la Ilíada, donde Homero exhibe a los dioses en tanto seres de marcada insensibilidad. Se entretienen o se divierten y hasta se ríen jugando con los destinos de los hombres […] Los hombres son juguetes con que los dioses, como los niños, alegran su tiempo, se entretienen. Siempre nos apenó este espectáculo que los poemas homéricos ofrecen de los sufrientes protagonistas. Sus destinos, lejos de estar en sus manos, son arbitrios, jugarretas, travesuras de los dioses. Esto nos lleva al mundo actual. Creemos que se trata de un juego similar. Los dioses ya no son los dioses homéricos, pero son más despiadados y más caprichosos (Feinmann, 2011b:3).

 

 

Los dioses de la actualidad (los grupos mediáticos) realizan un juego mucho más perverso que las divinidades del Olimpo. La manipulación introducida por los dioses mediáticos roza la perfección: pues lograr controlar las subjetividades de las masas sin que ellas se den por enteradas. El poder de seducción, persuasión y  alucinación que alcanzan infundir permite que la colonización de las conciencias se convierta hasta en algo (falsamente) placentero. Continuamos con Feinmann (2011c):

 

Surge, así, el sujeto de la supramodernidad, de la modernidad capitalista del siglo XXI, el sujeto-Otro. O sea, el sujeto construido por el sujeto comunicacional. Así como el sujeto constituyente kantiano constituía al objeto, el sujeto constituyente comunicacional constituye al sujeto-Otro. Todo está organizado para que el sujeto no sea sujeto. No piense con autonomía, con libertad. Sea pensado. El sujeto –todo sujeto- es constituido en exterioridad por el gran sujeto absoluto mediático actual: el Grupo Comunicacional. O los oligopolios que esos grupos –al unirse- forman. Los posestructuralistas intentaron humillar al sujeto. Lo hicieron desaparecer de la trama histórica. En esa trama el papel comunicacional era casi inexistente. Le entregaron al Poder un sujeto débil. Era justamente el que el Poder requería. Porque no ignoraba –contrariamente a estructuralistas, posestructuralistas y posmodernos- que lo fundamental que hay que quitarle al hombre para someterlo es la conciencia […] No hay contrapoder sin conciencia crítica. Si el sujeto es tan irrelevante, ¿Por qué el Poder ha levantado su más poderoso imperio para sojuzgarlo? Los grandes pensadores europeos desde Las palabras y las cosas (1966) de Foucault hasta fines del siglo XX –que necesitaron negar al sujeto para entrar en Heidegger y Nietzsche y huir de Marx y del sartrismo- no lo vieron porque no lo podían ver y acaso tampoco querían. Y eso que no vieron tuvo resultados nefastos y hasta patéticos: en tanto ellos deconstruían al sujeto, el Imperio se consagraba a constituirlo. A construir el más poderoso sujeto de la historia humana: el sujeto mediático, capaz de constituir a todos los otros (Feinmann, 2011c:4).

La transformación del sujeto kantiano que intervenía y “dominaba” la realidad histórica en sujeto-Otro, donde es intervenido y dominado (sin comillas) por el Sujeto Bélico Comunicacional, ha posibilitado grandes cambios en todos los aspectos de la existencia. Es muy interesante lo que Tocqueville decía hacia mediados del siglo XIX:

 

La especie de opresión que amenaza a los pueblos democráticos no se parecerá a nada que la haya precedido […] Quiero imaginar con qué nuevos rasgos podría producirse el despotismo en el mundo: veo una multitud incontable de hombres similares e iguales girando constantemente sobre sí mismos para procurarse pequeños y vulgares placeres, con los que llenan su alma. Cada uno de ellos, aislado, es como extraño al destino de todos los otros: sus hijos y sus amigos particulares conforman para él toda la especie humana; en cuanto al resto de sus conciudadanos, se encuentran a su lado, pero no los ve; los toca y no los siente; solo existe en sí mismo y para sí mismo y, si bien aún le queda una familia, al menos podemos decir que ya no tiene patria. Por encima de éstos se eleva un poder inmenso y tutelar; que se encarga solo de garantizar su placer y de velar por su suerte. Es absoluto, detallado, regular, provisor y suave. Se parecería al poder paterno si, como él, tuviera por objeto preparar a los hombres para la vida viril; pero, por el contrario, solo quiere fijarlos irrevocablemente en la infancia; quiere que los ciudadanos gocen, mientras que solo piensen en gozar (Tocqueville, 1957:836).

 

 

La visión o el pronóstico que nos brinda Tocqueville sobre la amenaza que acecha a los ideales modernos promovidos por la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad, se acerca bastante al Sujeto Bélico Comunicacional enunciado por Feinmann (2008). Este Sujeto que participa amistosamente como facilitador de la vida cotidiana “solo” pide a cambio que sigamos siendo como niños para no revelarnos contra los poderes que representa: las corporaciones del capitalismo tardío. O’ Donnell (2012), continúa en el mismo orden:

 

¿Cuál es el mecanismo íntimo, inconsciente, de este moderno vasallaje? El saqueo del deseo, el instinto primario que nos relaciona con el exterior […] El poder se adueña de nuestro deseo, lo codifica, le da una representación ajena al sí mismo para que se haga consciente y promueva sentimientos, ideas y acciones. De manera tal que el deseo, lo inconsciente, se haga manejable, previsible e ineficaz para darse cuenta y proponerse cambios […] Por eso, hoy no solo debe hablarse de colonialismo cultural sino también de colonialismo psicológico […] En cuanto a las comunicaciones masivas, la televisión es hoy la confirmación de la terrible profecía que George Orwell vaticinó en su libro 1984 cuyo “Gran Hermano” fue banalizado por el título del conocido programa. Ese aparato sustentado por la nada eléctrica de los rayos catódicos es el superego colectivo, que no domina por medio del castigo sino por medio de la seducción. A cambio de renunciar a ser nosotros mismos, a ser, nos compensa con la posibilidad de tener (O’ Donnell, 2012:19-20, 23).

 

 

Nosotros nos enfocaremos, en este apartado, en algunas consecuencias que produjo dicho Sujeto en el ámbito urbano.

Por ejemplo, la propagación (esencialmente mediática) del pánico por la ciudad, no es para nada objetiva ni inocente. Por tales motivos, Zaffaroni (2011) nos alerta de su intencionalidad política:

 

En los Estados Unidos y en los países centrales en general, la coincidencia de la concentración empresarial mediática con los intereses de las grandes corporaciones financieras hace de [la] criminología mediática un instrumento de extrema utilidad para desbaratar los Estados de bienestar -los wekfare states- y promover los Estados-gendarmes, caracterizados por limitar su función a mantener a raya a la población excluida de un sistema que incluye solo a un cierto porcentaje poblacional (Zaffaroni, 2011:5).

 

Dichas circunstancias también se repiten en los países periféricos, donde el carácter monopólico de los principales medios de comunicación (esto igualmente ocurre en mayor o en menor medida en los países centrales) los transforman en portavoces del discurso único del poder: “mano dura, tolerancia cero contra los forajidos (sin la traducción mediática sería marginales, excluidos) que desafían el orden y la paz social”. El discurso hegemónico de los medios habla en defensa del orden neoliberal. Del fin de la historia alcanzada luego de la caída del Muro de Berlín. A partir de ese entonces se acabarían teóricamente las negatividades (contradicciones) del proceso dialéctico de la historia. No hay superación dialéctica que esperar, por lo tanto, hay que sostener (de la manera que sea) al Nuevo Orden Mundial hasta el final de los tiempos terrenales. Zaffaroni (2011) agrega:

 

Esta barrera entre ellos (clases subalternas) y nosotros (clases dominantes) se levanta mediante el pánico moral […] El pánico moral es el resultado del bombardeo continuo de noticias rojas, de la reproducción criminal provocada por esas mismas noticias, de la permanente instigación a la venganza, de la creación de una realidad en la que los únicos males y daños provienen de ellos, que con sus delitos no nos permiten estar tranquilos en ningún lado, disfrutar de nada, vivir en paz, tener abiertas las puertas y ventanas en nuestras casas […] Este ellos se construye por semejanzas, para lo cual la televisión es el medio ideal. El ellos no se compone de delincuentes, no se trata del conjunto relativamente pequeño de criminales violentos, sino del mundo más amplio de estereotipados que no cometieron ningún delito y que nunca lo han de cometer […] El mensaje es que un adolecente de un barrio precario que fuma marihuana o toma cerveza en una esquina mañana hará lo mismo que el parecido que mató a una anciana a la salida de un banco y, por ende, hay que separar de la sociedad a todos ellos (Zaffaroni, 2011:278 y 370).

 

 

Mayormente, la publicidad delictiva se dirige a una clase media venida a menos, que por tal bombardeo mediático pierde el norte de sus desgracias: que no provienen principalmente de la delincuencia común o del “terrorismo internacional” sino del desalojo del Estado de bienestar por parte de la mano política del capital concentrado, especulativo y devastador. Empero, el pánico que producen los medios de comunicación, hacen “pensar” (o no pensar) a las personas sobre el privilegio imaginario de conservar la vida en perjuicio de perder las condiciones de vida proporcionadas por el Estado benefactor (Zaffaroni, 2011). Al respecto, Díaz (2010) comenta:

 

Cuantos más desempleados existan, más se puede explotar a quienes buscan trabajo, y cuando más subpobreza se genere, más presión se produce sobre el precario sistema de ocupación. Obviamente que uno de los precios de este accionar perverso es el aumento de la inseguridad (Díaz, 2010:38).

 

 

Sosteniendo la misma tesis que Díaz (2010), Zaffaroni (2011:326) expresa: “en la medida en que se mantiene y acrecienta la pobreza, en que aumenta el desempleo, en que más personas se ven forzadas a buscar formas de supervivencia, es mayor la disponibilidad de mano de obra barata para la empresa criminal”.

Después del derrumbe de las Torres Gemelas, Estados Unidos y los demás países centrales aprovecharon la ocasión para impulsar en distintas naciones leyes relacionadas con la lucha antiterrorista, que más allá de intentar combatir el terrorismo y su financiamiento, proponen disminuir las libertades democráticas y ocultar la falta de regulación de los Estados nacionales frente al accionar inhumano de los grupos financieros internacionales. En el caso de Argentina, la última legislación al respecto fue promulgada el 22 de diciembre de 2011. El Poder Ejecutivo envió el proyecto (que reforma el Código Penal) al parlamento bajo amenaza de sanciones del  Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), un foro intergubernamental que reclama normas de persecución al lavado de activos y al financiamiento del terrorismo. La modificación del artículo 41 del Código Penal fue el punto central del debate: "cuando alguno de los delitos previstos en este Código hubiere sido cometido con la finalidad de aterrorizar a la población u obligar a las autoridades públicas nacionales o gobiernos extranjeros o agentes de una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo, la escala (de la pena) se incrementará en el doble del mínimo y el máximo”. En respuesta a las críticas, que indicaban la ambigüedad de la reforma, pues podría ser utilizada discrecionalmente en distintas situaciones conflictivas, se añadió otro párrafo indicando que "las agravantes previstas no se aplicarán cuando el o los hechos tuvieren lugar en ocasión del ejercicio de derechos humanos y/o sociales o de cualquier otro derecho constitucional". 

Asimismo, la construcción de un ellos justifica la idea de aislarlos para evitar los encuentros con los indeseables. El espacio urbano ha tomado el “mandato social” de aislamiento ofreciendo múltiples dispositivos y artefactos de exclusión: barrios cerrados, shoppings, barrios ennoblecidos, autopistas con peajes, remises, combis, etc.  Zaffaroni (2011) advierte:

 

Simon previene muy especialmente sobre la amenaza a la democracia que puede implicar la víctima-héroe: la democracia americana está amenazada por el surgimiento de la víctima del delito como modelo dominante del ciudadano, como representante de la gente del común, cuyas necesidades y capacidades definen la misión del gobierno representativo (Zaffaroni, 2011:321).

 

 

La degradación de la democracia estadounidense se propaga (por todos los medios pensados y no imaginados) por todos los confines del planeta. El nuevo modelo hace que la víctima sea dos veces víctima. Por un lado, porque es manipulada (generalmente) por los medios masivos de comunicación para aumentar el lacrimógeno rating de los programas. Y por otro, porque desvía la atención de las verdaderas causas de los problemas que sufre la población (incluida la víctima coyuntural). Zaffaroni (2011) indica:

 

Hoy la política asume en la región formas que muchas veces difieren de los populismos del siglo pasado, pero lo cierto es que cada vez que en alguno de nuestros países surgen movimientos o partidos que postulan seriamente la ampliación de la ciudadanía real mediante la incorporación de nuevas capas sociales, sea que amenacen con llegar al gobierno y más si ejercen el poder político, la criminología mediática aumenta su espacio y estridencia (Zaffaroni, 2011:399).

 

 

La crispación de los principales medios masivos de comunicación frente a los gobiernos regionales que intentan mejorar la situación socioeconómica de los sectores populares, en sociedad con las burguesías políticas y económicas, y en ocasión asociados con las fuerzas del orden institucionales o parainstitucionales, no solo han ejercido una campaña sistemática en contra de éstos gobiernos, sino que también han llegado al extremo de acompañar golpes de Estado (Venezuela y Honduras), climas políticos destituyentes (Argentina), tentativas de secesión de regiones (Bolivia),  intentos de desestabilización del orden constitucional (Ecuador) y “juicios políticos” sumarísimos (Paraguay).

Por último, a modo de cierre del apartado, vamos a transcribir el magnífico poema Esperando a los bárbaros escrito en 1906 por el gran literato Konstantino Kavafis:

 

¿Qué esperamos reunidos en el foro?

Es a los bárbaros que hoy llegan.

 

¿Por qué esta inacción en el Senado?

¿Por qué están ahí sentados sin legislar los senadores?

Porque hoy llegan los bárbaros.

¿Qué leyes van a hacer los senadores?

Ya legislarán, cuando lleguen, los bárbaros.

 

¿Por qué nuestro emperador madrugó tanto

y en su trono, a la puerta mayor de la ciudad,

está sentado, solemne y ciñendo su corona?

Porque hoy llegan los bárbaros.

Y el emperador espera para dar

a su jefe la acogida. Incluso preparó,

para entregárselo, un pergamino. En él

muchos títulos y dignidad hay escritos.

 

¿Por qué nuestros dos cónsules y pretores salieron

hoy con rojas togas bordadas;

por qué llevan brazaletes con tantas amatistas

y anillos engastados y esmeraldas rutilantes;

por qué empuñan hoy preciosos báculos

en plata y oro magníficamente cincelados?

Porque hoy llegan los bárbaros;

y espectáculos así deslumbran a los bárbaros.

 

¿Por qué no acuden, como siempre, los ilustres oradores

a echar sus discursos y decir sus cosas?

Porque hoy llegan los bárbaros y

les fastidian la elocuencia y los discursos.

 

¿Por qué empieza de pronto este desconcierto

y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)

¿Por qué las calles y las plazas a prisa se vacían

y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.

Algunos han venido de la frontera

y contado que los bárbaros no existen.

 

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin los bárbaros?

Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

 

 

Si los bárbaros no existen habrá que inventarlos de alguna manera. En la actualidad vemos perfeccionadas las operaciones de prensa que crean a los enemigos de acuerdo con la imagen y la semejanza de los grupos estigmatizados por el poder: latinos[3], musulmanes, inmigrantes ilegales, luchadores sociales, adolescentes de clases sociales subordinadas, etc. De esta forma, los verdaderos bárbaros del Nuevo Orden Mundial (corporaciones del capitalismo concentrado y sus operadores políticos) seguirán invisibilizados a la luz mediatizada del ciudadano común.

 

 

 

2.2. La expansión del miedo

 

 

 

Exacerbada por el sensacionalismo de los medios masivos de comunicación[4], la inseguridad se ha convertido en obsesión de los habitantes de las ciudades posmodernas. Rio Caldeira (2007) se refiera a dicho fenómeno de la siguiente manera:

 

El habla del crimen (o sea, todos los tipos de conversaciones, comentarios, narraciones, bromas, debates y chistes que tienen al crimen y al miedo como tema) es contagiosa. Cuando se cuenta un caso, muy probablemente le sigan varios otros, y es raro que un comentario se quede sin respuesta […] El miedo y el habla del crimen no solo producen ciertos tipos de interpretaciones y explicaciones habitualmente simplistas y estereotipadas, sino que también organizan el paisaje urbano y el espacio público, moldeando el escenario para las interacciones sociales que adquieren nuevo sentido en una ciudad que progresivamente se va cercando con muros (Rio Caldeira, 2007:33).

 

 

La ciudad del miedo va construyendo su propio paisaje por medio del uso de rejas en puertas y ventanas (Figura 1), de cámaras de circuito cerrado, de focos que se encienden al paso del peatón, de alarmas, de blindajes, de electrificaciones y de vigilancia privada. Una variada gama de dispositivos que engrosa el creciente negocio de las empresas de seguridad privada.

 

 

 

Figura 1: Casa enrejada (Banfield) (Fotografía: Romano, 2008).

 

 

La ciudad va adquiriendo una actitud cada vez más defensiva, de cuidado extremo frente a la potencial peligrosidad de la alteridad: de ellos. El despliegue de mecanismos de abstracción del mundo exterior, aumentan los obsesiones que restringen la natural expansión del espacio público. Rio Caldeira (2007), apunta una serie de voces y hechos que retumban en tal sentido:

La elaboración del prejuicio del habla del crimen, […] el apoyo a la violencia policial y a las medidas privadas e ilegales de lidiar con el crimen, la construcción de muros en la ciudad, el enclaustramiento y el desplazamiento de los ricos, la creación de los enclaves fortificados y las transformaciones en el espacio público rumbo a patrones más explícitamente separados y no democráticos, la falta de respeto por los derechos humanos y su identificación con “privilegios de delincuentes” y la defensa de la pena de muerte y de las ejecuciones sumarias, son todos elementos que van en la dirección opuesta y muchas veces rechazan la democratización y la expansión de derechos (Rio Caldeira, 2007: 451).

 

 

Durante la década de 1990 el miedo pasó a ser un fenómeno transocial: la clase baja no tenía suficientes ingresos para subsistir y temía por la violencia constante de sus barrios, la clase media perdió el empleo, no podía salir de noche, le costaba sostener los estudios de sus hijos y temía por la delincuencia; y, por último, la clase alta temía a ser víctimas de los robos y/o secuestros. Empero, el mayor pavor que atravesaba a todas las clases sociales era la inseguridad sobre el futuro. El porvenir como esperanza de ascenso social y/o de tranquilidad, de estabilidad, de paz, estaba en crisis para toda la sociedad. Como muy bien afirma Caparrós (2003:3), “el futuro dejó de ser una variable del tiempo para empezar a ser una variable del espacio”. El tiempo utópico argentino pasó a estar en el espacio cercano (suburbanizaciones privadas) o lejano (Europa o Estados Unidos) de los incluidos por la globalización. Muy acertadamente, Feinmann (1994) utiliza la imagen de dos hoteles para ejemplificar el cambio de época:

 

[…] el hotel de Inmigrantes [inaugurado en 1911] surge en buena medida como un intento por encuadrar la figura del inmigrante. La Argentina se abría generosamente a los hombres y mujeres que desearan poblarla […] Años después, muchos años después, en el mismo país, Argentina, y durante la administración del presidente Menem, se inaugura otro hotel: el Park Hyatt Buenos Aires Hotel. Llegan a él los inmigrantes de la Argentina de fin de siglo. No vienen como indigentes, vienen como príncipes del éxito. No van a dormir en el suelo sino en faraónicos espacios […] que cuestan, por dar un ejemplo, 1100 dólares diarios […] Estos nuevos inmigrantes lo son en un único sentido: llegan al país. No llegan como los otros, para quedarse, No: llegan para hacer negocios. Ya nadie (casi nadie) llega a este país para quedarse. El país orgulloso de la aluvional inmigración se ha convertido en un país de emigración. De indigentes que se van. Que saben que aquí, nunca, habrán de convertirse en príncipes del éxito (Feinmann, 1994:41, 43 y 44).  

 

 

La Buenos Aires de principios del siglo XX que recibía a todos los perdedores de la sociedad europea que quisieran habitarla, en la década de 1990 solo les da una afectuosa bienvenida a los ganadores del proceso de globalización[5]. El modelo económico del capitalismo tardío propone indefectiblemente la fragmentación de la sociedad mundial, que expulsa a los excluidos del sistema y celebra con grandes derroches a los vencedores de la economía de “casino” (especulativa) del neoliberalismo. 

La recuperación de la economía argentina desde el año 2004 y la crisis financiera desatada en los países centrales en el 2009, empezó a modificar el esquema socioeconómico de los años noventa. Por lo pronto, las máximas de Caparrós y de Feinmann han empezado a revertirse: hay cierta esperanza sobre el tiempo futuro (más inmediato que mediato) y la gente ha dejado de hacer fila en los consulados para irse del país. Incluso muchos argentinos que se habían ido a España en el 2001 han regresado, y desde el 2009 están llegando inmigrantes europeos para radicarse en nuestra nación.

 La expansión (social, política, económica y urbana) de la ciudad moderna pudo modificar la “mala vida” de sus habitantes marginales e incorporarlos (a la gran mayoría) al progreso general de la sociedad. El gran desafío para la ciudad actual será instituir los mecanismos necesarios para hacer partícipe a los excluidos de los beneficios que genera el crecimiento económico del país. La clave está en transformar el crecimiento en progreso, en poder expandir y distribuir la riqueza para hacer de los marginados ciudadanos con plenos derechos.

Existen en Occidente dos tradiciones fundamentales en cuanto al tema de la seguridad y el rol que debiera ocupar el Estado y los ciudadanos. Al respecto, Svampa (2001) nos expone:

 

[…] Como señala Amendola (2000a), una de las explicaciones más extendidas en Estados Unidos hace hincapié en la pérdida del control del territorio por parte del grupo de pertenencia, al tiempo que afirma el derecho del ciudadano a la recuperación y autodefensa, incluso armada. En Europa, en cambio, donde tradicionalmente la protección del ciudadano ha estado en manos del Estado, la autodefensa constituye un hecho excepcional y el problema es vivido, ante todo, como una crisis global del Estado o, en el caso extremo, como la crisis de un modelo de ciudadanía. En términos políticos, los tipos presentados remiten a dos modelos diferentes de sociedad: el primero ilustra el desdibujamiento de los límites entre lo privado y lo público y afirma, en última instancia, un modelo de ciudadanía privada basado en la “autorregulación”, en la autotutela individual; mientras que el segundo afirma la separación entre lo público y lo privado a través de un modelo universal de ciudadanía que encuentra su correlato en el reconocimiento de la autoridad del Estado y su poder de regulación (Svampa, 2001:11 y 12).

 

 

Teniendo en cuenta los dos modelos precedentes es fácil percibir que nuestro país, y más precisamente el Aglomerado Gran Buenos Aires, ha pasado (desde la última dictadura militar) de un modelo de ciudadanía a la europea a un modelo de ciudadanía al estilo norteamericano. En consecuencia, la respuesta frente al delito ya no fue encarada totalmente como un problema de Estado, con propuestas y soluciones globales (sociales, políticas, económicas). Solo fueron combatidos sus efectos (con un incremento de la participación de agentes privados) sin tener en cuenta sus causas estructurales. Todas  las intervenciones en contra de la inseguridad urbana sin un acompañamiento de políticas de inclusión han tenido un alcance restringido y han acentuado la polarización social. Como ya mencionamos más arriba, desde la llegada al poder de Kirchner existe un cambio de tendencia que pretende sustituir el paradigma liberal (Estado gendarme) y reinstalar un Estado de bienestar. No obstante, todavía estamos lejos de alcanzar  una  distribución de la renta 50-50, es decir, 50% de los ingresos para los trabajadores y 50% para los empresarios, lograda por última vez en el primer gobierno de Perón. 

 

 

 

3. La ciudad de la globalización

 

 

 

En las últimas décadas, el aumento de la violencia real sumada a la hipérbole de los medios masivos de comunicación han generado un clima propicio para la segregación socioespacial a nivel mundial. Los nuevos patrones de autoexclusión protagonizados por los grupos sociales más acomodados de las ciudades latinoamericanas, sudafricanas, estadounidenses y de Europa del Este, buscando un refugio ante la vulnerabilidad del espacio público construyendo enclaves fortificados para la residencia, el trabajo, la educación, el ocio y el consumo; constituyen una muestra sumamente representativa de un proceso que se ha globalizado (Rio Caldeira, 2007). Continuando con la línea de pensamiento de Rio Caldeira (2007), nos encontramos con la siguiente aseveración:

 

El hecho de que este tipo de organización del espacio público se esparza por el mundo entero en el momento en que muchas sociedades que lo adoptan atraviesan por transformaciones tales como la democratización política, el fin de regímenes racistas y la creciente heterogeneización resultante de flujos migratorios, indica la complejidad de la ligazón de formas urbanas y formas políticas (Rio Caldeira, 2007:15).

 

 

La incongruencia entre los cambios políticos y el deterioro de la ciudad pública que enuncia la autora, poseen una explicación: la expansión de la globalización neoliberal. Las mejoras alcanzadas por los procesos de democratización y el fin del sistema racista sudafricano, se topan con la difusión a escala planetaria, de un modelo capitalista de mercado que intenta (con bastante éxito) la eliminación de la intervención del Estado (poder político) en políticas económicas. No nos debemos sorprender, entonces, que la pérdida de la soberanía económica determine nuevos patrones socioespaciales basados en la discriminación, la desigualdad y la falta de libertad.

Aunque el eufemismo globalización “sugiere comunicación universal, relaciones fraternales, ruptura de fronteras, desaparición de Estados” (Dri, 2009:92); esta palabra fetiche esconde el abrumador avance del capital sobre el trabajo, que da lugar a una brutal transferencia y concentración de recursos económicos.

Asociado a la lógica del proceso de globalización descubrimos la creación de otro término muy ameno: “la flexibilización laboral”. “Aplicada a las relaciones entre el patrón y el obrero, ¿quién puede oponerse a que las relaciones sean flexibles y armoniosas?” (Dri, 2009: 92 y 93). Sin embargo, en la práctica significó nada más ni nada menos que la precarización de las condiciones de empleo.

Dentro del paquete de la flexibilización laboral, “la terciarización empresarial”, es la otra palabrita mágica para la salvación de las empresas. La posibilidad de reducir costos para que las compañías sean más competitivas en los mercados locales y extranjeros, surgió como una solución a aquellas empresas que poseían muchas áreas de actividad y no se podían especializar en cada una de ellas. Esta opción ayudaría a las mismas a que personas externas a su organización, pero con especialización en un área determinada, se hagan cargo de una o varias de las dependencias de la misma, convirtiéndola en una empresa más eficiente y con mayores  niveles de calidad. No obstante, el sentido primordial del mecanismo fue la informalización del trabajo. Las grandes empresas de bienes y servicios (mucha de ellas privatizadas) subcontratan a terceros (empresas pequeñas, personal autónomo) las actividades que requieren mano de obra intensiva imponiendo, de esta manera, la reducción de costos vía la pauperización del empleo.

La presunta inocencia del uso del lenguaje por parte del poder dominante, es el primer paso fundamental para ganar la batalla ideológica-cultural, tan necesaria en estos tiempos que corren al ritmo del “sujeto bélico del imperio comunicacional” (Feinmann, 2008:784), y así allanar el camino para que los cambios antipopulares sean aceptados sin mayores inconvenientes.

Los enclaves fortificados son la expresión socioespacial más genuina del proceso de globalización. Recrean espacios y sociedades basados en intereses mercantiles, que no dudan en desintegrar y destruir el tejido social existente, construido solidariamente durante los años del Estado de bienestar. Al respecto, Dri (2009) nos indica:

 

[…] nunca el universo humano, político, social, se ha fraccionado tanto y ha entrado en un proceso de descomposición tan vasto y profundo. La violencia que ejerce el capital globalizado desde arriba se prolonga en una violencia horizontal incontenible, de pueblo contra pueblo, nación contra nación, etnia contra etnia, pobre contra pobre (Dri, 2009:108).

 

 

El neoliberalismo, fase superior del capitalismo devenido en monopólico y oligopólico, no reconoce el sentido fundamental de la política: el trabajo para el Otro, para el desconocido que forma parte de nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra nación, nuestro mundo. Su base de sustentación es el individualismo extremo (muchas veces camuflado bajo el reclamo de mayores libertades personales nunca sociales) que demanda la eliminación de todo tipo de regulaciones gubernamentales. Es preciso despejar el camino de controles que impidan desarrollar la ferocidad del más fuerte, del más conquistador, del más astuto. De tal forma, todo puede ser convertido en un territorio para la dominación: las ciudades, el campo, los recursos naturales, los medios masivos de comunicación social, la ciencia, las leyes, la cultura y hasta la vida misma de los que se oponen. En tal sentido, Feinmann, 2011), nos aclara:

 

[…] Nadie como Nietzsche expresó el alma profunda del capitalismo. El monopolio no cesa de devorarse el mercado porque lo anima su voluntad de poder. Esta, a su vez, tiene una ley: el que meramente quiera conservar su poder, lo perderá. Conservar el poder significa propagarlo, expandirlo, multiplicarlo. Solo se conserva lo que no cesa de crecer. ¿Cómo va a aceptar el monopolio que le quiten una sola de sus empresas? Si se la quitan, no solo no se conserva, retrocede. Si su conservación requería de su incesante crecimiento, su retroceso es la caída al abismo, la muerte. También lo es la mera conservación. Pero la mera conservación es la agonía. El retroceso, el fin (Feinmann, 2011:4).

 

 

La globalización neoliberal nos impone (por todos los medios posibles) un sistema que opone y polariza a ganadores y perdedores, que enriquece a una ínfima parte de la población al mismo tiempo que excluye a millones de personas y que, en definitiva, no puede sostenerse bajo ningún principio ético. El mundo que nos intentó instalar el pensamiento único del consenso de Washington es esencialmente desigual e inmoral. Si no comprendemos esta premisa básica no podríamos analizar complemente las consecuencias que dicho modelo va derramado (todo menos riqueza) a medida que avanza. En palabras de Dri (2009): 

 

[…] El entramado de relaciones intersubjetivas que constituyen la eticidad fue destrozado. Ello significa la muerte del hábitat humano, el ethos, de la casa espiritual en la que es posible la vida humana […] Una de las consecuencias es la “inseguridad”, flagelo que habita en toda sociedad donde el sistema neoliberal se ha impuesto. Dentro de la misma lógica neoliberal se lo quiere eliminar mediante la denominada “mano dura” o “tolerancia cero”, que no solo no remedia el mal sino que lo incrementan al provocar la airada reacción de quienes se sienten doblemente castigados (Dri, 2009:192 y 193).

 

Volvemos, entonces, a uno de los primordiales motivos de la razón de ser de los enclaves fortificados: la inseguridad. Los nuevos artefactos urbanos fomentados y financiados por los capitales de la globalización, son a su vez, causa y consecuencia de este sistema que los sustenta. Si lo traducimos a un lenguaje más matemático, nos revelaría la siguiente fórmula: a mayor globalización, más exclusión y más pobreza, lo que es igual, a menor seguridad y a mayor segregación socioespacial. Por lo tanto, si no logramos salir del paradigma que establecen las corporaciones de las finanzas mundializadas, será harto difícil eludir la lógica nefasta que propicia la fórmula neoliberal.

La disolución del bloque socialista, luego de la caída del Muro del Berlín, produjo la finalización de la Guerra Fría y el derrumbe de la Cortina de Hierro que dividía a Europa y al mundo en dos ideologías enfrentadas. Empero, la emergencia triunfante del capitalismo, en su versión neoliberal y globalizada, no tardó mucho tiempo en levantar nuevos muros a partir del derrumbe de las Torres Gemelas en el 2001. Zaffaroni (2011:305) expresa:

 

El World Trade Center, a diferencia del Empire State –que es un alarde imperial-, era la máxima representación del mundo funcional y utilitarista de la globalización. […] la importancia del 11 de setiembre de 2001 no proviene del número de las víctimas de ese crimen, sino de que el espacio civilizado fue invadido por el incivilizado. Esta irrupción de lo incivilizado tuvo lugar en el corazón de la mayor nación del globo –el único superpoder-, el Leviatán contemporáneo, donde imágenes de miedo y riesgos desconocidos reemplazaron a las del moderno espacio civilizado (Zaffaroni, 2011:304 y 305).

 

La “tolerancia” de los discursos posmodernos iniciados con la caída del Muro de Berlín, finalizaron con el derrumbe de las Torres Gemelas. En la lucha preventiva librada contra el “terrorismo”, el Poder aprovechó las circunstancias y comenzó a levantar los peores muros. Grüner (2011) los enumera:

 

[…] entre EE.UU. y México, en la franja de Gaza […] una infinidad de muros invisibles se erigen en Occidente como altares para “honrar” al racismo, la xenofobia, la intolerancia, la impropia propiedad de la tierra, desmintiendo los cantos de sirena de la ‘globalización’ (Grüner, 2011:12).    

 

La construcción de murallas visibles e invisibles que dividen a los incluidos de los excluidos, a los “competentes” de los “ineficientes”, a los ganadores de los perdedores, a los ciudadanos de los inmigrantes y a los “pacifistas” de los “terroristas”; centran el foco de la discriminación y el prejuicio hacia el Otro cercano y lejano, hacia el diferente, hacia el desconocido. Es un signo más que evidente de la emergencia de la pospolítica: el retroceso de la militancia y del compromiso por ideales colectivos, la transformación del bien común en bienestar personal, el fin de las utopías emancipadoras y el travestismo político e ideológico.

La actual polarización interna de las grandes ciudades, entre los ganaderos y los perdedores del modelo económico posfordista, no se comprende plenamente si no consideramos su germen en los años setenta. La crisis económica del año 1973, producida por el fuerte aumento del petróleo, el espiral inflacionario de las economías de los países industrializados, la merma de la demanda y el fin del sistema monetario ideado en Bretton Woods, ocasionó la decadencia de la edad de oro del capitalismo que había comenzado luego de la Segunda Guerra Mundial. Ante esta situación de crisis, las empresas (que sufrieron una pérdida sustancial de sus utilidades) vieron la oportunidad de terminar con el Estado de bienestar de basamento keynesiano. La principal salida económica de los países centrales fue a través del debilitamiento del poder de la clase trabajadora. Para poder lograr el disciplinamiento del proletariado abrieron los mercados nacionales a la competencia internacional, especialmente a los productos que provenían de los países del sudeste asiático, elaborados con mano de obra mucho más barata y menos sindicalizada. El resultado no tardó en llegar: pérdida significativa de empleos y rebaja de salarios. Ante la disminución del poder adquisitivo de la clase trabajadora, el sistema financiero (desregulado luego de la caída de acuerdo de Bretton Wodds) extendió el crédito para suplir la faltante de dinero y mantener niveles aceptables de consumo. El sostenimiento del sistema económico por medio del crédito en sociedades con empeoramiento de la participación del ingreso estalló en el año 2009 con la crisis de la hipotecas subprime (Harvey, 2011). 

La salida a la última crisis del sistema capitalismo lo tiene al Estado como protagonista. Los países desarrollados (con Estados Unidos a la cabeza) han inyectado desde sus bancas centrales grandes cantidades de dinero para salvar al deteriorado sistema financiero. Estados Unidos ha prestado miles de millones de dólares a los bancos en problemas, que a su vez, están invirtiendo en mercados especulativos (commodities) apreciando las monedas de los países periféricos e incrementado el precio de las materias primas. Al elegir salvar a los acreedores (bancos) sobre los deudores (consumidores), el gobierno estadounidense está fomentado la creación de una nueva burbuja especulativa que profundizará la creciente dualización entre ricos y pobres, ganadores y perdedores. Como muy bien expresa Dri (2009):

 

El problema es que si solo se recurre al Estado como instrumento de recuperación económica, sin restaurar el denominado “tejido social”, o sea, la intersubjetividad o lo ético, la enfermedad no se cura sino que solo se le pone un calmante para que vuelva con más fuerza que antes (Dri, 2009:229).

 

 

Está todo más que claro: los especuladores financieros del sector privado (bajo la complicidad de la desregulación y la falta de controles de los organismos gubernamentales correspondientes) causantes de la crisis, que lograron socializar las pérdidas con el auxilio del Estado (en actitud de sospechosa connivencia), no tardarán demasiado tiempo (si el Estado los sigue encubriendo) en provocar una nueva maniobra fraudulenta en perjuicio de la clase trabajadora. Asimismo, la nueva crisis y la nueva solución a la misma (sin un New Deal a la vista: el capitalismo ya no tiene el fantasma del socialismo asechándolo), demuestra con hechos fehacientes la supremacía del poder económico-financiero de las corporaciones sobre el poder político-administrativo de los Estados. En la economía de “casino” como en las salas de juego siempre ganan los mismos: los bancos (las bancas), los especuladores. Todos juegan el juego que le conviene al casino. No hay azar sino la plena certeza del resultado: ganan los de “arriba” y sufren las consecuencias los de “abajo”.

Como resultado de la crisis, emergen las protestas sobre el corazón de las ciudades europeas. Por ejemplo, en Atenas y en Madrid “las carpas en las plazas recuerdan campamentos nómades que instalan metáforas desérticas en el centro mismo de una ciudad obsoleta (difícil no recordar a Roberto Arlt: El desierto entra a la ciudad)” (Grüner, 2011:12). La represión a los manifestantes (acusados de promiscuos, vagos y violentos) fue la respuesta civilizatoria de las ciudades invadidas por las hordas bárbaras. Las democracias liberales (plutocracias) toleran las libertades públicas e individuales hasta el umbral de los cimientos burgueses.

 

 

 

4. La ciudad de los flujos

 

 

 

La globalización ha originado “nuevos procesos de acumulación del capital, de organización de la producción, de integración de los mercados, de comunicación de los mensajes y de ejercicio del poder planetario” (Borja y Castells, 2000:67), que dan lugar al surgimiento de ciudades dominadas por flujos que van conformando redes locales y globales de información, ideas, mercancías, capitales y personas. Las ciudades, nodos estratégicos del circuito de flujos, están cambiando drásticamente sus características sociales y materiales. Las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones, la construcción de autovías que unen a las zonas periféricas con el área central de la ciudad, y los nuevos instrumentos financieros que atrajeron corrientes de capitales especulativos, están creando un modelo urbano basado en la lógica del mercado que apunta a la segregación social y la dispersión espacial y funcional.

Conforme a Soja (2001), la ciudad de Los Ángeles representa el paradigma de la ciudad difusa: la ciudad sin centro, multipolar, diseminada, conectada por autovías y en la que los espacios públicos de encuentro y convivencia son sustituidos por recintos privados, donde las funciones cotidianas y el ambiente construido están subordinados a la lógica del consumo. Los Ángeles constituye “un ámbito que se libera de las grandes narrativas y de las ideologías supraordenadoras del modernismo, a través de un collage móvil de malls, autopistas y extensión (sub)urbana” (Silverstone, 1996:282).

La precedente descripción de la ciudad de Los Ángeles tranquilamente podría coincidir con la imagen de Pentesilea realizada por Calvino (1998) en su famosa obra literaria Las ciudades invisibles. En ella expresa:

 

Si escondida en un algún pliegue o bolsa de este resquebrajado distrito existe una Pentesilea reconocible y recordable para quien haya estado en ella, o si Pentesilea es solo periferia de sí misma y tiene su centro en cualquier lugar, he renunciado a entenderlo. La pregunta que ahora comienza a rondar en tu cabeza es más angustiosa: fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera? ¿O por más que te alejes de la ciudad no haces sino pasar de un limbo a otro y no consigues salir de ella? (Calvino, 1998:240 y 241).

 

 

La combinación de enclaves especializados y áreas abiertas degradadas, destruyen los antiguos lazos comunicantes que caracterizaban a la ciudad compacta y heterogénea, cuya imagen totalizadora podía ser reconstruida en su centro. En la actualidad, existe un prototipo de ciudad que crece hacia adentro y hacia afuera (implota y explota a través de enclaves fortificados dispersos) siguiendo el ritmo y la lógica fragmentaria del interés privado. Rio Caldeira (2007), nos aporta más características de estos nuevos emprendimientos:

 

Son flexibles: debido a su tamaño, las nuevas tecnologías de comunicación, organización del trabajo y a los sistemas de seguridad, son espacios autónomos, independientes de su entorno, que pueden ser situados prácticamente en cualquier lugar. En otras palabras, en contraste con formas anteriores de emprendimientos comerciales y residenciales, pertenecen no a sus alrededores inmediatos, sino a redes invisibles (Cenzatti y Crawford, 1998). En consecuencia, aunque tiendan a ser espacios para las clases altas, pueden situarse en áreas rurales o en la periferia, al lado de favelas o casas autoconstruidas (Rio Caldeira, 2007:313).

 

 

 Las personas que viven en un barrio cerrado se identifican poco y nada con el lugar donde se localizan. Pues, la referencia principal de una subururbanización privada no es espacial[6] sino cultural: las personas que practican el “estilo de vida country” están hermanadas a todos los desarrollos urbanos de la especie, más allá de la ubicación geográfica. Estos contenedores urbanos son como una especie de burbuja extraterritorial que se identifican, fundamentalmente, con el nombre del emprendimiento y con toda la carga simbólica que deriva del mismo. Por otro lado, se evidencia un importante esfuerzo relacionado con la creación de lazos deportivos, sociales y culturales dentro y entre las suburbanizaciones cerradas, que logran afirmar una identidad propia (“un entre nos”) en un espacio carente de algún tipo de historia común.     

Durante el Buenos Aires moderno, las parroquias (San Nicolás, ...), los próceres (Villa Urquiza, ...), los edificios emblemáticos (Abasto, …), las estaciones de ferrocarril (Belgrano R, ...), los parques (Parque Centenario, ...), los dueños de fincas (Villa Devoto, ...), los inmigrantes célebres (Villa Soldati, ...) y las plazas (Primera Junta, ...) identificaban a lo que la mayoría denominaba barrio, aunque no figuren en la nomenclatura catastral. En la actualidad, en cambio, los nuevos “barrios” de la Ciudad de Buenos Aires poseen apelativos que solo se identifican con el deseo, los sueños y el marketing (Palermo Hollywood, ...). El imaginario colectivo construido a través de años de cultura e identidad nacional (religiosa, política, comunitaria y pública), está siendo reemplazado por un imaginario cultural globalizado, dominado por el consumo y la fluidez de la moda. Lo mismo ocurre, por cierto, con los nombres de los nuevos “barrios” cerrados (Malibú, ...) del conurbano bonaerense.

Los enclaves fortificados articulados por la geometría variable del circuito de flujos “descentran la ciudad en su centro y en su periferia, e incrementan el desempleo, la marginalidad y la inseguridad, porque se pierde la vitalidad de las calles en otro tiempo pobladas de comercios” (Roca, 1997:233).

La ciudad posmoderna está programada para delimitar, deglutir y encerrar la otrora vitalidad de la calle, del espacio público. Los grandes centros comerciales y de entretenimientos sumados a los barrios y mega barrios privados, debilitan la microeconomía y la vida social de los centros y subcentros de los espacios urbanos abiertos. La merma de actividad y circulación socioeconómica de la ciudad pública conlleva al aumento de la inseguridad (real y también virtual: pues, aumenta la sensación de desamparo) y a la pérdida de puestos de trabajo por la disminución de la importancia relativa de los comercios minoristas.

Según Janoschka (2002), el denominador común de los procesos de estructuración espacial de las últimas décadas puede incluirse bajo el concepto de privatización, lo cual ha generado una serie de “islas” en el interior metropolitano: “islas residenciales de riqueza”, “islas de consumo”, “islas productivas” e “islas de decadencia”, que han conformado un nuevo modelo urbano que ha transformado la lógica de la ciudad compacta (Figura 2).

 

 

 

 Figura 2: Modelo de Ciudad Fragmentada en “Islas” (Elaboración propia en base a Janoschka, 2002).

 

Si el Estado prescinde de sus funciones de crear y expandir derechos ciudadanos, el espacio vacante lo va a ocupar el mercado. Lo ciudad entendida como negocio privilegia los intereses y la especulación de los agentes privados. El derecho a la ciudad de todos los ciudadanos se reduce, entonces, al minúsculo grupo social que puede acceder con sus propios medios a los bienes y servicios (de óptima calidad) indispensables para la vida urbana. Para el resto de los habitantes (los indeseados) la ciudad se convierte en un ambiente hostil que margina y expulsa. El imaginario colectivo que impulsaba los sueños de los provincianos de expandir sus derechos ciudadanos al acceder a la ciudad, fue reemplazado por una realidad que privilegia el derecho a la ciudad solo para las elites locales y extranjeras (turistas).

Mongin (2006) plantea los desafíos fundamentales de la ciudad actual:

 

[…] una política de la ciudad efectiva debe someterse al imperativo de la movilidad, y la experiencia utópica, por su parte, recuerda que la construcción de un lugar es de naturaleza colectiva. De modo que lugar, movilidad y movilización colectiva deben ser coincidentes. La cuestión urbana desemboca, pues, en este triple imperativo: la constitución de un lugar, la exigencia de movilidad a fin de escapar a la clausura de un territorio y la acción colectiva que remite a la participación de los habitantes. Esta triple exigencia […] contrasta con la dinámica contemporánea de lo urbano, que superpone una hipermovilidad (la dinámica de los flujos) y un repliegue en un lugar o un sitio (el “entre sí” obligado e inseguro y el “entre nosotros” selectivo y con servicios de seguridad privada) (Mongin, 2006:348).

 

 

Si el espacio urbano no ofrece movilidad es imposible que pueda ocurrir la acción colectiva. La movilidad supone superar la dialéctica contemporánea hipermovilidad (flujos reales y virtuales conectados a los nodos globales)/inmovilidad (repliegue en los guetos de riqueza y pobreza) a través de movimientos que sean capaces de unir e integrar los diferentes territorios locales entre sí y con la metrópoli que les da cobijo. La ciudad tiene que volver a reunir los fragmentos dispersos (hipermovilizados e inmovilizados) para dar lugar a la verdadera movilización: la utopía colectica y totalizadora.

 

 

 

5. La ciudad del espectáculo y de la simulación

 

 

 

La recuperación de ciertos sectores de los centros urbanos y suburbanos (rehabilitación de viviendas; reciclado de espacios industriales, ferroviarios y portuarios en desuso; revalorización de espacios públicos) a partir de la puesta en valor de la ubicación geográfica estratégica y/o el pasado cultural de los mismos, es mundialmente conocida como gentrificación.

El excelente negocio inmobiliario de comprar a bajo costo (espacios intersticiales de la ciudad que han perdido su esplendor o que nunca lo han tenido) para luego levantar su reputación por medio de la construcción (de primera categoría) de viviendas, hoteles, bares, restaurantes, centros comerciales y de entretenimientos, es acompañada y apuntalada por las inversiones del sector público (peatonalización de calles, cambios del código urbanístico, acondicionamiento y creación de espacios verdes, ventas de terrenos fiscales).

El ennoblecimiento de los territorios recuperados produce, en general, un desplazamiento y desalojo (por el aumento del costo de vida) de los antiguos moradores de baja renta. La dinámica es la propia de los fenómenos de invasión-sucesión social a los que aludían los ecólogos de la Escuela Urbana de Chicago en los años veinte.

La rehabilitación residencial es solo una faceta de un proceso más amplio, ligado con la profunda transformación del capitalismo avanzado: el giro hacia la mundialización y terciarización de la economía y la privatización de la provisión de los servicios públicos. La retirada del Estado en temas relacionados con la generación de empleo, de viviendas populares, de infraestructura pública, que promovía el bienestar generalizado de la población, es el mismo que actúa (paradójicamente) de benefactor y facilitador de la creación de ciudad como negocio.

Mientras que las áreas industriales tienden a declinar, las grandes sumas de capitales que se liberan de la producción se invierten en proyectos de carácter inmobiliario. Pero, como una de las características sobresalientes del capitalismo posfordista es la desvinculación del sistema financiero de la economía real, en los últimos tiempos se fue conformando una enorme burbuja inmobiliaria-financiera que finalmente estalló en los Estados Unidos hacia el 2009. La lógica de la ciudad como negocio del capital globalizado, invade nuevos territorios o recicla los ya existentes sin tener en cuenta el tejido social que destruye. Avanza sin ningún tipo de regulación estatal, es más, en muchas oportunidades, el Estado actúa como vanguardia de los negocios privados: es el caso de la modificación de la ley de uso del suelo española en la década de 1990, que permitió el loteo y la construcción indiscriminada en tierras fiscales que finalizó con la crisis de la hipotecas subprime

Para continuar comprendiendo los fenómenos de gentrificación deberíamos, también, prestar atención al cambio ideológico y cultural originado con el advenimiento de la posmodernidad. Ciccolella y Mignaqui (1999) indican:

 

[…] la expansión del sector social de altos ingresos, permite elevados y sofisticados niveles y pautas de consumo, explicando al menos parcialmente los procesos de gentrificación urbana que a su vez van a requerir de un conjunto de servicios banales y personalizados (como el cuidado personal, boutiques de indumentaria y objetos de design, gastronomía sofisticada y variada, servicios delivery, servicios de lavandería a domicilio, correo privado, etc.), lo que también incrementa la oferta de empleos precarios y de bajos salarios (Ciccolella y Mignaqui, 1999:13).

 

 

Los nuevos sectores medios altos y altos de cultura cosmopolita, ostentan un estilo de vida asociado al placer, el divertimento y al consumo de lujo, liberado de culpas y responsabilidades sociales. Muy lejos en el imaginario (pero no tan lejos en el tiempo) quedaron los deberes de la cultura económica moderna (practicados por los tradicionales estratos medios de mediados del siglo XX) asociada al ahorro y al estilo de vida sin ostentaciones. Los nuevos protagonistas del espacio urbano posmoderno (muy bien interpretados por los flamantes desarrolladores urbanos -anteriormente llamados planificadores-) consumen fascinados la puesta en escena de la renovación urbana. Los lofts del Soho en Nueva York, Battersea en Londres y Puerto Madero en Buenos Aires, constituyen algunos de los fetiches que profundizan la dualización urbana. Las luces de la ciudad-isla opulenta no permiten ver más allá de sí misma, haciendo desaparecer de la vida cotidiana a los pobres y marginados del resto de la ciudad. En palabras de Amendola (2000a):

 

En los intersticios y encima de los despojos de la vieja ciudad, administradores municipales y agentes inmobiliarios crean la ciudad posmoderna de la imagen, de la diferenciación social y del espectáculo. Una ciudad nueva con una población también nueva […] No se recuperan solo las casas individualmente; son áreas enteras el objeto de las intervenciones de recuperación y de puesta en valor [...] Para la nueva población que afluye se construye a medida un trozo de ciudad, hasta una ciudad en miniatura completa y confortable, con una atmósfera particular sacada del pasado o de modelos ideales. Lo importante es que esté de moda [...] y que sobre todo tenga la capacidad de conferir status a sus habitantes (Amendola, 2000a:29 y 30).

 

 

A medida que las ciudades se desindustrializan se convierten “en centros de consumo, juego y entretenimiento, saturados de signos e imágenes al punto de que todo puede representarse, tematizarse y convertirse en objeto de interés, en objeto de la ‘mirada de turista’”  (Featherstone, 1991:170). El encantamiento y el uso espectacular de áreas tradicionalmente consideradas solo funcionales como aeropuertos, estaciones de trenes, estaciones de servicios, zonas residenciales, hoteles, museos, edificios de oficinas, etc., guiadas por la seducción del consumo de bienes, servicios y experiencias, transforman a la ciudad global en un gran escenario de evasión, fantasía y fruición.  Esto es consecuencia de la progresiva espectacularización y mediatización de la realidad, en la que habitantes y visitantes se convierten al mismo tiempo en actores y espectadores de una atmósfera (cultural, urbana) que invita a  la exhibición, la fantasía y el simulacro.

La ciudad global tiende a propagar la lógica de los mundos soñados de los parques temáticos y de los shopping malls. A decir de Amendola (2000a):

 

Los viejos barrios gentrificados y renovados se convierten en Gentryland; la universidad en Learningland; los grandes almacenes en Shopland; los comercios y restaurantes de moda en Yuppieland; el centro de los negocios en Businessland; las zonas abandonadas recuperadas y convertidas en zonas turísticas “típicas” en Adventureland; los mercados abiertos en Festivalland; la lista continúa y toma cuerpo la imagen de la ciudad nueva contemporánea constituida como un sistema de mundos manipulados y prefabricados cuya veracidad está en asemejarse a un mundo ideal (Amendola, 2000a:215).

 

 

Si continuamos la lista, como nos invita Amendola (2000a), podríamos agregar (aunque parezca disparatado) a los barrios marginales (villas de emergencia, vecindades consideradas peligrosas) visitados por turistas con ansias de adrenalina. Estos territorios  apoderados por el miedo y la incertidumbre (pero edulcorados para los turistas), siguiendo el lenguaje del autor, perfectamente podrían ser denominados Excitingland.

La ciudad moderna de principios del siglo XX, donde prevalecían los valores racionalistas y funcionales, debía ser eficiente; hoy la ciudad global donde predominan los valores relacionados con la imagen y la comunicación, debe ser soñada. Por tal motivo, necesita producirse, embellecerse, ella misma debe convertirse en mercancía apetecible para poder seducir y encantar a sus visitantes-consumidores (Amendola, 2000a). El fetiche de la ciudad-mercancía esconde la cara de los marginados pero no evita la tensión que está latente en cada paso, en cada lugar. Por lo tanto, en la construcción de la ciudad global no solo participan los deseos de sus habitantes, sino también sus miedos. “Es el temor de que la ilusión sea asaltada, que los excluidos, los dropouts irrumpan en la fantasmagoría de los deseos y en los oasis de seguridad y atenten contra la seguridad del sueño” (Amendola, 2000a:64).         

 

 

5.1. Recuperación y exclusión (Puerto Madero y Abasto)

 

 

 

La recuperación de barrios o zonas urbanas que ostentan algún valor simbólico y/o estratégico para el mercado inmobiliario (ubicación privilegiada, aspectos históricos y culturales apreciables, potenciales cambios de usos del suelo, factibilidad de negocios, etc.), está acompañada de la ferviente “necesidad” del desalojo de los intrusos que espantan o dificultan el ennoblecimiento de la zona en cuestión. En el caso de Puerto Madero, Carman (2011) relata:

 

La opulencia y el brillo de los residentes de Puerto Madero no hacen sino redoblar el “gris” o la aparente impureza de los habitantes de la villa (sobre tierras de la Reserva Ecológica, autodenominada Rodrigo Bueno). El uso tolerado de estas tierras –cuando no eran más que un centenar de metros ganados al río- pasó a ser, años después, un uso intolerable. Cuando avanza la opulencia, debe disminuir la obscenidad del pobre: las distintas clases sociales deben tocarse lo menos posible en el espacio público. Una cosa es cuando las clases opulentas se desplazan a la villa para realizar beneficencia, o emitir su voto en la (exótica) urna de una humilde escuela. Otra cosa muy distinta es que los pobres ya estén habitando en las proximidades de los nuevos barrios destinados a las clases acomodadas, en el contexto de una ciudad en expansión (Carman, 2011:98).

 

 

Es importante destacar las diferencias entre los distintos dispositivos de separación y exclusión que ocurren durante la avanzada de las clases acomodadas (sobre áreas de antigua residencia), conforme si éstos suceden en la periferia o en el centro de los territorios urbanos. Los nuevos enclaves de opulencia de la periferia (desarrollados con auge en la década de 1990) no fueron concebidos en espacios deshabitados, como fue el caso de la suburbanización de las elites de las ciudades norteamericanas en las décadas de 1920 y 1930, sino que se implantan sobre territorios que limitan con los procesos previos de suburbanización, protagonizados por los sectores populares: los loteos económicos y los enclaves “fuera del mercado” (las villas de emergencia) (Torres, 1998). En este caso, no es necesario un proceso de desalojo de las clases carenciadas, pues el cercamiento de los nuevos barrios permite que no existan espacios públicos a compartir. Pero en las áreas centrales de la ciudad, en las zonas recuperadas, las elites no pueden encerrarse y separase (geográficamente) de los habitantes “indeseados” como ocurre en la periferia, por lo tanto, para no compartir el inevitable espacio público, optan por la expulsión de los pobres a través de la vía judicial (para aquellos que habitaban en viviendas sin una posesión legal) o por medio de las leyes de la economía de mercado (el aumento del valor del uso del suelo y del costo de vida en general -debido a los fenómenos de gentrificación- terminan por desplazar a los antiguos residentes de baja renta).

Por la peculiar geografía de Puerto Madero, el flamante barrio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, podríamos ubicarlo dentro de una situación intermedia de las descriptas anteriormente. A pesar de estar ubicado en el área central de la ciudad, siempre estuvo apartado de la misma: la Reserva Ecológica, el Río de la Plata, los diques y las vías del ferrocarril, forman parte del aislamiento socionatural de la ex zona portuaria (que no estaba habilitada para el uso residencial). Por consiguiente, la mixtura resultante nos proporcionaría la nueva categoría de “semi-barrio cerrado recuperado”. Díaz (2010), añade:

 

Unas palabras aparte merece la seguridad –hasta ahora aparentemente inexpugnable- de las torres de […] Puerto Madero. En primer lugar, por la ausencia de paneles con llamadores en la entrada de cada domicilio. Ningún ladrón, ni predicador, ni vendedor ambulante perturbará la paz de esos recintos. Si alguien ajeno quisiera acceder (una urgencia, una entrega de mercadería, una visita), deberá comunicarse telefónicamente con el dueño de casa, el cuidador también se comunicará y –en caso de obtener autorización del propietario- acompañará al “extraterritorial” hasta la entrada misma de la unidad habitacional. En Puerto madero no existe alambrado perimetral, pera la presencia de la fuerza de seguridad oficial, además de la privada, es más impenetrable que los vallados del conurbano (Díaz, 2010:38).

 

 

Las torres de lujo, también denominadas country -por estar blindadas de los indeseados-, sumado a la elevada densidad de las fuerzas del orden, al alto costo de vida del barrio y al aislamiento geográfico, transforman a Puerto Madero en una isla de opulencia desvinculada del continente promiscuo y decadente. Por otra parte, Carman (2011) manifiesta:

 

La materialidad de la villa (Rodrigo Bueno) desarma la utopía de un Puerto Madero infranqueable, al que solo se accedería –como garantía de seguridad- por los cuatro puentes que lo unen a Buenos Aires. La villa ya está allí y obstaculiza el sueño de acondicionar para las clases dominantes un reino separado (Grignon y Passeron, 1991:113). Cabe señalar la paradoja de que, si lo que se aduce es que la villa afecta el uso de lo público, el Gobierno de la Ciudad objeta tímidamente que a escasos metros de la reserva se planea erigir la fastuosa urbanización Solares de Santa María con espacios ribereños de accesos restringidos al público, y por cuyo impacto ambiental algunos ecologistas han puesto el grito en el cielo (Carman, 2011:99 y 100).  

 

 

El proyecto Solares Santa María, que propone la construcción de un complejo naútico-turístico-hotelero en los terrenos de la ex Ciudad Deportiva del Club Boca Juniors (que el gobierno macrista en su fuero íntimo apoya fervientemente) al igual que los barrios cerrados y countries de la periferia, no son apreciados por los sectores dominantes como un atentado al espacio público de la ciudad. Pareciera ser que “algunos” (ciudadanos de primera) tienen derechos “per se” para gozar de los territorios públicos de la ciudad, mientras que “otros” (Kelpers) deben justificar el acceso a los mismos. El proyecto Solares Santa María, que pretende privatizar un sector del Río de la Plata, violando abiertamente el Código Civil que afirma el carácter público de todas las costas y aguas comunicadas con el Río de la Plata, es tan ilegal como la toma de tierras de la Reserva Ecológica para la construcción de la villa Rodrigo Bueno. Empero, hay dos tipos de ilegalidades, una más invisible: de “guantes blancos”, y otra más explícita e indecorosa: de “baja estofa”.

Por otra parte, el ennoblecimiento del Abasto basado en la valorización cultural en torno, principalmente, al tango y la figura de Carlos Gardel, hizo visibles a los residentes ilegales que resultan incompatibles con el nuevo proyecto “residencial-comercial-turístico-cultural” (advertimos que lo mismo sucedió con el reciclaje de Puerto Madero y los habitantes de la villa Rodrigo Bueno). Una vez más, el mercado “recupera” un territorio hasta el momento “vacío”, “desértico”, donde la gente ¿si existía?, porque nadie la había visto antes, era (por lo menos) invisible. Carman (2006) agrega:

 

[…] los ocupantes ilegales e inquilinos eran los únicos que tenían acceso físico a varios […] bienes patrimoniales que constituían el “valor sagrado” del ex Mercado de Abasto: […] cantina Chantacuatro, la esquina O’Rondemán, el hotel Mare D’Argento, etc. […] Desde el punto de vista de los vecinos de clase media, los ocupantes –al “vulnerar” dichos bienes patrimoniales- estaban perpetrando una doble usurpación: la del inmueble en sí mismo, más la carga simbólica que a esos inmuebles se les adicionaba por tratarse de un elemento con su propio peso dentro del folclore vernáculo. E incluso podría señalarse una triple usurpación, ya desde el imaginario social los “intrusos” que se apropiaban de los bienes del patrimonio ni siquiera eran argentinos, sino extranjeros ilegales (Carman, 2006:160).

 

 

De las tres usurpaciones tan bien enunciadas por Carman, consideramos que la que conlleva un mayor nivel de indignación por parte de un sector privilegiado de la clase media, corresponde a la que posee el valor intangible del patrimonio cultural. Pues, este valor está asociado al privilegio “natural” de los sectores sociales más acomodados, ya sean estos residentes nacionales o extranjeros. Carman (2006) completa:

 

Para estos sectores (la mayoría de los vecinos de clase media entrevistados), el patrimonio del Abasto de ningún modo incluía a los habitantes precarios, ya fuesen inquilinos de hoteles-pensión, de conventillos u ocupantes de casas tomadas. Entre otras razones, porque éstos no representaban ningún tipo de continuidad con los anteriores sectores populares del Abasto: los changarines del mercado, que sí eran “pobres honrados” y “gente de buena cuna” (Carman, 2006:148).

 

 

Los residentes precarios no forman parte de la memoria idealizada impuesta por el proceso de ennoblecimiento. Una memoria recortada, fosilizada, sin conflictos y tensiones, preparada con edulcorante para ser consumida sin sobresaltos en los folletos para los turistas. De ella seguramente se deduce que los “pobres honrados” y “gente de buena cuna” (legítimos pobladores populares del Abasto) no eran inmigrantes limítrofes e ilegales, no cortaban calles, no cobraban planes sociales “sin trabajar”, no fumaban “paco”, no se emborrachaban, ni usurpaban casas.

La reinauguración del antiguo mercado, devenido a shopping en 1998, fue promocionada por los grandes medios de comunicación como la salvación y la recuperación del barrio. Carman (2006) expresa:

 

Con el shopping […] llegaba el turno del repoblamiento del barrio “vacío”, o si se prefiere, de la segunda fundación del Abasto. Así como un siglo atrás se materializaba el nacimiento del barrio a partir de la instauración del Mercado, alrededor del cual se instalaron los inmigrantes pobres, ahora se destacaba que […] 600 viviendas habían sido vendidas en pocas semanas, con lo que habían de ingresar “casi 3.000 nuevos vecinos antes del 2000” (Clarín, 31/5/1998) (Carman, 2006:169).

 

 

La “salvación” al barrio de la decadencia infringida por los habitantes precarios se iniciaba con la edificación del shopping. El artefacto mimado de las ciudades globalizadas, venía paradójicamente a “rencontrar” al barrio con la historia sacralizada y con sus habitantes legítimos. De ahí en más, las nuevas inversiones (torres de lujo, un hipermercado, un hotel cuatro estrellas) continuaron la noble obra comenzada por el centro comercial. Una vez que los capitales urbanos especulativos hayan terminado la tarea de “reconversión” del barrio (la mayoría de las veces realizado con mano de obra proveniente de inmigrantes ilegales, y aquí reside lo que Marx ([1867] 1986:37) en El capital. Crítica de la economía política denominaba “el fetichismo de la mercancía”: donde la luz del capital invisibiliza la oscuridad de la ignominia), y el desalojo (negociado o compulsivo) de los indeseables haya finalizado, los nuevos vecinos podrán repoblar el barrio gentrificado.

A pesar de que el Abasto es una zona de la Ciudad de Buenos Aires dentro del barrio de Balvanera y parte de Almagro, “una cantidad de mapas y folletos turísticos han ido incorporando al Abasto como una zona autónoma de la ciudad, no solo por la presencia del shopping sino de sus múltiples salas teatrales” (Carman, 2006:212 y 213). La zona del Abasto comienza a adquirir identidad propia a medida que se va convirtiendo en una especie de “isla cultural y de consumo” separada de los barrios que la contienen. Algo bastante similar sucede con los countries del conurbano bonaerense, pues los residentes prefieren utilizar como referencia geográfica (y sobretodo sociocultural) a los nombres de los mismos y no al de los barrios o partidos a los cuales pertenecen. La nueva identidad que contiene a los propios (turistas, artistas, grupos sociales con alta capacidad de consumo) y separa a los extraños (inmigrantes ilegales, inquilinos de baja renta, “usurpadores”), confiere a los habitantes del “flamante barrio” un nuevo status urbano acorde con el actual rol que les toca cumplir dentro del contexto de la Ciudad.

El Abasto es presentado por las autoridades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y por las instituciones culturales del barrio como un área de la ciudad donde las distintas identidades culturales pueden coexistir de manera pacífica y enriquecedora. Sin embargo, en la práctica “la misma población peruana o boliviana del barrio […] puede ser, alternativamente, una amenaza o una vía para legitimar el barrio, según qué aspecto se recorte: si las comidas típicas o su supuesta condición de ocupante ilegal, por ejemplo” (Carman, 2006:236). Se propone, entonces, el multiculturalismo impuesto por el poder. Las identidades resultantes no son producto de negociaciones realizadas en igualdad de condiciones. Las identidades de los sectores subalternos están conquistadas y mediatizadas por los intereses de los grupos dominantes. El relato que los identifica no sale de sus propios discursos, sino de las cabezas y de las bocas de los conquistadores.

La preservación del patrimonio cultural y/o del medio ambiente son utilizados como argumentos incuestionables para justificar la “recuperación” del espacio público. Al respecto, Carman (2006) especifica:

 

En efecto, durante 2002 se “recuperaron” dos terrenos de la zona de Abasto […] con el objeto de convertirlos en espacios verdes, recreativos, e incluso para gestionar un espacio de alimentación y contención de niños pequeños. La “recuperación” incluyó la “reubicación de familias” que vivían en el lugar a través de subsidios habitacionales; subsidios que […] se dilapidan en un hotel-pensión, por lo que a los pocos meses la familia queda en la calle otra vez. De esta manera, dichos subsidios operan como un desalojo liberado de violencia; aunque no por inadvertida, la violencia de la expulsión cesa de funcionar. Hoy en día, un gran número de políticas vinculadas al mejoramiento ambiental o cultural del barrio precisan, como punta de partida, desplazar a los habitantes “indeseables” […] En todos los casos, lo ambiental resulta un argumento “neutral” para echar “intrusos”, pues se los desaloja “por su propio bien”, “por su propia seguridad”, o para defender el espacio público. Por esa aparente ausencia de carga ideológica, el embellecimiento ambiental o cultural de un área degradada gana un consenso rápido entre actores diversos, por contraposición a la problemática de los ilegales o los sin techo, que es objeto de múltiples disputas (Carman, 2006:222).

 

 

Pensemos que sucedería si la necesidad de “recuperación” del espacio público proviene, no ya de los sectores sociales acomodados sino de los pobladores precarizados ¿Por qué ellos no podrían solicitar la apertura de un country para poder disfrutar de los espacios verdes y recreativos? ¿Por qué no podrían pedir la apertura de una calle interna de un club de campo para poder tener acceso de forma directa, sin rodeos, a los transportes públicos de pasajeros? La respuesta, aunque de fácil resolución, podrá ser verificada más adelante cuando tratemos el conflicto del barrio cerrado CUBA en Villa de Mayo. En este caso, no hubo defensa del espacio público sino que se favoreció “la seguridad” de los infractores. El espacio público no está en peligro cuando es apropiado por los habitantes que tienen el derecho (natural) del usufructo.

Los proyectos de rehabilitación de las ciudades están todos enmarcados dentro del contexto de la “planificación estratégica”. Baxendale (2000) explica con claridad dicha forma de proyectar las ciudades:

 

[…] las características de heterogeneidad, superficialidad o apariencia, […] flexibilidad, horizontalidad y discontinuidad propias del posmodernismo se manifiestan también en el urbanismo y la planificación urbana y regional yendo entonces de lo global a lo sectorial, pasando de los “planes” a los proyectos de intervención puntual, planteando estrategias de planificación a corto plazo relacionadas fundamentalmente con proyectos de renovación urbana dirigidos a dar respuesta a los sectores de mayores ingresos de la sociedad, cuestionando la planificación que podríamos definir como “verticalista” y debilitando cada vez más los lazos entre el urbanismo académico y la política urbanística (Baxendale, 2000:13).

 

 

Buzai adiciona:

 

[…] este tipo de planificación muchas veces se aboca al marketing de la ciudad al buscar un protagonismo frente a otros centros urbanos competitivos en la búsqueda de atraer inversiones privadas, por lo cual […] se estaría afianzando el retroceso del papel planificador del Estado con las crecientes desigualdades socioespaciales que genera naturalmente el sistema capitalista sin demasiado control (Buzai, 2003:60).

 

 

El Estado promueve y convalida esta nueva forma de “hacer ciudad” que beneficia a los capitales especulativos y a los sectores sociales de mayor renta. En tal sentido, el Estado no cumple con la función de preservar el patrimonio material y/o humano de las áreas “recuperadas”. Tanto en el caso de la rehabilitación de Puerto Madero como en la del Abasto, fueron eliminadas edificaciones (silos y casas chorizo, respectivamente) que eran fieles representantes de la identidad urbana de cada lugar. También, en el caso del Abasto, los desalojos no tienen la finalidad de preservar el patrimonio de los habitantes precarios. Lo mismo puede ocurrir en Puerto Madero si se decide erradicar la villa Rodrigo Bueno.

 

 

 

6. La ciudad negadora del medio natural

 

 

 

A medida que Argentina se insertaba en la economía mundial a partir del modelo económico agroexportador, con la llamada Generación del 80, la ciudad de Buenos Aires recibía una gran cantidad de inversiones públicas y privadas vinculadas con el espíritu fundacional y modernizador de la época. Este afán de progreso y desarrollo urbano produjo, en muchas ocasiones, un descuido del medio natural de la urbe. La aspiración de dominación de la naturaleza para incorporarla al tren de la prosperidad, hizo desaparecer al ambiente natural de la ciudad. Por ejemplo, hasta mediados del siglo XIX, todos los planos (Figura 3) de la ciudad de Buenos Aires incorporaban las formas del relieve que delimitaban las tierras bajas e inundables (aptas para el uso público recreativo o para actividades agrarias) de las tierras altas (aptas para la residencia). En la actualidad, ningún plano de nuestra Capital contiene la topografía del suelo, pues la geografía física podría dejar al descubierto planicies de inundación y humedales (que podrían llegar a inundarse periódicamente), que han sido negligentemente privatizados para el uso residencial (Brailovsky, 2010).

 

 

 

 Figura 3: Plano de la ciudad de Buenos Aires (Bermúdez, 1713).

 

Si observamos el Código de Aguas de la Provincia de Buenos Aires, estaríamos en condiciones de constatar que no utiliza las recomendaciones científicas de la UNESCO para considerar si un área ofrece peligro de inundaciones o no. La UNESCO recomienda verificar la estadística de precipitaciones de los últimos 100 años como mínimo. En cambio, el Código de Aguas de la Provincia de Buenos Aires (Ley 12257/98) dice: “[…] se considerará crecida media ordinaria a aquella que surja de promediar los máximos registrados en cada año durante los últimos cinco años”. No creemos que los funcionarios de la Provincia no conozcan tal información, pero si utilizaran el criterio académico recomendado por la UNESCO, la mayoría de los lujosos barrios privados del conurbano bonaerense (construidos sobre llanuras de inundación) no hubieran podido ser habilitados (Brailovsky, 2010).

De acuerdo con Amorrortu (2010), los countries Los Sauces, Barrio La Lomada de Pilar, Los Lagartos, Campo Chico, Nordelta, Santa Bárbara, Náutico Escobar y Sol de Matheu se encuentran en áreas fuertemente inundables.  Brailovsky (2010) apunta:

 

La paradoja es que la víctima termina encubriendo a quien la sumergió. Si denuncia que su casa está en una zona inundable, el valor de la propiedad baja, y baja mucho más si la denuncia es escandalosa. Solo le quedan discretas gestiones para tratar de que los municipios hagan obras de dudosa eficacia, que hubieran sido innecesarias de no haberse ocupado los bajos (Brailovsky, 2010:185).

 

 

La especulación inmobiliaria no discrimina ni pobres ni a ricos. Durante los años cuarenta, con el auge de los loteos económicos (sin demasiados controles) de la periferia de la Ciudad de Buenos Aires, fueron vendidas tierras inundables a varios compradores provenientes de los sectores populares. Más acá en el tiempo, en los años noventa, la historia se repite con el loteo de grandes proporciones de tierras en el conurbano bonaerense (gran parte de ellas anegadizas) para la construcción de lujosos barrios privados. Ahora los engañados fueron los grupos sociales más acomodados. En ambos casos, los criterios económicos, los negocios, primaron sobre las consideraciones científicas y académicas que fueron totalmente desestimadas.

Por otro lado, la Ciudad de Buenos Aires no está ajena a la especulación que comprobamos en la Provincia de Buenos Aires. Brailovsky (2010) indica:

 

La Ciudad de Buenos Aires aprobó en 1999 una ley de Evaluación de Impacto Ambiental […] Como esa ley entraba en colisión con los grandes emprendimientos inmobiliarios (especialmente los realizados en Puerto Madero) se modificó al año siguiente para que no se exigiese esa evaluación de impacto a las grandes torres que se iban a construir. Y, para completar las cosas, también se quitó lo que tenía que ver con el cubrimiento de terreno absorbente […] Nadie se preocupó por saber en qué medida los cimientos obstaculizan la descarga de las napas subterráneas al Río de la Plata y, por consiguiente, contribuyen a la inundación que viene de abajo […] La normativa inicial decía que estaban sometidas a evaluación de impacto ambiental “las obras que demanden la deforestación de terrenos públicos o privados de más de 5.000 m², como así también cuando en terrenos de la extensión antes mencionada se proyecte la disminución en más del 50% del terreno absorbente” (Decreto 1252/99). La norma que la reemplazó (Decreto 1120/01) pasaba las superficies de 5.000 m² a 10.000. Y ya no era obligatoria la evaluación de impacto ambiental sino que estaba sujeta a consideración de las autoridades. Se hizo algo parecido con la ocupación de terreno absorbente por parte de grandes edificios y con la modificación de la topografía del terreno (Brailovsky, 2010:181).

 

 

Los negocios que parecen negociados si no fuera que la ley los avala, colaboran fuertemente en la construcción de ciudades poco sustentables. La visión cortoplacista de los especuladores urbanos provoca indefectiblemente el empeoramiento de las condiciones socionaturales de la ciudad. En definitiva, si el poder político no considera a los temas ambientales como parte prioritaria de la agenda pública, todos los habitantes de la ciudad, en mayor o en menor medida, se verán afectados (en un futuro no muy lejano) de las medidas negligentes u omisiones que siguen llevando a cabo.

 

 

 

7. La ciudad íntima 

 

 

 

7.1. La erosión de la sociabilidad 

 

 

 

Los shoppings, las multisalas de cines y más recientemente las falsas bibliotecas (librerías-café) (Figura 4) son los nuevos lugares de paseo y de reunión que compiten y desplazan a los espacios públicos clásicos. Sin embargo, pese a la ilusión de equivalencia, la norma de los nuevos territorios “semipúblicos” no reside en el principio de la accesibilidad universalizada (el propietario se reserva el derecho de admisión) sino en la lógica de la seguridad generalizada. De la misma manera, que el propósito primordial, no es el encuentro, el diálogo, el intercambio de experiencias y significados, la creación de identidades compartidas, sino el consumo alienante (Remedi, 2001).

 

 

 

Figura 4: Librería-café (Microcentro de la Ciudad de Buenos Aires

 (Fotografía: Romano, 2008).

 

Los espacios públicos tradicionales conforman un tejido de relación, la base sobre la que se sustenta la ciudad y la vida urbana. En cambio, los actuales pseudoespacios públicos tienden a constituir áreas aisladas en los nodos de la red urbana. Desaparece la trama (física y/o social) o queda reducida a un frágil y excluyente tejido de vías rápidas de comunicación y de líneas intangibles de tecnologías de la información y de las comunicaciones. De acuerdo con Muxí (2004), la ciudad global estructurada a partir de nodos y líneas de flujos se halla predeterminada por el establecimiento de fragmentos urbanos con únicas alternativas de conexión, creando recorridos cada vez más individualistas y preestablecidos. “La deriva, por lo tanto, ya no es posible en una ciudad de redes: la red tiene nodos por los que invariablemente se ha de pasar, fluir y transitar, y agujeros negros que se deben evitar” (Muxí, 2004:43 y 44).

Solo los cortes de tránsito en las vías principales de circulación (cada vez más frecuentes en el Gran Buenos Aires), producen la salida transitoria de los flujos urbanos del diagrama predeterminado. El malestar y el pánico de los conductores particulares y de los pasajeros del transporte público por circular por una trama desconocida, muestra la debilidad y la vulnerabilidad del sistema urbano reticular. Para el imaginario (principalmente de la clase media o alta), más allá de los circuitos preestablecidos está el vacío, la nada, “el Desierto” (paradójicamente) lleno de irregulares al acecho de los ciudadanos desprotegidos. La otra ciudad invisibilizada se hace carne a la hora de inmovilizarse alguna de las conexiones entre un fragmento y otro de la ciudad normalizada. Los cortes, los “piquetes”, las protestas, irrumpen y obstaculizan el derecho la libre circulación de productos, capitales y personas. Los que quedaron al margen del sistema afloran a la superficie reclamando (en la mayoría de los casos) derechos básicos de subsistencia. La puja, la tensión entre los dos derechos (el de circulación y el de subsistencia) muestra las contradicciones subyacentes de la globalización neoliberal. En las ciudades latinoamericanas, donde los sectores medios han sido devastados por las políticas de ajuste, la proximidad física entre lo global y local, lo regular y lo irregular, el rico y el pobre, provoca que esta contradicción sea más fehaciente y escandalosa.  

Por otro lado, no solo los cortes de calles o avenidas son producto de reclamos, sino que también en ocasiones festivas, como en las celebraciones de carnaval (a partir del año 2011 se recuperaron dos días feriados), las calles se cortan para permitir el paso de las murgas y comparsas. La posición de algunos medios masivos de comunicación y de ciertos personajes del ámbito televisivo, en ocasión de la celebración popular, fue bastante sugestiva. En vez de informar sobre los festejos en sí (lo mismo ocurrió con las celebraciones del Bicentenario), se preocuparon más por resaltar las complicaciones que los mismos produjeron en el tránsito automotor. Por tal motivo, fueron muy prolijos en presentar el mapa de los cortes, para que los automovilistas puedan desviar y no “meterse en las calles” de los festejos. Pareciera ser que la fiesta popular (que tuvo mucho éxito en cantidad de público y participantes) les resulta ajena: es la fiesta de ellos. En la Buenos Aires moderna el barrio estaba mucho más integrado desde todo punto de vista (en lo espacial, lo social, lo cultural, lo económico), lo cual se verifica en las fiestas populares, que eran la fiesta de todos.

Siguiendo con la ciudad dispersa, se comprueba en ella una tendencia hacia la especialización y homogeneización de las funciones urbanas. Los distintos usos de la ciudad (vinculados con la educación, la salud, la industria, el comercio, la residencia, la oficina, el ocio, el culto, etc.) se separan físicamente, disminuyendo la complejidad y diversidad del espacio urbano. El territorio se fragmenta, se particulariza, y las oportunidades de contactos y comunicaciones ocasionales entre personas de actividades y extracciones sociales diferentes (que posibilitaba y facilitaba la ciudad compacta) se van empobreciendo a favor de las relaciones y los intercambios predeterminados entre grupos de personas de intereses semejantes. Además, los lugares con una función predominante quedan vacíos y sin vida durante períodos de tiempos determinados (por ejemplo, las áreas de oficinas permanecen deshabitadas durante la noche, los fines de semana, los feriados, en vacaciones), aumentando, de esta manera, la decadencia de los contactos sociales.

En la urbe difusa, el barrio se transforma a menudo en una zona exclusivamente residencial. A causa de la separación física de las funciones de la ciudad, “el barrio deja de ser un lugar social para convertirse simplemente en un lugar de exclusión (de otros usos, de gente con renta diferente, etc.)” (Rueda, 1998:105). Por otra parte, el tiempo empleado para circular por los distintos usos urbanos reduce el disponible para habitar el propio espacio. La casa, el auto, los medios masivos de comunicación social y las tecnologías de la información y de las comunicaciones se vuelven el centro de la vida suburbana. De esta forma, “el contacto, el intercambio y la comunicación son patrimonio, sobre todo, de las redes, que le quitan a la calle el sentido que hasta ahora tenía como espacio público” (Rueda, 1998:106). Las redes con sus nodos encapsulados condicionan la libertad de desplazamiento y contactos de los distintos sectores sociales. El entorno urbano y tecnológico está dispuesto para acelerar la circulación, promover lo efímero, el tránsito y la comunicación a distancia, lo que dificulta la utilización de la ciudad como territorio natural para la sociabilidad de las personas. “El espacio [...] se ha convertido en un derivado del movimiento [...], los paisajes limpiados por la velocidad, pierden, de esta forma, su consistencia o indicio de realidad” (Virilio, 1977:159). La virtualidad del paisaje encerrado en la velocidad del movimiento diluye la materialidad histórica y colectiva de sus componentes naturales y humanos. El paisaje atravesado se esfuma en el constante devenir del fluido de las redes y resurge en la certidumbre de sus nodos. Rinesi (2004), agrega:

 

Al abrir la ciudad, o al construir las vías que, bajo tierra o sobre ella, nos permiten esquivarla, salvarla, evitar la materialidad y las fricciones del contacto físico y cultural con los otros -con sus cuerpos, con sus casas y sus barrios, con sus lenguajes y sus modos de vivir-, la ciudad gana en eficacia y funcionalidad, pero pierde urbanidad, socialidad y vida (Rinesi, 2004:54 y 55).

 

 

 Se pierde vida urbana, que supone diferencias, negociaciones, reconocimientos recíprocos y coexistencia. Por otro lado, los motores de la expansión urbana moderna que pertenecían al ámbito público (iglesias, escuelas, avenidas, etc.), fueron reemplazados por artefactos pertenecientes al sector privado (autopistas, hipermercados, grandes centros comerciales y de entretenimientos, etc.). La urbanidad originada y centrada en los espacios públicos ha dado paso a la nueva “urbanidad” producida y focalizada en los espacios de exclusión. Pero también en la ciudad abierta, el “‘no hables con extraños’-que antes era una advertencia de los padres a sus hijos indefensos- se ha convertido ahora en un precepto estratégico de la normalidad adulta” (Bauman, 2002a:118). La ciudad se “aniña” al compás de la regresión ciudadana. ¿Será que los barrios cerrados y los circuitos de garitas de vigilancia en los vecindarios abiertos forman parte de los dispositivos que hacen retornar a los ciudadanos a la protección arcaica del vientre materno? Al fin y al cabo, la ciudad y la civilidad (que son inseparables) están en franco retroceso. Sennett (2011), nos aclara dichos conceptos hermanados:

 

“Ciudad” y “civilidad” tienen una raíz etimológica común. Civilidad significa tratar a los demás como si fueran extraños y forjar un vínculo social sobre dicha distancia social[7]. La ciudad es aquel establecimiento humano en el cual es más probable el encuentro entre extraños. La geografía pública de una ciudad es la civilidad institucionalizada (Sennett, 2011:325).

 

 

La prudente distancia social (máscaras) permite concretar una sociabilidad más democrática e igualitaria. Pues, la búsqueda de una relación intimista, más cercana, más segura, más confiable, conlleva inevitablemente a la pérdida de contactos con personas desconocidas, y por lo tanto, se elimina la civilidad de las ciudades. La incivilidad “es la perversión de la fraternidad en la experiencia comunal moderna (contemporánea)” (Sennett, 2011:327). Continúa (Sennett, 2011):

 

La fraternidad se ha transformado en empatía para un grupo selecto de personas aliado con el rechazo de aquellos que no se hallan dentro del círculo local. Este rechazo crea exigencias de autonomía con respecto al mundo exterior [...] La celebración de la comunidad territorial contra los males del urbanismo impersonal y capitalista se adapta con suma comodidad dentro del vasto sistema porque conduce a una lógica de defensa local contra el mundo exterior más que a un desafío de los manejos de dicho mundo. Cuando una comunidad “se enfrenta” al Ayuntamiento en esos términos, lucha para que se la deje sola, para verse liberada o protegida del proceso político, más que para cambiar el proceso político mismo, Y ésta es la razón por lo que la lógica emocional de la comunidad, comenzando como una forma de resistencia frente a los males del capitalismo moderno, termina en una especie extravagante de retirada despolitizada: el sistema permanece intacto, pero tal vez consigamos que deje sin tocar nuestro trozo de césped (Sennett, 2011:327 y 363).

 

 

Las comunidades territoriales (barrios cerrados) más que estar enfrentadas con el capitalismo, son el subproducto “ganador” de aquél. Son los que pueden separarse y “protegerse” de los excluidos que deja el sistema. No están dispuestos a cambiar las condiciones estructurales del régimen, lo único que desean es no compartir el espacio con los pobres y desplazados que el sistema reproduce. No hay resistencia al capitalismo, sino “a los males” o “daños colaterales” que el capitalismo genera: lúmpenes por doquier. El refugio en la comunidad íntima es la renuncia a la política ciudadana. Es la exigencia de protección del usufructo de la propiedad y la comunidad privada, de los bienes personales, que a lo sumo se extiende al grupo de pertenencia. La política solidaria, comprometida, universal devino en egoísmo vecinal. Los barrios-refugio parecieran representar la máxima utopía de las elites: el ideal de una sociedad protegida de los extraños.

Tanto la casa-mundo (conectada a la ciudad y al planeta a través de los medios masivos y las tecnologías de la información y de las comunicaciones), como el barrio-mundo (urbanización privada), así como sus complementos: el shopping, la autopista y el automóvil, tienden a reducir la civilidad y a exaltar el ámbito privado (Remedi, 2001). Continúa Remedi (2001):

 

La mayor cantidad de artefactos y espacios tendientes a satisfacer una serie de necesidades que antes solían satisfacerse en la ciudad: la televisión y la video casetera en lugar del cine, el teatro o el concierto; la computadora y el teléfono en lugar de la visita o la reunión con amigos; el jardín o el “terreno parquizado” en sustitución del parque o la plaza; el paseo en auto en vez del clásico paseo a pie; la piscina en vez de la playa (Remedi, 2001:12).

 

 

Agregamos la compra por teléfono o Internet en vez de ir al mercado; la compra de dispositivos para el “hágalo usted mismo” (trabajos de decoración, arreglos hogareños, confección de prendas y adornos, cortes de cabello, ejercicios físicos, etc.) en lugar de solicitar el servicio de terceros; la utilización de las instalaciones sociales, comerciales y deportivas de la urbanización cerrada en lugar del uso de los establecimientos equivalentes de la ciudad abierta; el paseo por las calles del shopping en vez de la caminata por las calles de la ciudad, son solo algunos ejemplos que demuestran la condensación de la vida pública en la casa-mundo, el barrio-mundo, el shopping y el automóvil.

La casa-mundo está cambiando el vínculo social basado en el diálogo cara a cara, por la relación social basada en la comunicación a distancia. Al mismo tiempo, el barrio-mundo que invita a transitar los mismos espacios y frecuentar a las mismas personas está anquilosando y empobreciendo la experiencia cotidiana. La variedad de los encuentros de la ciudad pública está siendo sustituida por la diversidad hiperreal que ofrecen los medios masivos de comunicación. En la actualidad, gran parte del tiempo utilizado para comprar, distraerse, conversar, pasear, etc., se desarrolla dentro de la asepsia de los entornos virtuales, sin hacer pie en la “contaminación” socionatural del espacio público de las ciudades. Vivimos como afirma Rinesi (1994):

 

[en] Casas-trinchera, entonces; casas-catacumba donde aislarse de la locura del movimiento urbano y desde donde reconstruir, a través de la tecnología de los medios electrónicos de comunicación, formas diferentes de sociabilidad ente las personas y los grupos. Neo-individualismo defensivo y hedonista, pues, más neo-comunitarismo electrónico (Rinesi, 1994:67).

 

 

Es elocuente la importancia que han adquirido los medios masivos de comunicación en el hogar, en especial el aparato televisivo. Mientras la mayoría de los electrodomésticos tienden a disminuir su tamaño, en busca de una forma compacta, la pantalla del televisor es cada vez más grande y delgada, para mimetizarse con las paredes de las habitaciones hogareñas. La televisión, con su apariencia cristalina, pasó sigilosamente a ser el objeto de diseño protagonista de la casa. La transparencia del aparato sumada a la tecnología de alta definición puede ser tranquilamente asociada con la sensación de limpidez que buscan reproducir los programas televisivos (especialmente los noticiosos). La oscuridad de los intereses políticos, económicos y culturales, se esconden con bastante éxito en medio de la “naturalidad”, la “transparencia” y la “imparcialidad” de las imágenes y hechos relatados. La realidad solapada, manipulada, reacondicionada, ingresa así, travestida en la intimidad de los hogares.

Asistimos al debilitamiento de las memorias compartidas, al socavamiento de las identidades barriales y locales, a la erosión de la ciudad como sitio de interacciones políticas y culturales o como lugar de reunión y de socialización. Además, la creciente “peligrosidad” del espacio público nos invita a replegarnos sobre el reconfortante, seguro y custodiado espacio hogareño o barrio cerrado.

En la novela Las viudas de los jueves Piñeiro (2005) describe con claridad el aislamiento y el olvido de la ciudad pública que sienten los habitantes de los barrios privados:

 

El ingreso a La Cascada (el country protagonista de la ficción) produce cierto mágico olvido del pasado. El pasado que queda es la semana pasada, el mes pasado, el año pasado “cuando jugamos el intercountry y lo ganamos”. Se van borrando los amigos de toda la vida, los lugares que antes parecían imprescindibles, algunos parientes, los recuerdos, los errores. Como si fuera posible, a cierta edad, arrancar hojas de un diario y empezar a escribir uno nuevo (Piñeiro (2005:30)

 

 

Por otro lado, Jorge Luis Borges (1952) en su relato La muralla y los Libros hace referencia a la combinación de dos temas: el encierro y el pasado, vitales también para la vida country. En esta magnífica narración, el escritor manifiesta que el emperador chino Shih Huang Ti, ordenó la construcción de la casi infinita muralla y, al mismo tiempo, decretó la destrucción de todos los libros anteriores a su reinado. La idea de suprimir la amenaza del mundo externo asociada con la intención de purificar el tiempo presente de los conflictos y el peso semántico del pasado, es fundamental para poder comprender la supervivencia material y espiritual de los enclaves de opulencia.

En conclusión, la ciudad pública, herencia de la ciudad clásica mediterránea, cuyo elemento principal era el ágora, se está convirtiendo en una ciudad más doméstica al estilo anglosajón. La civitas latina o la polis griega tenían su razón de ser en la plaza. El ágora era el sitio donde se desarrollaban las conversaciones, en el cual se originaban las disputas, y en el que se hacía política. La urbe anglosajona, en cambio, es una ciudad más intimista[8], de puertas adentro. Su intensa vida doméstica busca reemplazar, de alguna manera, la vida civil presente en las calles y en las plazas de la ciudad latina. Para su denominación se utiliza la palabra town, que proviene del antiguo inglés tun “que significa un recinto cerrado, parte del campo que corresponde a una casa o a una granja. No se trata, pues, de un concepto político, sino de un concepto agrario”. Por lo tanto, si conservamos el concepto de la ciudad clásica vinculado a la “vida exteriorizada y civil”, decimos sin temor a equivocarnos, que en la actualidad existen muchas aglomeraciones humanas pero pocas ciudades (Chueca Goitia, 1968:11). Canal Feijóo (2010:232) remarca: “[…] el espíritu de la ciudad no es doméstico: se llama ágora, foro, fábrica, oficina, esquina, cancha”. La ciudad existe porque hay un “afuera” además de la vida hogareña; porque hay calles que habilitan el acceso a espacios públicos, semipúblicos y privados; porque existe la probabilidad de encontrarnos con desconocidos, porque hay – en última instancia- múltiples alternativas que pueden ser vividas.

 

 

 

7.2. La decadencia del café

 

 

 

El café ha sido el lugar de encuentro con conocidos y también con extraños. El contacto con la alteridad constituyó la clave para el desarrollo de la civilidad urbana (valga la redundancia). En este espacio democrático se mezclaron personas de diferentes estratos socioeconómicos sin que mediara ninguna barrera de origen familiar, laboral o residencial. Gayol (1999) argumenta sobre la horizontalidad de las relaciones que se inician en el café:

 

Invitar a beber era una “excusa” legítima para iniciar el diálogo con un desconocido […] Invitar reduce la distancia física y diluye las distancias sociales, ya que la invitación en la calle, y también en el café, no se funda en la afirmación de una superioridad, de una posición o de una calidad (Gayol, 1999:58).

 

 

En sus comienzos el café era un sitio exclusivo para los hombres. La moral de la época no legitimaba ciertos hábitos masculinos (fumar, beber alcohol, jugar a los naipes, hablar de política, salir de casa sin los niños) para las mujeres. Sebreli (2003) indica:

 

El punto débil del café ha sido -en concordancia con la época- la exclusión del género femenino: no se admitía la presencia de mujeres solas, y aun acompañadas se las enviaba a un espacio -“salón familias” o reservado- separado del resto por una mampara de vitraux (Sebreli, 2003:277). 

 

 

Hoy en día, la globalización tiende a cambiar el tradicional diseño de sus edificaciones. La arquitectura interna y externa se estandarizan al ritmo de la nueva imagen que emulan de los restaurantes/pizzerías: mesas de fórmica, luces dicroicas, espejos y grandes fotografías de los platos que conforman el menú y televisores LCD. Sebreli (2003) hace referencia al respecto:

 

El rasgo característico del viejo café (Figura 5) era ser un hinterland entre la casa y la calle, entre lo privado y lo público. Alentaba la sensación ambigua de estar afuera y adentro, de conservar la privacidad, la intimidad, sin perder el contacto con el exterior. Las nuevas modas arquitectónicas han suprimido esa posibilidad al reemplazar las ventanas por paños de vidrio fijo que destruyen la intimidad y, a su vez, aíslan de la calle (Sebreli, 2003:278).

 

 

 

 

Figura 5: Imagen de antaño del café

“Los Inmortales” (Buenos Aires Antiguo, 2007)

 

 

En los nuevos bares/restaurants (Figura 6) la ambigüedad de estar en un recinto cerrado sin perder el entorno de la calle, es cambiado por permanecer afuera (en muchos establecimientos hay mesas en la vereda) en contacto explícito con el exterior, o estar encerrado y aislado en el interior, a través de las ventanas de paños fijos, la música funcional o el sonido del televisor. La charla amena, intimista o la calma necesaria para la lectura, el estudio, el trabajo o la reflexión han sido perturbadas por los cambios introducidos en la ambientación.

 

 

 

 

Figura 6: Bar-Restaurant (Lomas de Zamora) (Fotografía: Romano, 2008).

 

 

Por razones económicas y/o de cambio de hábitos, la mayoría de los jóvenes han cambiado la reunión en los cafés por “la previa” (a la entrada a las discotecas) en los servi-shop de las estaciones de servicio, las veredas de los maxiquioscos y las casas particulares (Figura 7). Asimismo, un sector de los jóvenes de clase media-alta frecuenta los bares globalizados tipo irlandeses. Sebreli (2003) comenta:

 

 Para los jóvenes, el café ha sido un ámbito iniciático, se mezclaban allí con los adultos; ahora, en cambio, los frecuentan poco por ser un sitio de los despreciados “mayores”; prefieren los anodinos kioscos o el inhóspito bar anexo a las estaciones de servicio (Sebreli, 2003:277).

 

 

El maxikiosco enrejado y los bares de la estaciones de servicios, abiertos las veinticuatro horas, son los exponentes residuales de la inseguridad de las calles del Gran Buenos Aires. Desde otro punto de vista, también podríamos decir, que la “Ciudad-pista, […] una ciudad sometida a la lógica del movimiento y de la velocidad (es decir: del devenir mercancía del tiempo urbano mismo)” (Rinesi, 1995:35), requiere tanto para sus vehículos como para sus pasajeros un pequeño “auto-service”[9] para seguir circulando.

 

 

 

 

Figura 7: Minimercados en estaciones de servicio (Banfield) (Fotografía: Romano, 2008).

 

 

 

Figura 8: “Auto-Mc” (Mc Donald’s) (Lomas de Zamora)

(Fotografía: Romano, 2008).

 

 

 

 

 

 

Figura 9: “Auto-helado” (La Veneciana)

(Lomas de Zamora) (Fotografía: Romano, 2008).

 

 

Los espacios urbanos dominados por los flujos poseen paradas efímeras para tomar un tentempié y seguir circulando por la vorágine que proponen las grandes ciudades. Por otra parte, la crisis económica, el desempleo y la sobreocupación que generó la década neoliberal, introdujo jornadas más largas que han retraído la concurrencia al café de la clase trabajadora. Desde finales de los años noventa, los sectores populares toman un refrigerio y leen el diario (se reparte el el periódico “La Razón” a “voluntad”) en los subtes y trenes que los conducen de sus lugares de trabajo a sus respectivos hogares. Los trenes se han convertido en una especie de “café móvil” recorridos por una enorme cantidad de vendedores ambulantes que demuestran no solo la decadencia del histórico café sino también las consecuencias de la precarización del empleo.

El cambio de costumbres sumado a la sensación generalizada de inseguridad urbana, han incentivado los encuentros en espacios donde la intimidad prevalece sobre lo desconocido. Sebreli (2003), expresa:

 

La igualación de los sexos y el abandono de la mujer del “gineceo” hogareño, alentaron, por un lado, a los miembros de la familia a salir juntos, y por otro, debilitó la amistad entre varones, típica del café de ayer. Lo habitual hoy es ir al restaurante en pareja, y frecuentemente se reúnen dos parejas. Esas salidas se alternan con las comidas en casa, donde aumenta el número de las parejas […] (Pero) el restaurante -o la comida privada- (carecen) del rasgo esencial de la sociabilidad urbana, tal como se daba en el café: la posibilidad del contacto imprevisto, del conocimiento de extraños o del fluir incesante de los que se agregan a la mesa. Esta interrelación múltiple con lo desconocido y con lo diferente es reemplazada, en el restaurante, por la interrelación limitada con lo conocido y lo igual, donde no se permite la novedad ni la sorpresa, una repetición más del living y el comedor diario (Sebreli, 2003:279).

 

 

La concentración del poder económico en pocas manos, propia del capitalismo posfordista, fue produciendo como contrapartida la desintegración del tejido socioespacial. La fragmentación resultante que se expandió a manera de metástasis por todos los rincones de la ciudad, fue desarrollando espacios de privilegio y de decadencia que minaron los territorios que contenían y favorecían la mixtura sociocultural. En este caso, Sebreli (2003) hace referencia a unos de los espacios de privilegio:

 

La discriminación por clases sociales no es ajena a la preferencia por el restaurante: muchos de ellos son inaccesibles por razones de precio a amplios sectores. El café ha sido, en cambio, más democrático, cumplía con la función del club privado, pero sin su elitismo excluyente: bastaba con una apariencia discreta para tener acceso, ya que el módico precio del pocillo no establecía jerarquías e igualaba a todos (Sebreli, 2003:279).

 

 

El café se caracterizó por ser un espacio de gran libertad, donde personas de distintas trayectorias sociales, políticas y económicas, tenían igual derecho para elaborar las más variadas visiones, ilusiones y utopías. Sebreli (2003) agrega:

 

El café ha estado estrechamente vinculado a la vida cívica, desde el legendario Marcos de 1810. Improvisado foro público, incitaba a la conversación –aunque de manera divagante-, a la discusión sin restricciones y, durante las dictaduras, a la difusión de informaciones censuradas por los medios. No es casual, entonces, que su decadencia coincida con el crepúsculo de la conversación y ambos, a su vez, con la apatía política y la indiferencia por los deberes cívicos (Sebreli, 2003:279).

 

 

Durante el primer mandato de la presidenta Cristina Kirchner, luego de la Resolución 125 que desató el conflicto entre el gobierno y las patronales agropecuarias, el gobierno tomó una serie de medidas que volvió a introducir a la política y la historia[10] en el centro de la realidad nacional. Entre ellas son de destacar: la reestatización de los fondos de jubilaciones y pensiones y de la línea aérea de bandera, la asignación universal por hijo y la ley de servicios de comunicación audiovisual. La mayor parte de la sociedad no fue neutral ante tamañas medidas. El debate de las mismas se desarrolló en la prensa, en los libros, dentro de las familias, en los lugares de trabajos, en los clubes, todos ellos espacios más o menos públicos, más o menos íntimos, pero en la mayoría de los casos lejos del café. La recuperación de la política por parte del gobierno (que le disputó el poder fáctico a las distintas corporaciones) y de la gente (discutiendo las posturas apasionadamente), no logró (hasta el momento) quebrar los hábitos globalizados que alejan a las personas del emblemático espacio público que representa el café.

¿Será porque el café está sufriendo una metamorfosis de sus concurrentes? El público tradicional que lo utilizaba como un lugar de encuentro de amigos y desconocidos, va cambiando por personas que lo utilizan de forma individual para hacer un pequeño alto durante la jornada laboral: es frecuente verlos sentados solos frente de las pantallas de las computadoras portátiles o de los teléfonos celulares repasando las noticias del día. El café actual es un espacio más privado, introvertido, que intenta aislarse de la incertidumbre social de la vida urbana.

 

 

7.3. El crepúsculo del caminar sin rumbo

 

 

 

Las ciudades contemporáneas están perdiendo la posibilidad de ser disfrutadas de a pie. Las relaciones que se establecen entre las personas y los espacios urbanizados están siendo de forma creciente mediatizados por los entornos virtuales o mecanizados. Los territorios urbanos cada vez más transitados por cibernautas y conductores, producen el vaciamiento de las aceras, y por consiguiente, marchitan la tradicional vitalidad del espacio público moderno. Asistimos, como afirma Sebreli (2003), al ocaso de la flânerie:

 

Esa costumbre tan típicamente parisina como porteña, practicada principalmente por escritores y artistas aunque también por hombres de una sensibilidad especial, ha entrado en su ocaso hacia fines del siglo XX. Las calles de la Ciudad de Buenos Aires ya no predisponen al vagabundeo, han dejado de ser un paseo para transformarse en rutas destinadas a la circulación de automóviles […] El atribulado peatón debe soportar el aire contaminado, el ruido ensordecedor de autos, camiones, motos y gigantescos ómnibus inadecuados para calzadas tan angostas, que corren desenfrenada y peligrosamente pegados al cordón. El cruce de las calles también es un obstáculo para el peatón, o el semáforo no da el tiempo necesario, […] o cuando tiene luz verde, debe cuidarse de los coches que doblan por la bocacalle […] El caminante sin rumbo, el flâneur, que era el verdadero personaje de la ciudad moderna, hoy ha pasado a ser anacrónico, y en el futuro tal vez sea sospechoso y aun peligroso, como vaticinaba Ray Bradbury en su novela de anticipación Fahrenheit 451. Para el hombre choferizado -que baja en ascensor del departamento hasta la cochera para dirigirse a otra playa de estacionamiento-, la calle no existe, solo la ve de reojo en rápido vuelo y a través de vidrios oscuros (Sebreli, 2003:263, 264, 266 y 267).

 

 

Los obstáculos que interceden y dificultan el disfrute de la ciudad por parte del peatón (ruidos molestos, el imperio del parque automotor, la apropiación de las veredas comerciales por parte de los propietarios, los malos olores, la sensación de inseguridad, la falta de tiempo libre) nos llevan a percibir y elaborar una sociedad teñida de prejuicios e intolerancia. Por ejemplo, en la ciudad de Valencia, la tercera urbe en importancia de Venezuela (Figuras 10 y 11), se puede verificar supremacía de la calle sobre la acera, la cual queda reducida a la mínima expresión. En las fotografías es posible observar que solo circulan automóviles, no existen peatones a la vista. Las personas tienden a caminar en parques cerrados o en los grandes centros comerciales. El  escuálido espacio público (si es que todavía queda algo de él) está habitado por el miedo y los temerosos conductores de automóviles.

 

 

 

Figura 10: Calle de Valencia (Venezuela) (Fotografía: Romano, 2012)

 

 

 

 

Figura 11: Calle de Valencia (Venezuela) (Fotografía: Romano, 2012)

 

 

Arlt (1958) ya recomendaba en su tiempo:

 

 […] pasará mucho tiempo antes de que la gente se dé cuenta de la utilidad de darse unos baños de multitud y callejeo. Pero el día que lo aprendan serán más sabios, y más perfectos y más indulgentes, sobre todo. Sí, indulgentes. Porque más de una vez he pensado que la magnífica indulgencia que ha hecho eterno a Jesús, derivaba de su continua vida en la calle. Y de su comunión con los hombres buenos y malos, y con las mujeres honestas y también con las que no lo eran (Arlt, 1958:94).

 

 

En la actualidad, el flâneur parecería haber sido reemplazado por personas que caminan la ciudad motivadas solo por cuestiones puntuales y pragmáticas: rutina de ejercitación y/o prescripción médica, teniendo en cuenta -en la medida de lo posible- los senderos o circuitos custodiados. Ellos atraviesan las calles ensimismados en sus actividades sin prestar atención a la ciudad que los rodea. La urbe es utilizada con la misma lógica de los gimnasios, algunos caminan al aire libre y los otros en la cinta electrónica, pero ambos tienen objetivos predeterminados. La libertad y la sorpresa que proporciona el caminar sin rumbo preestablecido, parece tener mala prensa en sociedades donde el tiempo es medido y experimentado con criterios utilitarios.

Asimismo, la precarización de las condiciones urbanas inhibe a los habitantes del Aglomerado Gran Buenos Aires de los deseos de salir, dando lugar al encierro de la vida doméstica -incentivada por los medios digitales de entretenimiento- y a las salidas programadas. Por lo tanto, sumamos otra consecuencia negativa: los contactos casuales han pasado al olvido. Solo persisten los encuentros pautados con previa cita, que a menudo se realizan en espacios privados. En todas las ciudades del mundo, la calle ha sido el lugar de relaciones previstas y/o espontáneas. Sennett (2011) definía a la ciudad como un asentamiento humano donde los extraños tienen la posibilidad de encontrarse y reconocerse en sus diferencias. Pareciera ser que en nuestra ciudad (y en muchas urbes del mundo) se ha perdido bastante de aquel privilegio.

Por otra parte, las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones permiten (desde el encierro doméstico) recorrer el territorio virtualmente, donde los nuevos flâneurs (los cibernautas) elaboran otra forma de representación del espacio, el tiempo y el texto, transformándolos en hiperespacio, hipertiempo e hipertexto fluctuantes, a los que cada usuario-observador puede conectarse de manera aleatoria pero aséptica, sin correr los “riesgos” de los espacios reales.

En la ciudad global, la información y las comunicaciones se han convertido en las piezas claves de su desarrollo. En este sentido, Pérgolis (1998) agrega:

 

El personaje mitológico que identifica al Olimpo actual, no es el resistente Atlas, símbolo de estabilidad y equilibrio; tampoco lo es Hércules, el semidiós de los grandes trabajos, ni Prometeo, cuyo fuego, desde la Revolución Industrial, se convirtió en la base del trabajo que transforma la materia; Hermes, el mensajero, el personaje más insospechado por la Modernidad, hoy es el gran protagonista (Pérgolis, 1998:70 y 71).

 

 

Como dice Serres (1995:118): “ahora vivimos en una inmensa mensajería, en la que la mayoría trabajamos de mensajeros: soportamos menos cargas, encendemos menos fuegos, pero transportamos mensajes que, a veces, gobiernan los fuegos”. Estamos transitando un mundo donde la realidad “real” está siendo disputada por la realidad “virtual”. La dialéctica no es para nada igualitaria. Los grandes grupos mediáticos nacionales e internacionales tratan de imponer (a la fuerza de repeticiones) sus realidades y verdades interesadas, que alejan a las personas de las propias interpretaciones de los hechos que ocurren en el espacio cotidiano. La comodidad del hogar, muy a menudo transformada en pereza intelectual, admite sin demasiado crítica todos los mensajes que ingresan de los medios digitales. Esta actitud de pasividad e indiferencia ante la realidad “real” es verdaderamente peligrosa. El “peligro” imaginado de la ciudad pública empieza en los hogares. No decimos que las condiciones urbanas no han desmejorado, pero tampoco podemos coincidir (como nos hacen creer todos los días y a toda hora la mayoría de los medios informativos) que no se puede caminar por la calle sin correr el riesgo latente de sufrir algún tipo de percance.

Aunque en las sociedades actuales (por las diversas razones expuestas precedentemente) ha disminuido el goce de la ciudad, todavía para cuantiosas personas sigue siendo mucho más atractiva que la vida de encierro en un barrio privado. Al respecto, seleccionamos un fragmento de la novela Betibú de Piñeiro (2010):

 

[…] Interrumpe sus pensamientos y divagues un llamado de Carmen Terrada. Tenés mala voz hoy, le dice su amiga. Estoy pasando la segunda prueba de resistencia en La Maravillosa. La primera fue atravesar la barrera de entrada, ¿te acordás?, le pregunta Nurit (una periodista que se instaló en un country para investigar un homicidio). Sí, me acuerdo, ¿y ahora con quién te peleaste?, quiere saber Carmen. Todavía con nadie, responde ella. Contame, insiste su amiga. Síndrome de abstinencia de ciudad: me estresan los árboles, me estresa el verde, me rompen poderosamente las pelotas el canto de los pájaros a las seis de la mañana, el chirrido de los grillos, las ranas que croan toda la noche; ¿sabés lo que necesito, Carmen? Un hombre amiga. No, cemento, mucho cemento y un café en la esquina de mi casa, responde Nurit. Y sigue: Imaginate lo que es salir a caminar por la calle y sentir que en este lugar no te podés llegar a cruzar con nadie que te conmueva, que todo lo que te rodea es naturaleza, deporte, vida supuestamente sana, y casas vacías. Porque aunque haya gente, no la ves si no es haciendo alguna actividad deportiva. Aunque sea trotando. Imaginate lo que es sentir que no puede suceder nada que te sorprenda, que no te puede pasar nada fuera de lo previsto, dice Nurit (Piñeiro, 2010:119).

 

 

Finalmente, Nurit (el personaje central de la novela) planea la necesidad del complejo equilibro entre naturaleza y ciudad, intimidad y alteridad, orden y desorden, certeza y contingencia, tan imprescindibles para desarrollar una vida enriquecida por el entorno socionatural. Ya sea por defecto o por exceso, tanto las ciudades como los barrios cerrados están olvidando el justo medio aristotélico.

 

 

 

 

 

7.4. De la plaza al shopping mall

 

 

 

La plaza era el espacio público por excelencia, lugar abierto, pluralista, democrático, de permanencia, de relación, que propiciaba el encuentro y la mezcla entre sus más variados visitantes (en cuanto a edades, sexo, origen étnico, sector social). Dice Pérgolis (1998):

 

De modo histórico, la plaza fue la parte-detalle que explicaba el todo-ciudad. Constituía su punto de origen, daba la identidad de cada asentamiento y la orientación en él; también focalizaba el “centro”, la zona de mayor jerarquía urbana, sede de los poderes gubernamental, religioso, económico y social (Pérgolis, 1998:19).

 

 

La plaza era la puerta de entrada a la ciudad, el lugar más accesible que brindaba acogimiento a todos sus residentes y visitantes. Era la carta de presentación que mostraba el núcleo potencial de toda la urbe. Un espacio donde el tiempo (pasado, presente y futuro) podía ser percibido o insinuado a través de sus edificios históricos, sus variados comercios y sus ansias de progreso.  

Hoy en día, muchos analistas de la ciudad dan cuenta de su pérdida de vitalidad y de su enorme retroceso frente a uno de sus principales competidores: el  gran centro comercial o shopping mall. Amendola (2000a) nos recuerda:

 

El shopping mall nace como una invención del mundo suburbano en cuanto sustituto de la ciudad para quienes vivían al margen de la propia urbe. En los suburbios dormitorios donde no había nada de vida social, el mall constituía también la plaza, el espacio público indispensable para crear una comunidad. Las primeras […] denominaciones (Plaza es el más frecuente de los nombres usados por los shopping malls de los años sesenta y setenta) indican la Plaza y el Mercado como constantes arquetipos y modelos de referencia (Amendola, 2000a:253).

 

 

No concordamos plenamente, en esta oportunidad, con la lectura de Amendola sobre el origen suburbano de los primeros shopping malls en Estados Unidos y en Canadá. Pensamos, que también pudo haber sido una extraordinaria oportunidad de crear un nuevo modelo de urbanidad basado en la dispersión, el encapsulamiento y la privatización de los espacios residenciales y públicos. La falta de vida social en la periferia pudo haber colaborado en organizar un nuevo modo de relación social que logró ser exitosamente exportado hacia la ciudad consolidada. En consecuencia, la heterogeneidad y la mezcla socioeconómica fueron paulatinamente sustituidas por una sociabilidad entre iguales. Las tensiones, los conflictos, las diferencias, fueron deliberadamente excluidos de la nueva concepción de ciudad (o mejor dicho de la no ciudad[11]).

El shopping es el resultado de una nueva manera de organizar el espacio urbano, y aún más, de una nueva manera de vivir y de pensar, anclada en una concepción hedonista, materialista e individualista del mundo.

 “A diferencia de la plaza, el shopping center no busca explicar el ‘centro’ como parte de la ciudad, puesto que él pretende ser un centro, un lugar en sí mismo, desconectado y ajeno a cualquier ciudad, a la ciudad que no necesita” (Pérgolis, 1998:19). “La ciudad real, fuera del centro comercial, es indispensable solo para que sirva como contraste” (Amendola, 2000a:271).

El nuevo centro comercial es “un ámbito extraterritorial que no es parte de la ciudad, ni del país, ni permite referencias cercanas” (Pérgolis, 1998:19). Pertenece a la cultura global, posmoderna, que reproduce y simboliza el lenguaje de los medios masivos de comunicación. El shopping mall se cierra al exterior, es como una cápsula o container caído del cielo en cualquier parte de la ciudad. Puede estar en una manzana de la trama urbana o en un descampado periférico en cercanías de alguna concurrida autopista, pero es diferente y ajeno al resto de la ciudad. La fachada del shopping suburbano (Figura 12), habitualmente, lisa e inexpresiva (predominio del hormigón a la vista) propone un mundo introvertido, privado, desentendido del entorno. Su arquitectura es egoísta, poco solidaria con la conformación del espacio público, con la construcción de lo urbano (Sarlo, 1994). A diferencia de sus antecesores: los pasajes y las galerías del siglo XIX, Sarlo (2009) aclara:

 

[…] (Éstos) ofrecían a la ciudad espacios techados cuyo diseño no respondía a una lógica opuesta a la que sucedía en las calles, sino que, por el contrario, las necesitaba y las presuponía como espacios contiguos. El pasaje imitaba la calle, perfeccionándola en lugar de repudiarla: incluso lo que sucedía en la calle se magnificaba en el pasaje, se volvía más perceptible y más atractivo o tenebroso. Los remates de los negocios imitaban las fachadas al aire libre, como miniaturas interiorizadas, y allí vivieron prostitutas y otros irregulares de la ciudad del siglo XIX (Sarlo, 2009:19).

 

Figura 12: San Justo Shopping (San Justo) (Fotografía: Romano, 2009)

 

 

Su situación de aislamiento blindado lo asemeja a los complejos hoteleros “todo incluido” del turismo de masas. Los visitantes-consumidores tienen todo al alcance de la mano: refrescos, comidas, diversión, tiendas de ropa. La idea es no salir de ellos, pues, la ciudad pública no puede garantizar el confort y la seguridad de estos espacios de ensueño. Por lo tanto, para no ser sorprendido por algún hecho imprevisto, tanto a la ida o como a la vuelta de estos paraísos de consumo placentero, se debe mantener o continuar una ley básica relacionada con el concepto de encapsulamiento: circular por medio de transportes privados y/o particulares.  

 “[El nuevo centro comercial] es un artefacto perfectamente adecuado a la hipótesis del nomadismo contemporáneo: cualquiera que haya usado alguna vez un shopping puede usar otro, en una ciudad diferente y extraña de la que ni siquiera conozca la lengua o las costumbres” (Sarlo, 1994:19). La reproducción en serie de la estructura fundamental de estos grandes emprendimientos comerciales, otorgan seguridad y certeza a sus visitantes-consumidores. Todos saben de antemano lo que van a encontrar: variedad de productos y experiencias. Esto es clave. Si no hay simulacro y fantasía asociados al consumo no hay shopping. Lo que contextualiza a cada compra es tan o más importante que la compra misma. El brillo y a la seducción deben irrumpir una vez que uno ingresa y deja atrás las incertidumbres de la ciudad. La luminosidad y espectacularidad del diseño interior inspirado sobre el concepto de las escenografías (cada vez más virtuales por la generalización del uso de pantallas de LCD) de los estudios televisivos, invita a recorrer un ambiente que resulta sumamente fascinante, lúdico y familiar. Un escenario hiperreal que ya es parte de la vida cotidiana. “Se compra como si se estuviese jugando, también gracias a la virtualidad absoluta de la tarjeta de crédito, cada vez más coloreada y cómplice, que hace perder el sentido del dinero, alejando temporalmente sus vínculos” (Amendola, 2000a:269). El consumo con tarjeta de crédito (sumando millas para vuelos o puntos para canjear en una multiplicidad de ofertas de productos y servicios) estimula la fantasía y la experiencia placentera del comprar.  

Es en el shopping donde se concreta la fantasía de vivir en un territorio mundial. El sueño de ser parte de la compresión espacio-tiempo que configura la emergencia de la ciudad global. “El shopping mall es la calle (Figura 13) de la nueva aldea global: aquí es posible comprar en Londres, París, Boston, São Paulo, Ciudad de México, los mismos objetos de las mismas marcas, escuchar la misma música, asistir a la misma película” (Amendola, 2000a:258). El nuevo centro comercial pretende recrear una “ciudad global” (o tal vez una “ciudadela global”) dentro de la ciudad: una urbe deslocalizada, controlada, festiva, mágica, purificada, sin conflictos, que reemplace a la ciudad pública moderna. En él todo está acondicionado y optimizado (ascensores, escaleras mecánicas, toilettes, luz, temperatura, sonido, plantas y árboles artificiales, seguridad) para aumentar la comodidad y la fascinación de sus asistentes-consumidores. Amendola (2000a) asevera:

 

La variedad humana, lo imprevisto y la atmósfera de las calles han sido filtrados, limpiados, atenuados y repropuestos (perfectos y cautivantes) en la nueva ciudad analógica con aire acondicionado del shopping mall [...] Hay una suspensión del tiempo y del espacio, un distanciamiento del clima e incluso de la realidad (Amendola, 2000a:255 y 261).

 

 

Los centros comerciales permanecen abiertos casi toda la jornada durante todos los días del año: el día, la noche y los feriados no interfieren en el festival ininterrumpido del consumo. Los shopping malls aspiran ser un oasis para el consumo y la diversión, un espacio permanente de ficción, separado del tiempo y del espacio cotidiano.

 

 

 

Figura 13: Calle principal de un shopping center (Turdera) (Fotografía: Romano, 2007).

 

 

El shopping mall, de acuerdo con Sarlo (1994):

 

 […] representa las nuevas costumbres y no tiene que rendir tributo a las tradiciones [...] En el shopping de intención preservacionista la historia es paradojalmente tratada como un souvenir y no como soporte material de una identidad y temporalidad que siempre le plantean al presente su conflicto [...] la historia despilfarra sentidos que al shopping no le interesa conservar, porque en su espacio, además, los sentidos valen menos que los significantes (Sarlo, 1994:18 y 19).

 

 

La historia solo es valorada como marketing del patrimonio cultural. La puesta en valor de edificios históricos devenidos en centros comerciales (como las Galerías Pacífico y el Abasto) es una estrategia comercial más, en busca de visitantes (nacionales y turistas)-consumidores. La historia implica sentidos que derivan en acontecimientos políticos que llevan a repensar el presente y replantear el futuro. Al poder económico no le interesa discutir el poder político, y menos en estos ámbitos donde la ciudadanía es totalmente opacada por la anestesia que inflige el consumo. Sarlo (1994) agrega:

 

[…] donde las instituciones y la esfera pública ya no pueden construir hitos que se piensen eternos, se erige un monumento que está basado precisamente en la velocidad del flujo mercantil [...] Las marcas y etiquetas que forman parte del paisaje del shopping reemplazan al elenco de viejos símbolos públicos o religiosos que han entrado en su ocaso (Sarlo, 1994:22 y 23).

 

 

El diseño interior coincide con la lógica de la velocidad de los espacios del flujo mercantil: todo está dispuesto para organizar el libre movimiento de los clientes. Los únicos lugares pensados para la permanencia (bancos o patios de comidas), deben ser contextualizados en función del descanso necesario para recuperar energías entre compra y compra  (Sebreli, 2003).

El mega-shopping o shopping-mundo (Figura 13) es la última generación de centros comerciales y de ocio. En él están concentrados los espacios de una micro-ciudad: tiendas, cines, museo, hotel, casino, “plaza de comidas” y parque de diversión. La aparición de esta mega estructura actúa a la manera de una aspiradora urbana, llevándose dentro de sí la vitalidad de la vida citadina. La interiorización de la vida urbana ocasiona, en concordancia, con Remedi (2001):

 

[…] todo tipo de vaciamientos, distorsiones y rupturas en la delicada trama de actividades, relaciones y servicios, “ecosistemas” y “micro-climas” de los que se nutre la calidad de la vida cotidiana, y que, de la misma manera que ocurre con los ecosistemas y microclimas naturales, también se empiezan a deteriorar y van tendiendo a desaparecer (Remedi, 2001:15).

 

 

 

 

 Figura 13: Piscina de un mega-shopping en Canadá (Skinner, 2005 

Más arriba insinuamos que el shopping mall formaba parte de un paradigma de ciudad relacionado con un estilo de vida adaptado al capitalismo neoliberal. Por lo tanto, “la ciudad va perdiendo su valor de uso en beneficio de su valor de cambio, deja de ser una obra a disfrutar para convertirse en una pista a recorrer, cuando no en un obstáculo a superar” (Rinesi, 1994:35). En este sentido, los espacios públicos tradicionales (el caso más emblemático es la plaza) comienzan a transitar una etapa de franca devaluación. Las plazas “dejan de ser un espacio de reunión para convertirse en la oportunidad de ‘acortar camino’ en nuestro impetuoso transitar por las calles, de casa al trabajo, o de un trabajo a otro” (Rinesi, 1994:36). Siguiendo con la línea de pensamiento de Rinesi (1994), la ciudad, o mejor dicho, los espacios públicos de la ciudad, que son (o eran) el alma máter, la razón de ser de los territorio urbanos, están siendo reemplazados por otros artefactos que intentan recrearlos, pero tratando de eliminar el diálogo, el debate, los conflictos, las asperezas. Culmina Rinesi (1994):

 

Una circunstancia anecdótica, pero expresiva, constituye la perfecta metáfora de lo que quiero decir, el mejor ejemplo de la dirección que toma esta tendencia, y nos reenvía a la cuestión de las plazas que terminábamos de plantear. Me refiero a la apropiación del nombre mismo, de la palabra “plaza”, tradicionalmente asociada a la definición de los espacios abiertos y públicos destinados a las actividades de usufructo de la ciudad, de puro derroche de tiempo libre, por parte de una galería comercial así denominada –La Plaza- en pleno centro de Buenos Aires. La Plaza: de consumo de lugar a lugar de consumo. De lugar donde estar a lugar por donde transitar: Se trata –repitamos- de una galería (movimiento, decíamos). De una galería comercial: Movimiento, entonces, y privatización. La Plaza: de nombre de un espacio público a razón social de una empresa privada […] La Plaza: De sede de los encuentros activos entre las personas a motivo de la pasiva fascinación con los productos exhibidos del otro lado de la vidriera (Rinesi, 1994:38 y 39).      

 

 

La ciudadanía, entonces, atraviesa rápidamente los espacios públicos de la ciudad (las calles, las plazas, los parques) para ir en busca del refugio y la prosperidad de las  “calles techadas” (galerías, shoppings, hipermercados, paseos de compras). La ciudad posmoderna erige territorios acordes a los intereses del mercado. La organización del espacio urbano ya no intenta contribuir a la expansión de los principios democráticos. El usufructo de la calle en beneficio del encuentro con la alteridad, con la diversidad, con las voces variopintas de la ciudad, es suplantado por enclaves privatizados que empobrecen con el discurso único de las mercancías las distintas opciones democráticas de la ciudad.

8. La ciudad cerrada

 

 

 

8.1. Antecedentes de las suburbanizaciones cerradas

 

 

 

La revolución industrial fue un acontecimiento que transformó profundamente la vida de las ciudades. El crecimiento urbano desordenado protagonizado por los trabajadores que migraban desde zonas rurales, habitando precarias viviendas en los alrededores de las factorías, han puesto al descubierto las calamitosas condiciones de vida de la sociedad industrial: epidemias, miseria, explotación, segregación urbana, contaminación ambiental, conflictos sociales.

El fehaciente deterioro de la ciudad industrial no tardó en ocasionar relevantes críticas y un gran sentimiento antiurbano. Rio Caldeira (2007) ha estudiado cómo dos visiones críticas de la urbe factoría: el modelo de ciudad-jardín junto a la arquitectura y al urbanismo modernista han sido (no deliberadamente) antecedentes relevantes (en algunos aspectos) de las nuevas urbanizaciones privadas: paradigmas de la destrucción de los espacios democráticos.

En un intento de superar los males de la ciudad industrial, Ebenezer Howard  prepone en el siglo XIX el modelo de la ciudad-jardín. En ellas se pretende compatibilizar los elementos de una vida urbana de mediana complejidad (a través de la cobertura de funciones básicas: residencia, trabajo y esparcimiento) con los de la vida rural (áreas verdes comunitarias que separan las distintas zonas funciones de baja densidad). A su vez, están planificadas desde una perspectiva totalizadora, que incluye la regulación pública y cooperativa del territorio, evitando la especulación y el uso del suelo no previsto por las autoridades gubernamentales (Rio Caldeira, 2007).

El patrón de ciudad ideado por Howard fue fuente de inspiración (aunque con profundas modificaciones) de las nuevas suburbanizaciones privadas. Del proyecto original todavía permanece en pie el rol preponderante de los espacios verdes, la baja densidad de la población y de la edificación y el imaginario de armonía entre el binomio ciudad-campo. Empero, la matriz fundadora de la ciudad-jardín pierde esencia ante la concepción privada del espacio. Los muros actúan como una doble barrera: en primer término, separaron el territorio con un uso exclusivo y excluyente. Y en segundo lugar, disminuyó el peso de la autoridad estatal en la regulación y ordenación del espacio como una totalidad integrada. 

De mismo modo, la arquitectura y la planificación modernista proponen una modificación del diseño de las edificaciones y de las ciudades industriales. Desde una perspectiva racional-socialista los seguidores del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna fundado en 1928) han impulsado la utopía de una ciudad futurista igualitaria que elimine las dicotomías entre lo público y lo privado, a favor de un único dominio público tutelado por las instituciones del Estado. En este contexto, es imperioso dejar de lado el principio constituyente de la ciudad occidental: la tradicional calle corredor circundada por una edificación continua y un sistema de espacios públicos (calles, veredas y plazas) que la contiene. Para los urbanistas modernos la calle corredor es una fuente generadora de enfermedades y un obstáculo para el desarrollo del nuevo sistema de transporte automotor. De ahí, que el patrón urbano tradicional debe ser reemplazado por un sistema de edificaciones monumentales aisladas rodeadas por vías rápidas de comunicación que unan las distintas zonas funcionales (residencia, trabajo, administración y recreación) (Holston, 2008).

La influencia del urbanismo modernista fue palpable en muchas ciudades occidentales, pero su máxima expresión estuvo representada en la creación ex nihilo de Brasilia y en las típicas urbes planificadas de la Unión Soviética. En sistemas capitalistas como el de Brasil y otros Estados de occidente, la destrucción de la calle como lugar público propiciador de la interacción de las diferentes clases sociales, privilegiando su uso funcional para el tráfico de vehículos, sumado al encapsulamiento de los centros comerciales y a los grandes espacios verdes que aíslan y no integran los distintos usos del suelo urbano, han dado como resultado paradójico[12] una desigualdad socioespacial mucho más explicita. Podríamos decir, entonces, que tanto en las intervenciones urbanas modernistas como en las suburbanizaciones privadas, existe un debilitamiento de la calle como espacio público que incentiva el encuentro espontáneo entre diferentes (Rio Caldeira, 2007). Sin embargo, en las suburbanizaciones cerradas la idea fundamental consiste en crear un solo dominio o ambiente privado que, en la medida de lo posible, reemplace a la mayoría las funciones del ámbito público o estatal.

Asimismo, la arquitectura modernista propuso, en concordancia con la ideología del CIAM de eliminar los espacios privados, el uso de la fachada de vidrio en sus edificaciones. Por otra parte, el predominio de las figuras geométricas euclidianas minimalistas, sugieren una estética funcional-racionalista (despojada de ornamentos) del hábitat construido. En la actualidad, el estilo de edificación modernista está de moda entre los sectores medio altos y altos de las ciudades latinoamericanas. Es un símbolo de status que se puede observar tanto en las construcciones de las urbanizaciones cerradas como en los barrios opulentos de la ciudad abierta[13] (Figura 14).  

 

 

 

Figura 14: Casa estilo racionalista (Banfield) (Fotografía: Romano, 2008)

 

 

Los grandes ventanales sin persianas ni rejas que caracterizan a las viviendas de los barrios privados buscan, al igual que la arquitectura modernista, que la transparencia del uso del vidrio borre los límites entre lo público y lo privado. Pero a diferencia de la idea original, en los barrios cerrados, solo los miembros de la comunidad amurallada participan del auge de lo público, que a su vez es privado. Es la lógica de los hogares-vidrieras. “Las casas se hacen para exhibir y también, por qué no, para exhibirse. Que no haya dudas de los resultados del gimnasio, de las cirugías estéticas, que todos sepan que uno es feliz [...] Porque, en definitiva, el público, es un público privado” (Castelo, 2007:45).

De ahí la forma abierta e integrativa del diseño arquitectónico (no hay construcciones que separan una casa de la otra, se delimitan con arbustos o plantas que no desentonan con el entorno); los grandes ventanales de paño fijo que intentan establecer un clima de intimidad a puertas abiertas; la fastuosidad de las viviendas (la casa como escaparate) y la falta de garaje cerrado (Figura 15) (el automóvil constituye junto con las estatuas, las plantas y las fuentes, otro elemento ornamental y de status).

 

 

 Figura 15: Casa estilo country (Ezeiza) (Fotografía: Romano, 2008)

 

 

A partir de lo que Sennett (1976) llamó el “mito de purificación comunitaria”, lo público y el público en las urbanizaciones cerradas pertenece al mismo tiempo al ámbito privado. La huida de la ciudad abierta es funcional a la puesta en práctica de aquel mito: un espacio homogéneo social y estético, basado en rituales de pureza comunitaria a partir del intimismo y la emergencia de un urbanismo de afinidad (Donzelot, 1999).

En estos condominios residenciales es frecuente la confusión entre los espacios públicos y privados: por ejemplo, los jardines de las casas con vista hacia las canchas de golf no poseen un límite perceptible. Por otra parte, es habitual observar a los niños y adolescentes jugar y deambular entre los terrenos de las viviendas del barrio. De igual forma, como expresa Rojas (2007), los niños que concurren a los colegios en los mismos barrios privados, prologan los comportamientos domésticos y/o del club al ámbito escolar.

En las comunidades “purificadas” (toda la gente es como uno) se tiende a eliminar, o mejor dicho a ocultar, todo tipo de conflicto o diferencia entre los residentes de los barrios. Es evidente, que no consideran a la pluralidad de opinión y a la disidencia como una forma de llegar al consenso, tan necesario para la convivencia en una urbe pública y democrática.

Arizaga (1999) reconoce que la “comunidad aséptica” se difunde fuera del barrio privado a partir de distintos dispositivos de aislamiento que restringen ampliamente las interacciones personales fortuitas y democráticas. Entre ellos destacamos: la circulación en medios de transportes frecuentados, en la mayoría de los casos, por la clase media (automóviles particulares, remises, combis y charters); el uso de autopistas (que atraviesan la ciudad en una especie de túnel a cielo abierto, sin tener la necesidad de frenar la marcha en ninguna esquina del espacio público) y la concurrencia a territorios encapsulados (clubes exclusivos o grandes centros comerciales: hipermercados y shoppings).

La relación entre los de “adentro” y los de “afuera”, se reduce entonces, a contactos específicos de necesidades mutuas. Como en general la comunicación que se establece permanece dentro de un contexto laboral, ya pasa a ser vertical y jerarquizada, dejando de ser como en otros ámbitos, más horizontal e igualitaria.

 

 

 

 

 

 

 

8.2. “Estilo de vida country

 

 

 

Los cambios sociales y económicos efectuados en la Argentina durante la década del noventa, han repercutido fuertemente, sobre la estructura socioeconómica de amplios sectores de la población que habitan en el Aglomerado Gran Buenos Aires. La economía aperturista y globalizada acentuó el proceso de mejoramiento de la clase alta y de los sectores superiores de la clase media, e intensificó el empobrecimiento de las clases bajas y los sectores inferiores de la clase media. La novedosa fractura de la clase media muestra el derrumbe de las franjas sociales menos calificadas y especializadas.

Los sectores minoritarios pertenecientes a la clase alta y a los estratos superiores de la clase media, beneficiados por aquellas transformaciones, conforman la base de la demanda del submercado inmobiliario dirigido a las distintas tipologías de urbanizaciones privadas.

Con “estilo de vida country” intentaremos describir y explicar una forma particular de vida, vinculada con las pautas culturales practicadas por los subgrupos sociales que habitan en las diferentes urbanizaciones privadas.

Este modo distintivo de comportamiento, no solo se observa en la elección del consumo de ciertos bienes y servicios (recomendados, por ejemplo, en la Feria de Decoración y Paisajismo: “Estilo Pilar”) (Arizaga, 1999), sino también en la manera especial de relacionarse dentro del grupo social y familiar. A partir de ello, se podrá descubrir el significado cultural que este sector de la población, le otorga a una actitud, a un objeto o a un valor. Por ejemplo, en cuanto a la organización doméstica, Lacarrieu (2002) comenta:

 

La idea de familia que prima, es la de la “familia Ingalls”, tan perfecta como un cuento de hadas y como un relato infantil tipo “Heidi” […] La importancia del parentesco familiar suele visualizarse ampliamente, tanto porque suelen mudarse varios miembros al mismo barrio, en un sentido similar a cuando el inmigrante italiano iba construyendo su casa y la de sus hijos el fondo –en este sentido, hay un retorno de la familia ampliada en el mismo barrio y/u hogar-; también porque la “familia normal”, la tipo, la legitimada como “familia monogámica occidental”, conformada prioritariamente por dos padres y dos hijos, suele ser revalorizada. En este sentido, la vuelta a la familia es un regreso a otro “valor tradicional”, en el que no se admiten conflictos internos sino equilibrio y funcionalidad. Es de destacar que con el objeto de reforzar el equilibrio, se retorna también al rol que tradicionalmente cumplía cada miembro de la familia: así los hombres salen a trabajar y hasta llegan a tener un pied a terre en el centro, donde pueden pasar la semana y regresar el fin de semana, mientras las mujeres suelen no trabajar, desarrollando un conocimiento local experto como fruto de llevar los hijos a la escuela y a casa de amigos, que también son de estos barrios, y de relacionarse en el vecindario con amigas con las que se reúnen. Resulta interesante observar reuniones familiares o sociales, donde los hombres se juntan y se separan de las mujeres que cuchichean verbosamente. La familia así es una célula funcional y no conflictiva (Lacarrieu, 2002:203).

 

 

En estas comunidades cerradas se intenta crear una sociedad normalizada, sin imperfecciones y conflictos, que abarque desde las familias hasta los barrios. Tanto las familias como los barrios disfuncionales no encuentran cabida en los paradigmas ortodoxos (etimológicamente, del griego orthós –correcto- y dóxa –opinión-, esto es, la opinión recta y verdadera), en que se basan las urbanizaciones privadas. El orden, la moral, las leyes, la virtud, permanecen preservadas en el “último refugio” (puertas adentro).

Siguiendo con las singularidades del “estilo de vida country”, observamos el “culto a la naturaleza” (se trata de reproducir un ambiente bucólico); la práctica de deportes terrestres (polo, equitación, golf, tenis, fútbol y natación en piscina), acuáticos[14] (wakeboard, windsurf, jet sky, etc.) y aéreos (parapente, globo aerostático, paracaidismo, aviación deportiva); la celebración de la oktoberfest, Halloween, San Patricio, San Valentín; la institución del happy hour los días viernes y el nombre de la urbanización; no hacen más que reforzar el sentimiento de pertenencia y de clase de aquellas comunidades.

También, el diseño interior de los barrios cerrados guarda íntima relación con el “estilo de vida” de los residentes. Piñeiro (2005) en Las viudas de los jueves hace referencia a la traza del country La Cascada:

 

Las calles tienen nombre de pájaros. Golondrina, Batibú, Mirlo. No guardan un trazado lineal típico. Abundan los cul-de-sac, calles sin salida que terminan en una pequeña rotonda parquizada. Una especie de callejón más cotizado que el resto por ser menos transitado. Todos quisiéramos vivir en un cul-de-sac. En un barrio no cerrado, un callejón así desvelaría el sueño de quien lo tuviera que transitar, sobre todo de noche; temería ser asaltado, emboscado. En La Cascada no, no sería posible, uno puede caminar a la hora que sea, por donde sea, absolutamente tranquilo porque nada puede pasarle. No hay veredas. La gente va en auto, moto cuatriciclo, bicicleta, carro de golf, scooter o rollers. Y si camina, camina por la calzada. En general, cualquier persona caminando que no lleve equipo de entrenamiento es empleada doméstica o jardinero (Piñeiro, 2005:27).

 

 

La percepción y el uso del espacio cotidiano en estos territorios privados marcan una diferencia tajante con la ciudad abierta. Por ejemplo, no hay temores en caminar de noche por cualquier tipo de calles. Lo que sucede, es que el los countries (al igual que los shoppings) la noche transita por los mismos tiempos serenos que el día. Pues, las calles de los barrios cerrados (y la de los shoppings) forman parte del esquema de una geografía interior, desvinculada de los peligros del espacio exterior. Por otro lado, las características de los desplazamientos permiten otra manera de discriminar a los vecinos de los empleados.

Se logra percibir como característica distintiva de sus residentes, la práctica de una cultura hedonista, que se evidencia en la fuerte relación que existe entre la fruición y el consumo, tanto de bienes y servicios como del propio espacio. Cuando alguien decide residir en algún tipo de suburbanización cerrada, no solo compra un lote o una vivienda sino también todo lo que un country implica. El registro simbólico: estilo de vida, nuevos valores, status, etc., pasa a ser tanto o más importante que la mera operación inmobiliaria.  

 

 

 

8.3. Los “barrios-piquete”

 

 

 

La dualización de las ciudades posmodernas alcanza su máxima expresión con la consolidación de las urbanizaciones cerradas y las villas de emergencia. Los dos extremos de la escala socioespacial, aunque a simple vista sean tan disímiles, poseen varios aspectos importantes en común.  En primer término, tanto  las villas miseria de las décadas de 1940, 1950 y 1960, como los nuevos procesos suburbanos de las décadas de 1980 y 1990, se materializaron en un clima de verdadero laissez-faire territorial, sin mayores restricciones y planes en lo que respecta al control del desarrollo metropolitano. El impulso de la carencia y el dinamismo del mercado impulsaron y desarrollaron, respectivamente, estos dos fenómenos.

En segundo lugar, el cercado de las calles es otra coincidencia significativa. La utilización de los espacios de circulación (calles y/o pasillos) de manera privada, excluye del usufructo de los mismos al resto de los habitantes de la ciudad abierta, y también implica, en la mayoría de las veces, el tener que emprender una serie de desvíos para tratar de esquivar dichos asentamientos, que actúan a la manera de tapón o “piquete” que impiden el acceso directo a paradas de colectivos y a vías de circulación principales y secundarias. “Countries y villas obstruyen circulaciones actuales o posibles, pero mientras unos se escudan en que son propietarios los otros no tienen excusas; son apropiadores en sentido lato. En un polo hay autoexclusión calificada; en el otro, desangelada” (Díaz, 2010:31).

En tercer término, las suburbanizaciones privadas y las villas miseria han perdido una de las cualidades fundamentales de la ciudad: la posibilidad de encuentro espontáneo. Por distintos motivos (entrada vigilada, inseguridad, difícil acceso, etc.), es muy poco probable que en aquellos espacios encerrados se pueda circular libremente. Díaz (2010) asevera:

 

En la Modernidad madura las comunidades occidentales se regían por la vigilancia con el objetivo de castigar a los infractores, es decir, a quienes no se avenían a la normalidad. Se trataba de sociedades disciplinarias. Para mediados del siglo XX se intensificó el panoptismo de modo que la cantidad devino calidad. Surgieron entonces las sociedades de control, cuyo objetivo no se limita al posible castigo del otro, se hace extensivo a la seguridad propia. Dominar la potencial peligrosidad era uno de los objetivos del encierro como práctica instituida por los aparatos de poder. En los siglos XVII y XVIII se encerraba a los anormales para sacarlos de la vía pública y tenerlos vigilados. En nuestro tiempo existe autoencierro de personas y de familias con alto poder adquisitivo y de otras que carecen de ese poder: unas lo hacen para controlar su entorno y optimizar el placer de la existencia, las otras simplemente para sobrevivir (Díaz, 2010:14 y 15).  

 

 

El autoencierro deliberado o por necesidad destruye los vasos comunicantes de la ciudad pública y democrática. Entonces, los polos de la alteridad (los pobres que residen en las villas de emergencia y los ricos que viven en los barrios privados) que casi no tienen contacto en el espacio real pero si en el territorio virtual (donde la realidad es deliberadamente fragmentada y exagerada) sufren prejuicios mutuos. En consecuencia, no hay habitantes de barrios precarios u opulentos, solo “villeros” y “chetos”, los residentes se despersonalizan, se deshumanizan, se cosifican, allanando el camino para la discriminación y el odio recíproco.

En cuarto lugar, los pasillos enmarañados de las villas son análogos a las calles laberínticas de las suburbanizaciones privadas. En ambos casos, el que no conoce el “mapa secreto” de orientación es poco factible que una vez que haya ingresado pueda salir por sus propios medios (Carman, 2011:209).

En quinto término, los delegados de las villas de emergencia (autoridades internas) cumplen similar tarea que los intendentes y la junta directiva de los countries.

En sexto lugar, los representantes vecinales de los asentamientos precarios también ejercen la función de vigiladores al igual que los guardias de seguridad de las suburbanizaciones cerradas, permitiendo o vedando la entrada al predio.

En séptimo término, las dos urbanizaciones procuran autoabastecerse de la mayor cantidad de servicios para tratar de salir lo menos posible a la ciudad abierta. Entre ellos, podríamos mencionar a los establecimientos educativos, religiosos y de salud, a los locales expendedores de alimentos, a los centros deportivos y culturales, a los “proveedores de drogas” (Díaz, 2010:31), etc.

Por último, los guetos ricos y pobres esparcidos espacialmente en los distintos distritos urbanos permanecen desintegrados del entorno global. Están “‘entre paréntesis’, como suspendidos en un repliegue poblacional” (Díaz, 2010:37). Ocupan un territorio que no pertenece plenamente a la ciudad abierta, hasta sus nombres están desvinculados de la toponimia barrial: Villa 1-11-14, Villa 31, Ciudad Oculta, Village Country Club, Tortugas Country Club, Boca Raton Country Club, etc. Son trozos del territorio que se separan del resto de la ciudad, aunque por diferentes motivaciones, para poder sobrevivir fuera de ella. La ciudad pública ya no es capaz de satisfacer las demandas de los polos opuestos de la sociedad. La expulsión para unos y la autoexclusión para otros, demuestra el fracaso de la condición urbana posmoderna.   

Las urbanizaciones privadas y las villas de emergencia son emergentes socioespaciales de las prácticas políticas de los sucesivos gobiernos, que en los últimos años (década de 1990) estuvieron vinculadas con la “ética neoliberal” del “sálvese quien pueda” y, en la actualidad, con la debilidad ante los poderes fácticos.

En definitiva, consideramos que es necesario desarrollar un proceso de reurbanización tanto de las villas de emergencia como de los barrios cerrados. De acuerdo con Alomar (1981), el concepto de ciudad engloba tres sentidos clásicos, el de urbs (sentido material opuesto al campo), el de civitas (comunidad humana, complejo orgánico de grupos sociales e instituciones), y el de polis (sentido político).  Entonces, descubrimos que aquellas urbanizaciones no cumplen con dos requisitos: el de civitas (debilitamiento de los encuentros abiertos y espontáneos) y el de polis (“privatización” de los poderes públicos). En sentido estricto, no deberían llamarse urbanizaciones, ya que niegan dos principios básicos de la urbanidad. Los “barrios-piquete”, forman parte de la “no-ciudad”, son espacios que se desarrollan ensimismados, que no fomentan la relación entre los diferentes grupos humanos y, tampoco (en la mayoría de los casos), la resolución democrática de las tensiones y conflictos. El verbo urbanizar fue tradicionalmente vinculado a la urgencia de dotar de infraestructura urbana a los asentamientos precarios, pero casi nunca fue relacionado con los barrios cerrados. Pareciera ser que la autogestión de la infraestructura de servicios en los barrios privados otorgara plenos derechos para separarse del resto del aglomerado urbano. El desgarramiento de la ciudad por efecto de los guetos de pobreza y de riqueza debería ser contemplado con el mismo criterio: la falta de urbanidad, la negación de la ciudad abierta y democrática. Empero, siempre teniendo en cuenta, que los enclaves de pobrezas son involuntarios mientras que los de riqueza responden al libre albedrío. Por lo tanto, la actitud del gobierno frente a la apertura de ambos debería ser totalmente distinta. En el primer caso (las villas de emergencia), el Estado es responsable de la expansión de los derechos sociales de sus habitantes, y en el segundo (los barrios cerrados) el gobierno tendría que garantizar la libre circulación y disposición del espacio público a todos los habitantes de la ciudad.

 

 

 

8.4. ¿Una vuelta a la Edad Media?

 

 

 

Por su situación de aislamiento y por sus ostentosas viviendas, Silva (1992) asemeja a los barrios cerrados con los antiguos castillos de las ciudades medievales. Donde la fosa perimetral estaría representada por el espejo de agua circundante, las torres de vigilancia por las garitas de seguridad privada y el puente elevadizo por la única entrada disponible. El country San Eliseo (Figura 16) ubicado en el partido bonaerense de San Vicente personifica sin eufemismos la construcción de una fortaleza medieval al estilo de la descripción de Silva.

 

 

 

Figura 16: Entrada del country San Eliseo (San Vicente)

(Fotografía: www.saneliseo.com, 2012).

 

 

Empero, a pesar de cierta analogía en cuanto a la arquitectónica, al diseño del paisaje, a la situación de aislamiento y la frecuente confusión de los espacios públicos y privados entre los barrios privados y las ciudades medievales; existen algunas circunstancias del entorno medieval que no son totalmente compatibles con el contexto urbano posmoderno.  

Un aspecto paradigmático de las ciudades medievales es la escasez de espacios abiertos. Brailovsky (2006) nos acerca algunas causas:

 

Hay una razón histórica y militar para esto. La Edad Media es época de guerras y depredaciones. Por detrás del horizonte, la amenaza de los turcos o de los cruzados, según de qué lado estemos. Pero aquí nomás, el señor feudal de al lado, o el sultán de detrás de la otra colina, saqueará a los infieles solo si los tiene a mano. En caso contrario, atacará a sus vecinos, los que tendrán que rodearse de torres y murallas (Brailovsky, 2006:24).

 

 

Los mecanismos de defensa de la ciudad medieval están justificados por las continuas amenazas de invasiones externas e internas. Pero, si indagamos sobre las razones de las murallas de la ciudad contemporánea, no existe un peligro real de invasiones, y mucho menos externas. En realidad, la motivación que en este caso predomina es la intención de vivir separado y aislado de los otros sectores sociales de menores recursos. El tema principal es no tener la necesidad de compartir, ni siquiera, los espacios comunes de la ciudad. En el fondo, prevalece la ideología que considera que solo se puede usufructuar los espacios que uno sostiene con sus aportes. No hay una visión solidaria del territorio y de los servicios públicos. La idea que prima es la privatista: solo se usa lo que uno paga directamente. Se destruye la noción de sociedad, de colectividad, la ciudad amurallada está conformada exclusivamente por los familiares y los amigos íntimos. El resto de las personas que no forman parte de ese grupo íntimo de pertenencia no tienen derecho al disfrute de la “ciudad abreviada”.

Por otra parte, la ciudad amurallada medieval apostaba al desarrollo del espacio público teniendo en cuenta el interés por el bien común. “Dentro de sus recintos, considerados como verdaderas ‘islas de paz’, existía conciencia de libertad y comunidad. La convivencia armoniosa entre los diferentes estamentos sociales era un ideal compartidos por todos” (Lemos y otros, 2002:218). Brailovsky (2006) agrega:

 

 La ciudad medieval, lugar de comunicación e intercambios de todo tipo, [era] sobre todo, una comunidad que [hallaba] su dimensión en los espacios públicos, en los lugares de encuentro, los más importantes de los cuales [eran] la catedral y la plaza. (Brailovsky, 2006:24).

 

 

Además, la ciudad extramuros (en búsqueda de seguridad y protección) se expandía a su alrededor (de ahí que la mayoría de las veces era redonda), creciendo al calor de las murallas. En la actualidad, los residentes de las aglomeraciones privadas también pregonan la convivencia armoniosa, pero no entre las diferentes clases sociales sino entre los miembros de un mismo sector social: el más acomodado. La catedral y la plaza del barrio cerrado están concentradas en el clubhouse: punto clave de encuentro con salones acondicionados para reuniones, fiestas, práctica de deportivas y patio de comidas. “El espacio público de los barrios cerrados, que no es en realidad más que un espacio común, está además estrictamente cuidado, reglamentado y controlado” (Thuillier, 2005a:11).

En las ciudades medievales se consideraba que las calles y las plazas dependían de los poderes municipales o reales. Empero, también, no se desconocían los procedimientos de privatización, mediante una indemnización, por motivos de interés general (Duby, 1990). En este sentido, Brailovsky (2006) comenta:

Con frecuencia, esas apropiaciones eran convalidadas por la autoridad. En 1437, el rey Carlos VII de Francia entrega a un particular una callejuela de Paris para que pase a formar parte de su patrimonio […] La contracara de esa privatización del espacio público [era], en la mayoría de los casos, el aporte particular al mejoramiento de la ciudad. Que una empresa privada done hoy a su ciudad un edificio o un puente es improbable. Más improbable aun es que se preocupe por la estética urbana, teniendo en cuenta los adefesios que se construyen por razones de rentabilidad, pero tal era la actitud de muchos mercaderes medievales hacia la ciudad que sentían como propia (Brailovsky, 2006:25).

 

 

Durante toda la Edad Media el amor de los mercaderes a su ciudad se manifestó sobre todo en el cuidado que pusieron en embellecerla (Le Goff, 1966). Si Lo comparemos con la construcción puertas adentro del barrio privado, para el deleite de sus exclusivos resientes, la diferencia es enorme. Tal vez, si finalmente se aplica la ley de Promoción del Hábitat Popular (analizado en el apartado La ciudad moderna vs la ciudad global) impulsada por la Legislatura de la provincia de Buenos Aires (donde se obliga a las urbanizaciones privadas a donar a los municipios el 10% de sus predios en otro lugar o su equivalente en dinero), sería una herramienta parecida a la filantropía de los mercaderes de la Edad Media, pero en este caso, obligada por el Estado provincial.

Por último, en el mundo medieval asistimos a la huida de la sujeción del orden feudal a través de la instalación (de burgueses y clases no privilegiadas) en algunas de las flamantes ciudades amuralladas, y en menor medida, hacia el confinamiento en una orden monacal: en este caso “era una tentación vigorosa para quienes sentían profundamente el llamado del evangelio y para quienes sufrían más allá de sus fuerzas los embates de una vida dura” (Romero, 1956:167). Romero (1956) señala:

 

[…] el retito del mundo (monacal) no fue […] sino una forma excepcional de vida en el mundo occidental. Con todas las amarguras, aún para las clases no privilegiadas, seguía teniendo encanto la existencia, sobre todo si se lograba escapar a la estrecha sujeción del orden feudal instalándose en alguna de las muchas ciudades que empezaron a florecer desde el siglo XII. La ciudad empezó a ofrecer posibilidades insospechadas para el artesano o para el que buscaba el ejercicio del comercio. Allí, pese a los prejuicios que pesaba en otros ámbitos, el problema del origen tenía escasa importancia, y muy pronto empezó a imponerse el principio de que cada cual es hijo de sus obras. Con el esfuerzo personal se lograba alcanzar cierta posición económica, y según esa medida se medía la posición de cada uno. Era una posibilidad de ascenso social al alcance de la mano, que aunque reconocía como límite la presión de las clases privilegiadas, satisfacía a quienes tenían todavía fresco en la memoria el recuerdo de la sujeción con que se vivía en los medios rurales. Había allí hasta la posibilidad de escapar a la dominación señorial, si el rey otorgaba a la ciudad las cartas o fueros comunales. Muy pronto esa esperanza se fue convirtiendo en realidad desde el siglo XII, y aunque la burguesía, debió pagar crecidas cantidades por la menguada libertad que se le otorgaba, el cambio era siempre sumamente favorable si se compara la situación y las posibilidades que ahora se le ofrecían con las que antes había tenido en el seno de los señoríos feudales (Romero, 1956:168 y 169).

 

Hoy en día, en cambio, presenciamos con el amurallamiento de los barrios opulentos, la huida voluntaria de la ciudad pública por parte de los sectores sociales más favorecidos. Es el proceso inverso de lo sucedido en tiempos medievales: la gente se escapaba del campo pero para refugiarse en las ciudades. Ahora se huye de la ciudad pública para refugiarse en una “ciudad” privada dentro del mismo conglomerado urbano. No cabe duda, que el fenómeno antedicho es una mácula para la historia democrática de las ciudades.

 

 

8.5. ¿La Utopía renacentista?

 

 

 

En 1516 Tomás Moro publica Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, en el cual relata, en la primera parte, una crítica a la sociedad inglesa de su época y, en la segunda sección, consta de la descripción de la isla imaginaria Utopía realizada a través del personaje de un explorador, Raphael Hythloday, que Moro presenta como un integrante de la tripulación de Vespucio que se separó durante el viaje junto a otros tripulantes y que vivió cinco años en la comunidad ideal de Utopía. En la isla relató un orden social que garantizaba el bienestar y la felicidad para todos los habitantes. 

Los estudiosos de la obra de Moro le atribuyen dos orígenes, ambos del griego, al vocablo utopía. Uno es “u” como contracción de ou, que significa "no" y el otro eu, que significa "bueno". En los dos casos, el prefijo se complementa con la palabra topos, que se traduce como "lugar".

El texto de Moro dio origen a un nuevo género literario, las utopías renacentistas, que a pesar de algunas diferencias coyunturales compartían una estructura fundamental. Ainsa (1999) las analiza desde a través de un modelo compartido:

a) la insularidad y el aislamiento de estas sociedades ideales, en tanto están por lo general ubicadas en islas, en valles o selvas inaccesibles, o en altas montañas que ayudan a preservar su pureza; b) la autarquía de estas sociedades como consecuencia de su insularidad, con un mínimo de contactos con el exterior, en especial los económicos; c) la reglamentación de todos los aspectos de la vida individual y colectiva, del trabajo y del ocio, dentro un sistema rígido establecido de una vez y para siempre para resolver todos los problemas de la sociedad y del Estado […]; d) la uniformidad y repetición de la organización social y física, indicada por Moro (1999:85) en su pasaje: “Quien haya visto una de las poblaciones de la isla, puede decir que las ha visto todas”; e) la acronía, es decir, la ausencia de la dimensión histórica en tanto no incluyen el proceso que lleva a la constitución de las sociedades, ni admiten cambios ni evolución alguna en su interior. Por lo tanto, las utopías clásicas renacentistas no tienen ni pasado ni futuro; f) otro de los rasgos característicos de las utopías es la descripción del aspecto físico: las formas y los espacios de las sociedades ideales. Todas diseñan con mayor o menor detalle el plan urbanístico de las ciudades ideales que contienen a las sociedades alternativas. Por más social o económica o religiosa o científicamente orientada que sea la utopía, siempre tiene algún diseño de la dimensión espacial; g) por último, las utopías tempranas modernas colocan a la sociedad ideal en la tierra, no en el cielo, y reconocen la capacidad del hombre para trabajar en pos de su mejoramiento […] (Ainsa, 1999:22-25).

 

 

Jaramillo (2012:351) comenta que “la mayoría de ellos [escritores utópicos] no se plantearon darle un topos o un lugar a sus utopías. Ubicaban sus fantásticos ‘no lugares’ en un ‘lugar inexistente’, en un espacio y tiempo ideal. Por esa razón, no tendrían sus utopías un valor político”. A diferencia de las utopías renacentistas, las utopías del siglo XIX (por ejemplo el socialismo) fueron instrumentadas en un espacio real y determinadas por un tiempo presente anclado en el (progreso) futuro (Gutman, 2011). Por otra parte, a pesar de estar circunscriptas coyunturalmente a un territorio determinado todas desplegaban intenciones universalistas.

Teniendo en cuenta las características de las utopías renacentistas podríamos trazar un paralelo con la utopía posmoderna de los barrios privados. Ambas utopías poseen en común la situación de aislamiento, la pretensión de autonomía, la existencia de una estricta reglamentación interna, la reiteración de los modelos urbanísticos y arquitectónicos, la vida congelada en un presente continuo y prefecto, la obsesión por el diseño del territorio y la percepción inmanente de la existencia.

Lipovetsky (2011:13) expresa que “la última utopía de nuestra era hipermoderna es la seguridad”. En este sentido, la amplificación non sancta del miedo, sumada a la declinación de los grandes relatos del siglo XIX, lograron privatizar el sentido emancipador de la utopía.

 Por otra parte, “las medidas de seguridad nunca son suficientes. Una vez que se da inicio al trazado y la fortificación de las fronteras, ya no hay manera de detenerse” (Bauman, 2012:12). En realidad, mientras el miedo sea la base de sustentación del sistema socioeconómico, la seguridad seguirá siendo un pingüe negocio y una ilusión inalcanzable.

La paranoia de la inseguridad forma parte de la experiencia cotidiana. Al respecto, Bauman (2012) expresa:

 

Vivimos en la época de los teléfonos celulares (por no mencionar MySpace, Facebook y Twitter): los amigos pueden intercambiarse mensajes en lugar de visitas; toda la gente que conocemos está constantemente “en línea” y en condiciones de informarnos por adelantado sobre sus intenciones de darse una vuelta por casa, de modo que un súbito golpe en la puerta o un timbrazo que suena sin previo aviso son eventos extraordinarios, es decir, potenciales peligros (Bauman, 2012:12).

 

 

Todo lo que permanece fuera de lo programado, lo controlado, lo vigilado, lo conocido, pasa a ser potencialmente peligroso. De acuerdo con esta filosofía urbana, es poco probable que sobrevivan las ciudades abiertas, que proponían desde sus espacios públicos la expansión del horizonte de integración y progreso de las personas que la frecuentaban. La desconfianza se ha apropiado del espacio público. Rep (2012) (Figura 17) lo grafica con maestría:

 

 

 

  Figura 17: “Monumento al rabillo del ojo” (Fuente: Página 12, 02/06/2012:36).

 

 

Otro dibujo publicado en la revista El Hogar en 1919 (Figura 18) (citado en Gutman, 2011:217) es bastante revelador sobre los cambios socioculturales acaecidos en la ciudad de Buenos Aires. En aquella época se imaginaba que la urbe porteña iba a estar vigilada por modernos dispositivos de control. Dicha predicción fue acertada en lo referente a la acción de controlar, pero no pudo predecir con exactitud la respuesta de los ciudadanos. En el dibujo de 1919, observamos que la reacción de las personas ante la vigilancia fue el pánico. En cambio, en la actualidad, nos atrevemos a decir que la mayoría de las personas alientan las acciones de vigilancia y control. El esquema es interesante para demostrar cómo ante un mismo hecho la respuesta puede ser el pánico (en 1919) o la sensación de seguridad (en la actualidad). Hoy en día, la población se siente más segura si el espacio público está vigilado. En el conurbano bonaerense proliferan las garitas, las cámaras y las patrullas de gendarmería y de los municipios que refuerzan a la policía de la provincia de Buenos Aires. Pareciera ser que los modelos de referencia se han invertido: en las décadas del sesenta y setenta la plaza de la ciudad pública era el arquetipo imitado por los flamantes shoppings malls, en la actualidad, los referentes de la ciudad privatizada (los barrios cerrados y los grandes centros comerciales) difunden sus dispositivos de seguridad a la ciudad pública.

 

 

 

  Figura 18: “Pánico. El globo de la observación” (Fuente: El Hogar, 25/07/1919).

 

 

8.6. Los megaemprendimientos

 

 

 

Los últimos emprendimientos del siglo XX mostraron un salto tanto cualitativo como cuantitativo, pasando del barrio cerrado a la “miniciudad”, que se diferencia de los anteriores por una oferta de servicios más compleja y por su mayor envergadura. Un dato importante para tener en cuenta, es que en las “ciudades privadas” las fuerzas orientadoras (los fundadores, si se quiere) no apuntan a las actividades productivas, sino a la especulación inmobiliaria y a las actividades relacionadas con el comercio y los servicios. Ya nacieron, definitivamente, como ciudades posmodernas (en lo cultural) y posindustriales (en lo económico).

Entre las ofertas más destacadas se encuentra Nordelta en la porción continental del partido de Tigre. El poder ejecutivo de la provincia de Buenos Aires por medio del Decreto Nº 1736/92 (Nuevo Núcleo Urbano), aprueba el proyecto Nordelta conformado por 1.600 hectáreas. El megaemprendimiento consta de 13 barrios cerrados (Figura 19), tres colegios privados, un centro comercial (Figura 20) de 12.000 m² (con un supermercado y más de 60 locales), un polo gastronómico, un banco privado, una estación de servicios (con cajero automático), un centro médico de alta tecnología y un área deportiva: con un club polideportivo (Figura 21), un club de golf, un club de fútbol y una guardería naval (además, la mayoría de los barrios cuenta con un club house con canchas de tenis, fútbol y piscina).

 

 

 

Figura 19: Barrio La Alameda (Fuente: wwwurbanización.com).

 

 

 

 

 

Figura 20: Centro comercial (Fuente: www.elcomercioonline.com.ar).

 

 

 

 

Figura 21: Club Nordelta (Fuente: www.nordelta.com).

 

 

De acuerdo con el Decreto Nº 1736/92 el proyecto implica el aprovechamiento de tierras en un área declarada “desierta” según datos del censo último. Por lo tanto, se autoriza al Municipio de Tigre a incorporar al Código de zonificación del Partido la modificación del uso del suelo que permite la edificación del emprendimiento.

 No dejaremos pasar por alto la calificación de área “desierta”, porque consideramos que es fundamental para contextualizar su impronta filosófica-conceptual. Al respecto, Grüner (2011) argumenta:

 

El desierto es una suerte de fantasma que obsesiona al pensamiento occidental al menos desde Aristóteles. Para Montesquieu el desierto es el asiento natural del despotismo, mientras el valle poblado lo es de la democracia. Eso se prolonga en nuestra “campaña del desierto” y en Sarmiento, donde el desierto es el escenario de la “barbarie” quiroguiana. Y para Borges el desierto es el peor de los laberintos: el de la línea recta, que solo permite el espejismo de una salida por el inalcanzable horizonte. A todos estos sentidos ominosos se opone la civilización urbana […] (Grüner, 2011:11).

 

 

Cuando se habla del desierto demográfico de la zona en cuestión, no se hace referencia que el área estaba ocupada por un humedal. Según la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, los humedales son ambientes de gran importancia ecológica. Entre sus funciones podríamos destacar la recarga de acuíferos, la mitigación de inundaciones y el sustento ecológico para una amplia diversidad biológica. Durante mucho tiempo fueron considerados territorios marginales que debían ser recuperados para el uso agrícola o urbano. Se estima que en los Estados Unidos se perdieron más de un 50% (87 millones de hectáreas) de sus humedales originales. Por ejemplo, en la península de La Florida fueron “recuperados” extensos humedales para el desarrollo de barrios privados. La modificación del uso del suelo implica la “civilización” de la naturaleza, y más aún, si se realiza a través de la construcción de paraísos artificiales.

El 10 de junio de 2003 el Concejo Deliberante de Tigre declaró “localidad” al emprendimiento urbano Nordelta. De esta forma Nordelta pasó ser parte integrante de una de las once localidades del Partido de Tigre. Vendida por sus desarrolladores como la “primera ciudad verde”, Nordelta hace todo lo posible para ocultar la contaminación. Ésta proviene del arroyo Las Tunas (que atraviesa todo el predio), un afluente del río Reconquista. En la entrada del megaemprendimiento se construyó un dique que detiene toda la basura sólida del  arroyo (García, 2007). Un propietario de Nordelta relata:

 

Nordelta está gastando 300.000 pesos por año sacando basura del arroyo Las Tunas, la cantidad es impresionante, es peor que el Riachuelo por las cosas que hay flotando. Entonces, para que por lo menos esta suciedad flotante no esté, la estamos sacando y la pagamos los vecinos (García, 2007:12).

 

Si la contaminación la limpian los vecinos, ¿cuál es la función del intendente de Tigre al respecto? El relato permite entrever un conflicto impositivo latente entre los vecinos del emprendimiento y el municipio de Tigre. García (2007) comenta:

 

Los propietarios de Nordelta cruzan el arroyo por un puente con sus laterales entablados para no ver el color negro espeso de las aguas contaminadas. La construcción es angosta, ruidosa, como para pasar rápido y no detenerse hasta llegar a los lagos del paraíso que desmienten esta realidad […] claramente me parece un “paraíso travestido” donde eliminaron hasta los mosquitos (García, 2007:12).

 

 Amendola (2000b:39) verifica que el sentido original del vocablo “paraíso” estaba asociado al concepto de “jardín cerrado”, y argumenta que fue el “primer barrio cerrado en la historia del hombre”. El mismo autor agrega, que en las imágenes de la Edad Media el “paraíso” estaba representado por un jardín rodeado por muros muy elevados. Los barrios privados, entonces, necesitan domesticar la naturaleza para transformarla en bellos jardines (paraísos) dedicados al goce estético y espiritual de sus habitantes salvados de la condena terrenal.

“Desde la caída del muro de Berlín se levantó otro muro hobbesiano, y el mundo civilizado con sus ciudades de jardines cuidados recibía noticias del espacio incivilizado, que siempre permanecía fuera de sus jardines” (Zaffaroni, 2011:304).

Respetando la etimología del vocablo paraíso, la mayoría de los habitantes de Nordelta defienden la exclusividad de su vergel. Desde el momento en que Nordelta comenzó a poblarse con cierta masividad (se estima que actualmente viven en el megaemprendimiento unas 15 mil personas), existe una controversia entre los residentes que están a favor de abrir para el uso público alguna de sus dos arterias interiores más importantes ("Avenida de Los Lagos" o "Camino Alternativo") y los que no quieren saber nada al respecto. En realidad, el grupo que está a favor de "abrir" los caminos, es una minoría, la gran mayoría está en contra. Para despejar cualquier tipo de dudas y rumores sobre el caso, el municipio de Tigre dejó constancia (Figura 22) de su posición en contra de la minoría aperturista y solidaria de Nordelta.

 

 

Figura 22: Cartel informativo del Municipio de Tigre

(Fuente: http://conurbanos.blogspot.com).

 

Nordelta es un complejo que está a solo una cuadra del humilde barrio Las Tunas. Los divide un muro de cemento, con alambres de púas y cámaras de seguridad (Figuras 23 y 24). Rollman (2011), voluntaria en el Bachillerato Popular Raíces del barrio Las Tunas nos comenta cómo cambió la zona con la llegada del megaemprendimiento:

 

 […] antes de que construyeran este emprendimiento inmobiliario había un gran campo donde la gente iba a tomar mate, a encontrarse con sus amores, se hacía doma de caballo, como un espacio de recreación. […] Algunos inconvenientes también se notan en las inundaciones. Para poner el muro hicieron un terraplén y el barrio quedó mucho más abajo. Nordelta instala un sistema de poldorización, con lo cual hay zonas que quedan más elevadas que otras para evitar que dentro de Nordelta se inunde […] (Rollman, 2011:1).

 

 

El relato manifiesta la pérdida del espacio público que generó la construcción del megaemprendimiento. Los vecinos del barrio de Las Tunas utilizaban el predio “vacío” para desarrollar distintas actividades sociales, recreativas y deportivas. Asimismo, la elevación de la cota del predio generó que todos los barrios que están a su alrededor (que en general son precarios) se inunden con mucha más frecuencia que antes.

Las leyendas escritas por los vecinos del barrio Las Tunas en el muro que los separa del complejo Nordelta nos dicen algunas cosas interesantes sobre la tensa división. Por ejemplo (Figuras 25), que están frente a un grupo social reaccionario que no está dispuesto a compartir el bienestar con el resto de los habitantes que no son de su pertenencia socioeconómica. Por otro lado (Figuras 26), la privatización del “horizonte” les restringe a los residentes de Las Tunas la posibilidad de goce, libertad y futuro. Lo que era considerado por las autoridades provinciales como un “desierto demográfico”, no concuerda con el uso que le daban los habitantes del barrio popular. Cuando el predio era utilizado de manera pública, las autoridades lo consideraban “vacío”, ahora que el solar posee un uso privado, está valorado como “pleno” de vida social y natural.

 

 

 

 

 

 

Figura 23: Cámaras de seguridad que controlan el perímetro del barrio

Las Tunas (Fuente: http://www.gallaretas.com).

 

 

 

 

Figura 24: Muro que separa a Nordelta del barrio Las Tunas

(Fuente: http://estaletraestuya.blogspot.com).

 

 

 

 

 

 

Figura 25: Leyendas en el muro que divide a Nordelta del barrio Las Tuna

(Fuente: http://estaletraestuya.blogspot.com).

 

 

 

 

 

Figura 26: Leyendas en el muro que divide a Nordelta del barrio Las Tuna

(Fuente: http://estaletraestuya.blogspot.com).

 

 

 

 

Nordelta oculta lo que no le interesa ver y remarca lo que le importa difundir. En el primer caso, podríamos señalar la desaparición del barrio Las Tunas y de todos los barrios humildes de la zona de los mapas promocionales del megaemprendimiento (Figura 27). Asimismo, con la misma lógica de la invisibilidad se ocultó (a través del puente entablado) la contaminación del arroyo Las Tunas. Pero por otro lado, el marketing de la solidaridad, resalta sus obras de caridad en el barrio homónimo (Figura 28).

En este último caso, las autoridades de Nordelta convocaron a la Fundación Sagrada Familia para que elaboren un informe sobre la situación de los barrios carenciados que rodean al predio, prestando especial atención a la situación socioeconómica del barrio Las Tunas. Del informe producido, es conducente destacar la situación de aislamiento socioterritoral de los barrios limítrofes. Pues, existen importantes límites físicos dados por las vías del ferrocarril (TBA) hacia el oeste, el barrio privado Santa Bárbara al sur, y la pista de remo al este. A las barreras físicas se les suma el profundo desequilibrio socioeconómico que dificulta una interacción democrática entre ambos barrios a pesar de su proximidad geográfica. Por lo cual, el concepto de “vecino”, con alta connotación social, cultural, económica y política; es reemplazado por la situación de “lindero”, que reduce notablemente las interacciones entre ambos grupos sociales. Por último, la Fundación propuso una serie de proyectos relacionados con el mejoramiento de las viviendas del barrio Las Tunas y acciones que tiendan al aumento de la calidad de vida de sus habitantes (Ezcurra y Juana, 2001). Por su parte, Nordelta a través de su portal de Internet, ha informado que las acciones y programas implementados por el megaemprendimiento han beneficiado directamente a más de 5.000 personas del barrio. Una buena estrategia de promoción para beatificar las tierras paradisíacas de la “ciudad verde”.

 

 

Figura 27: Mapa promocional de Nordelta (Fuente: http://www.nuestromar.org)

 

 


 

Figura 28: Mapa de la Fundación Nordelta

(Fuente: http://www.fundacionnordelta.org).

 

 

 

 

 

 

 

8.7. Dispositivos de promoción

 

 

 

Advirtiendo el mercado inmobiliario que se especializa en la comercialización de los barrios privados, las nuevas pautas culturales y de consumo del sector de la población involucrado, ha creado estrategias de ventas adaptadas a los “nuevos valores” en boga. En los catálogos de venta (Figura 29) se pueden observar los nuevos hitos de referencias asociados a la localización del emprendimiento: entre ellos se destacan los shoppings, los hipermercados, las cadenas de comidas rápidas, las estaciones de servicios, los complejos de cines, los hoteles de lujo, los restaurantes de categoría, los colegios y universidades privadas, los hospitales privados, los centros comerciales dedicados a la venta de materiales para la construcción y equipamiento de la vivienda, y los centros de belleza. Del mismo modo, se ofrece una detallada descripción de los servicios apetecidos (seguridad privada, áreas deportivas y de esparcimiento, spa, restaurantes, colegios, televisión por cable, Internet inalámbrica, etc.), unidos al estudio de arquitectura responsable y al banco que va a financiar el proyecto.

 

 

Figura 29: Catálogo de venta. (Fuente: diario Clarín, 23/7/2005:3)

La mayoría de los clubes de campo del Gran Buenos Aires están localizados dentro de la trama urbana consolidada. No obstante, la misma solo le sirve como soporte físico, ya que estos emprendimientos tratan por todos los medios posibles separarse desde lo social, lo cultural, lo político, lo económico y lo paisajístico del entorno urbano tradicional. De ahí, que Muxí (2004) nos manifiesta:  

 

 

La ciudad abierta desaparece de los planos, las autopistas se hacen omnipresentes y se borra sistemáticamente cualquier referencia real con el lugar […] Los barrios cerrados producen el efecto de pisadas sobre el territorio, a las que no les importa las relaciones que quedaron rotas por su presencia. Este desprecio por el entorno, por la vecindad, por lo próximo y por los otros, también se expresa en las propagandas de promoción. No existe nada alrededor de estas burbujas a excepción de las vías rápidas de circulación, que se presentan como islas en un mar azul. Además de la negación y falsificación de la realidad, otro rasgo característico es la presencia evocativa del azul celeste de los cuerpos de agua que, junto al bosque y la familia feliz (Figuras 30 y 31), conforman el trípode sobre el que se basa esta propuesta de vida artificial y engañosa (Muxí, 2004:83).

 

 

Completando los comentarios de Muxí, es preciso indica que no es que no exista nada alrededor de los barrios privados a excepción de las autovías, sino que no hay  referencias de la ciudad pública. Como señalamos más arriba, solo aparecen los centros comerciales y de servicios privados que actúan como incentivo importante para la venta de las propiedades. Además, para reforzar el sentido de pertenencia socioétnica no deben faltar las fotos de familias de tez blanca y de ojos celestes, a tono con los espejos de agua y el diáfano cielo.

 

 

 

Figura 30: Publicidad del barrio privado La Merecida

(Fuente: diario La Nación, 17/9/2011:45)

 

 

 

Figura 31: Anuncio del country club Highland Park

(Fuente: diario La Nación, 17/9/2011:31)

En contraste a todo lo anterior, es importante poder analizar los anuncios publicitarios de los remates típicos de principios del siglo XX, que daban cuenta de la expansión de la Ciudad de Buenos Aires. Al respecto, Scobie (1977) resalta: 

 

En 1902 los periódicos publicaron media página de avisos de ventas, que ofrecían la ocupación inmediata de un lote pagadero a 40, 60 u 80 cuotas mensuales con un pago al contado de las primeras dos o tres cuotas. Otra oferta destacaba un plan de 80 meses con la siguiente exhortación: “Obreros. Dejad el conventillo y comprad un lote en la Floresta (al oeste de Flores) o en cualquier otra paraje sano, si queréis la salud de vuestros hijos y deseáis vivir contentos” (La Prensa, 13/11/1902:9). Un remate típico realizado al oeste de Flores vendió rápidamente 100 lotes de 10 metros de frente y fondo entre 35 y 40 metros por un precio promedio de un peso el metro cuadrado, pagadero en más de 80 mensualidades. Como ventajas suplementarias se anunciaban una escuela del Estado a cuatro cuadras de distancia, calles pavimentadas a solo 500 metros y un tranvía eléctrico en las proximidades (La Prensa, 8/11/1903:8 y 12). Un aviso publicado en 1904 pregonaba “El Gran remate del Día de los Pobres” en Flores. La rimbombante prosa anunciaba: Con un poco más de la base de venta de estos terrenos, hay quien edifique a plazos, una o más piezas, de suerte que el comprador puede inmediatamente después del remate ocupar el terreno y vivir en la casa que edifique, haciendo de cuenta que el cabo de los 60 meses por 10 o 15 pesos mensuales, lo que vale el alquiler de la más modesta pieza de conventillo en el centro, llegará a fin de dicho plazo a ser propietario sin ninguna violencia, puesto que hará de cuenta que paga su alquiler para ser dueño del terreno y casa que edifique” (La Prensa, 7/5/1904:12) (Figura 32) (Scobie, 1977:236 y 237).

 

 

Además, el anuncio sobre “El gran remate del Día de los Pobres” enfatizaba: “Como tierra alta, pintoresca y de más porvenir no hay nada mejor. Dista tan solo tres cuadras de Rivadavia al Sud y a 6 de la plaza e iglesia parroquial. Está rodeada de edificación moderna y con los tranvías eléctricos en la mano” (La Prensa, 7/5/1904:12)

 

 

Figura 32: Publicidad de remate (Fuente: La Prensa, 7/5/1904:12)

 

 

En aquellos remates es posible identificar una expansión territorial y social muy distinta a la actual. Las referencias hacia la grilla universal con sus calles y avenidas, los créditos para las clases menos favorecidas, la plaza, el transporte público, el entorno urbano y las instituciones públicas (colegio, iglesia), no hacen más que mostrar a una sociedad que valoraba y proyectaba una ciudad pública y progresista.

 

 

8.8. Reglamentos

 

 

 

Cada country club tiene su propia normativa interna, más allá del marco general que le proporciona el Decreto-Ley 8.912 de la provincia de Buenos Aires del año 1977, que le permite un modo particular de organización. Reglamentariamente, una comisión directiva elegida por un tiempo determino (mandatos de dos años) por sus socios, es la encargada de de tomar las decisiones ejecutivas, legislativas y judiciales que le confiere el estatuto. “Sin embargo, la gestión cotidiana del country, cuyas dimensiones lo asimilan [en algunos casos] a una microciudad, está en manos de un equipo de especialistas, entre los que se destaca la figura del ‘gerente’ o ‘intendente’” (Svampa, 2001:174). Aquí se cumple el sueño dorado de la relación directa, sin intermediaciones institucionales, entre los socios-vecinos y la autoridad de la gestión cotidiana, encarnada en la figura del gerente-intendente. Svampa (2001) agrega:

 

[…] en la medida en que las urbanizaciones privadas tienden a convertirse en microciudades, con una normativa y una organización específicas, con instituciones propias […]; en la medida en que la administración garantiza ciertos servicios indispensables y gestiona asimismo la relación con los servicios públicos privatizados, el correlato lógico y esperable es que el espacio de lo “público” decline visiblemente. Con la renuncia de sus tradicionales roles y funciones, la autoridad municipal y provincial deviene entonces en una figura prescindible (Svampa, 2001:189).

 

 

La relación política institucionalizada entre los ciudadanos-vecinos y el intendente de de la ciudad pública, es reemplazada por el vínculo comercial sin mediaciones entre los socios-vecinos y el gerente-empleado. La privatización del espacio público determina indefectiblemente la mercantilización de las relaciones políticas. El relevo de las instituciones democráticas por una comisión directiva de socios, hace desaparecer la política pública de los barrios cerrados. Subsiste, por la mera necesidad de gestión, una política interna que está muy lejos de la filosofía y de las prácticas del múltiple entramado republicano (por lo menos desde el punto de vista teórico, que no es poca cosa, pues queda abierta la posibilidad del ideal) de la ciudad abierta. Las prácticas políticas están reducidas a la mínima expresión: solo hay resolución de tensiones, disputas, conflictos entre grupos sociales homogéneos. En los enclaves fortificados no existe la diversidad, la mezcla, la interacción social necesaria para el complejo desarrollo de la verdadera democracia, que se ocupa de redimir diferencias entre actores sociales diversos. Svampa (2001) continúa:

 

[…] el orden, la pulcritud, la transparencia, manifiestos en una detallada reglamentación, apuntan a algo más que a la constitución necesaria de un orden interno: lo que está en juego es un modelo de sociedad, la conformación de una suerte de “comunidad soñada”, definida en contraposición a la otra sociedad en la que se percibe claramente el abandono de las reglas, la ausencia de orden, de pulcritud, de transparencia; más aun, la desaparición de aquellos valores ligados al respeto del otro y las “buenas costumbres” (Svampa, 2001:178).

 

 

El contraste con la ciudad pública es la carta de presentación de todos los enclaves fortificados. La diferenciación que abarca aspectos materiales (limpieza, diseño, lujo) e intangibles (armonía, orden, confort), intenta transmitir un mensaje unívoco: el éxito del modelo de “democracia privada” de los guetos custodiados.

En los estatutos que regulan la convivencia entre los socios se establece la existencia de una comisión o Tribunal de Disciplina (formado por tres socios titulares y tres suplentes) que será el encargado de velar por el cumplimiento de las normas establecidas por la comisión directiva. Los reglamentos internos, en algunos casos, son bastante severos. Hay en determinados countries, tribunales de disciplina, que ante las denuncias del mal comportamiento de socios o invitados, aplican sanciones que van desde la suspensión temporaria hasta la prohibición del ingreso. Lo excesivo de algunas sanciones cumple la función de la ejemplaridad hiperreal de la “ciudad privada”. Asimismo, en ciertos countries existen normas internas implícitas que impiden el ingreso de familias judías, asiáticas o católicas. En estos casos, la “comunidad soñada y purificada” oculta el carácter xenófobo de la exclusividad. La homogeneidad (una de las leyes máximas de estos emprendimientos) llevada al límite de sus posibilidades comprende desde el nivel socioeconómico, la religión, las edades, hasta el origen étnico.

La gestión de las futuras poblaciones de los megaemprendimientos privados, plantea la tensión y la virtual separación entre la administración privada y el gobierno municipal. Es oportuno, entonces, indagar sobre las probables problemáticas que conducirá el fenómeno enunciado. Entre las más importantes, Iglesias (1998) enumera: en primer término, si el gerenciamiento del consorcio podrá hacerse cargo de la infraestructura y los servicios de un barrio de decenas de miles de habitantes. En segundo lugar, si la administración podrá dirimir privadamente los conflictos que se presentarán en la gestión cotidiana. En tercer término, si se implementará el sueño conservador del voto calificado, pues solo tendrán derecho al sufragio interno los residentes propietarios sin atraso en el pago de las expensas. En cuarto lugar, bajo qué ingeniería política serán seleccionados los precandidatos a la gestión del consorcio que tendrá un presupuesto anual de varios millones de pesos. En quinto término, con qué poder político negociará el apoderado privado con el intendente del municipio. Y por último, cuánto tiempo tardará en llegar el día en que los residentes de los megaemprendimientos cerrados reclamen una ley de secesión territorial para crear un nuevo municipio.

Los interrogantes planteados sobre la administración y el gobierno de los megaemprendimientos privados no son para nada antojadizos. La ciudad de Weston al noroeste de Miami podría llegar a ser un modelo para tener en cuenta. Iglesias Illa (2010) la describe de la siguiente manera:

 

La sede del gobierno municipal y el Midtown Athletic Club están en el mismo edificio de estuco rosado, al final de una curva arbolada. Tres patrulleros verdes descansan con los culos contra el borde de tres canchas de tenis, bucólicas y vacías. De los bulevares públicos, con semáforos, palmeras y robles, se anuncian las entradas a los barrios privados: Mariposa Pointe, San Michelle, Esmerald Isle. Todos tienen, a cien metros del bulevar, una casita de tejas rojas, un hombre uniformado, un cartel con una flecha hacia la izquierda que dice visitors, otro con una flecha a la derecha que dice residents y dos barreras bajas, que indican el final de la propiedad pública y el inicio de la privada. Weston fue creada a mediados de los 80 por el brazo inmobiliario de The Walt Disney Company, que niveló, apisonó y rellenó cuatro mil hectáreas de ciénagas y caimanes con la intención de convertirlas en una comunidad perfecta típicamente americana. Lo ha conseguido: Weston es, según el ranking que publica cada año una revista especializada, la mejor ciudad para vivir en Florida, la de menos pobreza en todo Estados Unidos y, al menos en la superficie, un modelo de placidez, organización y buenos modales. Parece más un lugar de vacaciones que una ciudad: es una zona libre de asperezas, donde todas las superficies están parquizadas y las rugosidades -los tachos de basura, las torres de aire acondicionado, los depósitos de herramientas-, escondidas o disimuladas. Es como vivir en una cancha de golf. Ni siquiera hay ángulos rectos: las calles y los bulevares se comban gentilmente hasta el infinito, generando esquinas irregulares y una vaga sensación de comunión geométrica con la naturaleza. El espíritu corporativo de Weston empieza con su gobierno, que tiene solo tres empleados: un gerente, un subgerente y un empleado administrativo. Hay también un alcalde elegido por los vecinos, pero es un empleo a tiempo parcial, mal pago y cuya única decisión importante es nombrar al gerente. Todos los demás servicios, como la policía, los bomberos, el mantenimiento de los parques y la recolección de basura, están subcontratados a localidades vecinas o al condado de Broward. Esto le ha permitido a Weston, un oasis tecnocrático sin conflictos de clases ni hinchazón política, cobrar unos impuestos muy bajos. Hace unos años le preguntaron al alcalde, un canadiense que de día trabaja como consultor de negocios, cómo definiría su estilo de gestión. “Manejamos a Weston como si fuera una empresa”, respondió el alcalde. “Nuestros accionistas son nuestros residentes. Yo actúo como si fuera el presidente del directorio de una empresa”. Si Weston es una corporación, preguntó el periodista, ¿cuál es su producto? “Nuestro producto es la calidad de vida”, contestó el alcalde, “y el valor de la propiedad” (Iglesias Illa, 2010:138 y 139).

 

Al analizar la descripción sobre Weston nos topamos con enunciados sugestivos. El primero: la sede de la alcaldía y el Midtown Athletic Club están en el mismo edificio. No creemos que la locación compartida sea solo una estrategia de optimizar los costos inmobiliarios. La idea y la imagen es significativa: la institución club y la institución política están en la misma categoría conceptual. Esto nos conduciría a pensar que la política funciona como un anexo “necesario” de la vida privada del club. Volvemos al borramiento de los límites entre lo público y lo privado, y más aún, al copamiento de lo privado sobre el espacio público. El segundo: la entrada a los barrios privados está dividida en dos. Una para residentes y otra para visitantes. La mezcla y el anonimato típicos de las ciudades abiertas se pierde con la identificación de los roles y status de las personas que ingresan a los barrios cerrados. Y el tercero: Weston fue concebida por una constructora del grupo empresario Walt Disney. La ciudad es creada desde los parámetros de los parques temáticos de Disney. La ciudad nace de un molde hiperreal que distorsiona la idea tradicional de ciudad. Se concibe una “ciudad” o una “fantasía de ciudad” para ser vivida por una comunidad soñada, perfecta, “sin asperezas”. Y el cuarto: la corporación tecnocrática que administra Weston. Los barrios cerrados de la “ciudad” están gestionados a la manera de una empresa privada. La administración y la gestión empresarial están por sobre el gobierno y la política. El neoliberalismo y su década dorada de los años noventa impulsaron hasta el hartazgo esta nueva concepción de la “política”. En realidad, se trata de disminuir a la mínima expresión a la política y a todas las instituciones públicas del Estado. El principal objetivo es terminar con la “hinchazón política” para poder reducir los impuestos de los residentes. Si la ciudad es considerada una empresa particular el producto es el valor de la propiedad. Es decir, bajar los costos de la producción (de la política, de lo público) para incrementar las ganancias de los propietarios (lo privado).

Hay tantos venezolanos residiendo en la ciudad, que a menudo, es llamada Westonzuela. Los inmigrantes de aquella nación encuentran en esta ciudad-estado el “paraíso perdido” (desde el arribo del chavismo al poder) en la Venezuela natal.

En el conurbano bonaerense ya existe un barrio privado homónimo localizado en el Km. 41 del acceso Oeste, en el  Partido de Moreno. Por algo se empieza.

Por otra parte, de igual forma que en la ciudad privada de Weston, en los countries bonaerenses existe una tajante separación entre los residentes y los visitantes. Piñeiro (2010) en la novela Betibú lo muestra con gran elocuencia:

 

Los lunes son los días que lleva más tiempo entrar en el Club de Campo La Maravillosa. La cola de empleadas domésticas, jardineros, albañiles, plomeros, carpinteros, electricistas, gasistas y demás obreros de la construcción parece no terminar nunca. Gladys Varela lo sabe. Por eso se maldice, ahí donde está, parada frente a la barrera de la que cuelga el cartel “Personal y proveedores”, detrás de por lo meneos otras quince o veinte personas que, igual que ella, intentan entrar […] Todavía quedan tres hombres delante de ella […] A uno de los tres le lleva más tiempo el trámite porque no está registrado, entonces le piden el documento y le sacan una foto, y le precintan la bicicleta con un número de serie para que después salga con la misma bicicleta con la que entró. Y llaman al propietario para que autorice el ingreso. Antes de dejarlo pasar anotan la marca de la bicicleta, y el color, y el rodado, entonces Gladys se pregunta por qué además le precintan un número. ¿Será por si el que entra con la bicicleta encuentra una igualita pero más nueva, en mejor estado y sale con la otra? Demasiada suerte, piensa. Más que conseguir un boleto con número capicúa, o cantar cartón lleno en el bingo. Pero los hombres no se quejan del precinto, ni siquiera preguntan. Es lo que hay, reglas del juego. Aceptan. Y por un lado mejor, piensa Gladys, así uno puede demostrar cuando sale que no se llevó nada que no es suyo, que uno es decente. Mejor que anoten y que después no anden culpando porque sí […] Llega su turno, entonces Gladys entrega el papel. El guardia ingresa sus datos en la computadora y ella ve, de inmediato, su cara en la pantalla […] El guardia mira la pantalla y luego la mira a ella, lo hace dos veces, después le dice que pase. Unos metros más adelante otro guardia espera que abra la cartera. No hace falta que se lo pida, Gladys, y todos los que hacen la cola, conocen los pasos a seguir […] El guardia mueve las cosas dentro de la cartera de Gladys para ver qué hay. Ella le pide que anote en el formulario de ingreso de efectos personales el celular que trae en el bolsillo del buzo, el cargador del teléfono y un par de ojotas que lleva en la cartera. Se los muestra. El guardia anota. Lo demás no importa: pañuelos de papel; unos caramelos medios pegoteados; la billetera donde lleva el documento, un billete de cinco pesos y monedas para pagar el colectivo de vuelta; las llaves de su casa […] Eso no hace falta que lo anote, pero el celular, el cargador y las ojotas, sí. Ella no quiere tener problemas a la salida, dice (Piñeiro, 2010:11, 13-15).

 

 

Las requisas que les realizan a las personas que no son propietarios para poder ingresar a un barrio cerrado y desarrollar sus tareas laborales, manifiestan el carácter esencialmente privado de estas comunidades urbanas. La imagen que trasmite la narración de Piñeiro (2010) en la fila de entrada, se parece más el ingreso a una institución carcelaria que a un barrio. Lo que está muy claro es que se ingresa a un espacio de libertad restringida. En los countries, para los foráneos todo es privado, hasta los espacios “públicos”. Los que deben ingresar a trabajar ya lo toman como algo natural, así son las reglas (privadas), es lo que hay: en todas las entradas y salidas deben demostrar su decencia.

En los barrios privados hay entradas, “puertas” por donde se debe ingresar. Es el mismo criterio que se utiliza para acceder a una casa, edificio o cualquier otra construcción particular. En cambio, en las ciudades o barrios abiertos no hay puertas (algunas permanecieron como piezas de museo cuya única función es turística) explícitas que traspasar. El carácter esencial de la ciudad tradicional o clásica es lo público. Aunque parezca una verdad de Perogrullo, resulta necesario recalcar (en los tiempos que corren y más que nada para el futuro) que lo elemental de todo barrio o ciudad es su libre acceso y circulación. Si no estamos dispuestos a defender aquella virtud constitutiva, en poco tiempo tomaremos como algo cotidiano y natural que todos barrios tengan una “puerta” (cerrada con llave) para poder ingresar.

 

 

 

8.9. Conflicto de intereses

 

 

 

Los habitantes de las áreas cercanas a los lugares donde se localizan los nuevos emprendimientos cerrados, muchas veces se oponen a la apropiación privada del espacio público, en particular a los espacios previstos en los planos municipales como destinados a calles públicas. El cierre perimetral del barrio CUBA en Villa de Mayo, fue un caso testigo de conflictos de intereses entre los pobladores de “adentro” y “afuera” de la urbanización cerrada.

 

 

Una nota del diario Página 12 (1997) se refiere al caso:

 

Desde sus comienzos el barrio estuvo abierto, pero muchas calles que daban a la avenida Maipú estaban interrumpidas por zanjas y no tenían terraplén […] De esta manera, algunos plantaron árboles y plantas que convirtieron las calles en peatonales. Los vecinos de afuera del barrio lo utilizaban como parque para sus paseos o para hacer trote en sus calles interiores. En 1994, las autoridades de CUBA consiguen que el entonces intendente firmara una ordenanza que permitía el cierre perimetral del barrio. Así, donde antes había plantas, se colocaron alambrados y muros y de las 19 entradas quedaron abiertas solo 4 con garitas de vigilancia y barreras de prevención. En ese momento comenzaron los problemas de adentro y afuera. Los de adentro encerrados por un problema de seguridad y los de afuera molestos por las dificultades de tránsito que les imponía el cierre de las calles (Página 12, 23/3/1997:6).

 

 

En 1996, la Municipalidad de Malvinas Argentinas (desprendido del ex Municipio de General Sarmiento) sancionó una ordenanza derogando la anterior que autorizó el cercamiento del barrio. Oponiéndose al dictamen CUBA demandó la nulidad de esta ordenanza e interpuso un recurso de amparo de no innovar hasta tanto se resuelva sobre la acción iniciada. El recurso le fue rechazado y recurrió en queja a la Corte Suprema de Justicia, que ha dado lugar al amparo, solicitando la medida de no innovar para garantizar la seguridad de los vecinos del barrio privado (Colman Lerner, 1999). Por lo tanto, la privatización de la seguridad prevaleció sobre la utilización y el disfrute del espacio abierto. De acuerdo con el accionar de la Corte Suprema de Justicia, pareciera ser incompatible el hecho de poder garantizar la seguridad con el uso público del territorio, lo cual se está convalidando jurídicamente la fragmentación socioespacial de la ciudad.

Asimismo, la privatización del espacio provoca el desplazamiento del tráfico vehicular (y también del delito) hacia las zonas aledañas. Con lo cual existe una sobrecarga de las rutas principales, ya que son sobreutilizadas por el tránsito que recurre a ellas al no encontrar, en varias oportunidades, opciones de distribución dentro de la red secundaria de caminos. Lo que prima es un sistema de comunicación tipo peine: de la red troncal de autopistas se derivan algunos caminos que llegan a ciertos puntos. Empero no existe un sistema de comunicaciones intrapartido totalmente desarrollado. Además, los barrios cerrados pueden obstaculizar los accesos más directos y obligar a dar largos rodeos para recurrir a los medios de transporte público.

Por otra lado, en algunos casos los promotores inmobiliarios adquieren a bajo precio terrenos de cotas inundables y, a los efectos de cumplir con las reglamentaciones vigentes, los rellenan con tierra extraída de lugares lo más cercanos posibles. Por el cual, al realizar los rellenos, cambia la topografía y el escurrimiento natural del área y amplían el riesgo de inundación de zonas donde generalmente habitan sectores de población de escasos recursos.

También existen reclamos de los residentes de los complejos privados. Torres (1998) nos dice:

 

Los propios habitantes de los desarrollos, por su parte, tienen a su vez reclamos que les son propios. Consideran excesiva la mayor carga impositiva municipal, que ha sido tachada de improcedente en lo que respecta a los servicios, planteándose un conflicto claramente expuesto por algunos empresarios inmobiliarios que sostienen que los municipios no deberían cobrar por servicios que no prestan, puesto que los servicios básicos (agua, cloacas, seguridad) son financiados por los propios emprendimientos. Los municipios, a su vez, sostienen que es éste precisamente el mecanismo impositivo que permitiría generalizar la provisión de servicios a todo el territorio municipal (Torres, 1998:6).

 

 

La decisión del obispo de San Isidro, Monseñor Jorge Casaretto (1999), de autorizar (con ciertas prescripciones) la construcción de capillas en los barrios cerrados, para impedir “la privatización de lo religioso”, evidencia otro punto de tensión. La medida fue anunciada en la carta pastoral “Barrios privados: un nuevo desafío pastoral”, la cual promueve la integración entre los vecinos de las urbanizaciones privadas y los de su zona de influencia. Según las leyes canónicas, las iglesias poseen un acceso libre a todos, mientras que las capillas y los oratorios pueden tener un ingreso más restringido.

Monseñor Casaretto aclaró que no puede permitir que una persona que quiera acceder a una capilla se encuentre con un guardia en la puerta y con la entrada vedada. Solo admitirá la apertura de capillas en los barrios cerrados siempre que su entrada dé a una calle pública y que no se impida el acceso a los fieles.

A su vez, los habitantes de las urbanizaciones privadas manifiestan que las capillas dentro de los complejos cerrados, no derivan de un problema de índole religioso, sino de una cuestión de seguridad.

Por último, Torres (1998) destaca:

 

Los nuevos desarrollos, sin embargo, no se encuentran frente al "campo abierto", como es el caso de la suburbanización de las élites estudiada por Hoyt en las ciudades norteamericanas en las décadas de 1920 y 1930, sino que deben implantarse en los bordes de una extensa corona metropolitana que es el resultado de un proceso previo de suburbanización, de carácter popular: los loteos económicos y los enclaves "fuera del mercado" (las villas). Esta proximidad entre los  fenómenos no solo ha dramatizado los contrastes sino que ha creado franjas de tensión latente o manifiesta (Torres, 1998:10).

 

En este sentido, resulta ética, social, cultural, espacial y psicológicamente impactante, el muro que separa el barrio privado “Haras de Alvear” y la villa miseria “La Cava”. El paredón termina en lo alto con un alambrado electrificado a 12 volts, el mismo que se utiliza en el campo para ordenar al ganado vacuno (Figura 33). Algo similar sucede en otras ciudades latinoamericanas: por ejemplo en San Pablo, un paredón separa a la favela "Paraisópolis" de un exclusivo conjunto de departamentos en el barrio Morumbi (Figura 34).

 

 

 

 Figura 33: Límite entre el barrio cerrado “Haras de Alvear” y la villa

“La Cava” en San Isidro (Fuente: http://www.tumblr.com).

 

Figura 34: Muro que divide a la favela “Paraisópolis” de un lujoso

complejo de departamentos en Morumbi (San Pablo)

(Fuente: http://www.lecturaalsur.com). 

 

 

 

8.10. Barrios semicerrados

 

 

 

Los barrios semicerrados serían una especie de hijos no reconocidos legalmente de los countries o barrios cerrados. No llegan a poseer puertas de entrada, pero se las arreglan, a través de barreras, rejas o garitas de vigilancia, para impedir el libre acceso a los mismos. En Valencia (Venezuela) (Figura 35) (al igual que en otras ciudades de Latinoamérica) son muy frecuentes. Se los puede encontrar a cada paso. Vale el caso para contar una breve anécdota. En febrero de 2012 emprendimos con un grupo de amigos un viaje de vacaciones por Venezuela. Uno de ellos (Daniel), muy aficionado a las carreras de largo aliento. En nuestra estadía en Caracas (ciudad caótica por el tráfico de vehículos: no olvidemos que en Venezuela el combustible es más barato que el agua embotellada), Daniel solo pudo “salir” sobre la cinta del gimnasio del hotel. Cuando nos tocó visitar la ciudad de Valencia (una ciudad más vivible, al estilo de la ciudad de Córdoba), el maratonista supuso que iba a poder correr por las calles de la nueva ciudad disfrutando el ambiente tropical. Ávido por salir a entrenar, emprendió su cometido. No obstante, al poco tiempo de partir (más o menos quince minutos: nada para un corredor fondista) regresó al hotel bastante apesadumbrado. Todos pensamos (como “buenos” bonaerenses) que había sido víctima de un robo, por parte de algunos de los “tantos” marginales que habitan las ciudades del tercer mundo. Sin embargo, no fue esta la situación. Daniel nos comentó, con tono de asombro, que cada aproximadamente cinco cuadras las calles se terminan, porque existen barreras que impiden el acceso a los barrios que la academia los denomina semicerrados.

 

 

 

Figura 35: Barrio semicerrado en Valencia (Venezuela) (Fotografía: Romano, 2012).

 

 

Esta tipología de barrios también ha llegado a Buenos Aires. Según Robledo y Tella (2011):

 

No son pocos; si bien crecen año a año, desde hace un lustro se multiplican en forma exponencial: se estima que se cierran unas cien calles por año. Hoy, existen más de sesenta de estos barrios, que suman unas 1.200 calles cercadas por los vecinos (unos 50 mil, en total) y cuya superficie, si se pusiera toda junta, ocupa 100 kilómetros cuadrados: exactamente la mitad de la superficie total de la Capital Federal. Y, a diferencia de lo que podría pensarse, se reproducen en todas las zonas de la región metropolitana: en la zona norte y noroeste se da la mayor concentración –27 y 22 barrios, respectivamente– [Pilar, San Isidro y Malvinas Argentinas están a la vanguardia], pero también proliferan en la zona oeste (hoy hay cuatro) y en la sur, donde ya existen siete (Robledo y Tella, 2011:58).

El efecto contagio provocado por las urbanizaciones privadas legalmente constituidas, está alumbrando (siguiendo con la metáfora progenitora) una serie de cerramientos ilegales en diferentes zonas del conurbano bonaerense (Figura 36). A pesar que el fenómeno de los barrios semicerrados hizo eclosión hace poco tiempo, el origen se remonta a la década de 1970. Robledo y Tella (2011), hacen historia:

 

En el municipio de Malvinas Argentinas, el Country San Carlos y el Olivos Golf Club nacieron como barrios abiertos durante los años 50. Veinte años más tarde, cuando aún no existían los barrios cerrados, las autoridades locales les otorgaron la exclusividad de uso de calles públicas y el permiso de cierre. Esta experiencia se replicó en otros distritos, como los barrios Las Marías, La Posta y Altos de la Horqueta, en San Isidro, finalmente cerrados a fines de los ochenta (Robledo y Tella, 2011:59).

 

 

 

Figura 36: Barrio semicerrado El Cortijo (Malvinas Argentinas)

(Fotografía: Robledo y Tella, 2011:58)

 

Los casos originales anteriores no son ejemplos de buen augurio para la evolución de la ciudad abierta e integrativa. Si esta parte de la historia urbana logra repetirse, en un futuro cercano tendremos como resultado el cerramiento total y definitivo (es decir, legalmente constituido) de los barrios semicerrados. La ciudad pública pierde legitimidad frente al discurso hegemónico de la seguridad. Robledo y Tella (2011), dan cuenta del hecho:

 

[Existe] un discurso fuertemente instalado en favor del “orden, control y protección gestionada” por parte de vecinos de sectores medios de la población, que se apropian de ciertos fragmentos de territorio abierto y público, ante un gobierno local que en algunos casos desdibuja su presencia y repliega su accionar y, en otros, se instala como facilitador de tales procesos de autosegregación pretendida (Robledo y Tella, 2011:59).

 

 

Para que la lógica privatista del fragmento llegue a buen puerto, deben existir (por lo menos) dos partes articuladas: los vecinos que piden autogestión de la seguridad y el gobierno local que facilita la fractura del espacio público. Es decir, el barrio (de acuerdo con esta visión egoísta de urbanidad) no forma parte de la ciudad que lo contiene. Lo local está escindido de la totalidad. En definitiva, los gobiernos (frente a la presión mediática y de los vecinos, en cuanto al megatema de la seguridad) municipales están avalando un supuesto “beneficio” para pocos en perjuicio del resto de los vecinos, que sufren los inconvenientes del caso: pérdida de espacio público, disminución de la accesibilidad, aumento de prejuicios, etc.

 

 

 

8.12. Cementerios parque

 

 

 

Las promociones de los barrios privados suburbanos enfocadas en una vida sosegada en contacto con la naturaleza derivan sin solución de continuidad en la muerte suavizada de los cementerios parque. Iribarne (1999) comenta:

 

Hace algunos años, uno de los más conocidos cementerios privados de Pilar promocionaba su actividad a partir de una foto de la Recoleta y frases de este tenor: es el lugar más prestigioso –o quizás decía el más elegante- de Buenos Aires, pero ya no hay más espacio. La segunda mejor opción para su reposo (nunca muerte, tan vulgar) es […] (Iribarne, 1999:16).

 

 

Es interesante notar que en ambos casos hay imágenes (Figuras 37, 38 y 39) que se repiten: amplias extensiones de césped perfectamente acondicionado, árboles prolijamente podados y calles internas con denominaciones floridas. A veces aparecen grupos de esculturas o fuentes, pero siempre teniendo en cuenta el sentido paisajístico y no conmemoratorio. Tampoco hay referencias religiosas a la vista. La inmanencia que inunda la existencia también aleja el testimonio de la trascendencia.  En definitiva, no hay mucha diferencia entre un campo de golf o los jardines de un barrio privado y cualquier cementerio parque.

 

 

 

 

Figura 37: Parque Eterno (Burzaco)  (Fuente: Romano, 2008).

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 38: Parque Eterno (Burzaco) (Fuente: Romano, 2008).

 

 

 

 

Figura 39: Parque Eterno (Burzaco) (Fuente: Romano, 2008).

 

 

El propósito de los cementerios parque es ocultar (o más bien negar) la muerte bajo un paisaje lo más idílico posible. Esto no era así hasta hace unos pocos años: la muerte no se ocultaba, por el contrario, formaba parte de la vida cotidiana y se hacía pública a través de los ritos de participación colectiva. La muerte de un hombre modificaba solemnemente el espacio y el tiempo de un grupo social que podía extenderse a toda la comunidad. El duelo y los ritos inherentes a él eran un acontecimiento público que involucraban a la sociedad entera (Ariès, 2011).

Al expulsar la muerte, el tiempo pierde radicalidad, importancia, contundencia. Además, se pierde la preciosidad del instante, de lo irrepetible. Si no se acepta la finitud, es poco probable percibir la plenitud de la existencia. Porque “sin muerte” el tiempo es trivial, sin sentido. Hoy vivimos la muerte como una imperfección, algo que algún día venceremos. La posmodernidad ha cambiado de tabú: se destapó el sexo y se ocultó la muerte. Fernández Galiano (1993) agrega:

 

En estos tiempos, estar muerto no es  normal. Como ha señalado Baudrillard, la muerte es hoy una forma de delincuencia, una desviación, una anomalía impensable. Solo la muerte violenta del espectáculo o el acontecimiento mediático tiene legitimidad simbólica: la muerte cotidiana es vergonzante. Ocultamos a los muertos como ocultamos a los enfermos y a los viejos; juzgamos el duelo como una patología que puede curarse, reducimos los rituales funerarios a caricaturas abreviadas y degradamos la arquitectura de la muerte hasta extremos desconocidos en nuestra cultura (Fernández Galiano, 1993:35).

 

 

En la Edad Media la muerte estaba cerca, era algo familiar, formaba parte de la vida pública de la ciudad. No existía el pánico y la negación que se le tiene en la actualidad. Los cementerios fueron, junto a la calle, territorios fundamentales de la escena comunitaria urbana. Eran lugares de encuentros políticos, sociales, económicos y religiosos. Al igual que la plaza mayor, fueron utilizados como entornos propicios para el paseo y la reunión agradable (Ariès, 2011). ¿Será, entonces, pura coincidencia que en nuestros días, la desvalorización generalizada hacia la alteridad cercana y hacia el Otro (el más allá lejano), expulsa la vida social y la muerte de los espacios comunitarios de la ciudad? Los barrios privados y los cementerios parque, territorios reconvertidos en jardines paradisíacos, tal vez traten de silenciar e invisibilizar la complejidad inherente a la vida y a la muerte.

Los cementerios parque nacieron en Estados Unidos hacia principios del siglo XX, atestiguando una “religión” de la naturaleza por parte de sus principales clientes: los sectores ricos de la sociedad (Ariès, 2011). En los años sesenta surge, también en Estados Unidos (California), un nuevo movimiento espiritual denominado New Age, que entre sus postulados fundamentales establece la devoción por la naturaleza al considerarla parte de un organismo viviente de carácter divino (Sáenz, 1998). Si asimilamos a la era posmoderna con el debilitamiento de las creencias y los valores tradicionales, los cementerios parque son un síntoma relevante del cambio de época.

Finalmente, la residencia (barrios cerrados) y el “reposo” (cementerios privados) son parte de la misma problemática, “en tanto enclaves ilusorios y románticos, apartados de la realidad de una sociedad cada vez más estratificada, pauperizada y violenta” (Cabarrou, 1999:73). Ambos procesos proporcionan una vía de escape y sosiego ante la degradación generalizada de la ciudad pública. El deterioro de las condiciones de los centros urbanos y/o suburbanos consolidados (falta de mantenimiento de la infraestructura pública, basurales clandestinos, escasez de espacios verdes, inseguridad, etc.), provoca en amplios sectores de la clase media la utilización de servicios privados para la residencia y/o el “descanso definitivo”.

 

 

 

9. La ciudad moderna vs la ciudad global

 

 

 

En este apartado trataremos de dar cuenta de los cambios que ha sufrido el paradigma que sostenía a la ciudad moderna, y la intromisión de otro modelo de ciudad que intenta competir por la supremacía metropolitana. Silvestri y Gorelik (2000), nos introducen en el tema:

 

 

Desde mediados del siglo XIX las ciudades occidentales experimentaron un largo proceso de crecimiento y expansión, que se tradujo en una triple tensión, hacia fuera en el territorio, hacia adentro en la sociedad y hacia adelante en el tiempo: la expansión urbana, la integración social y la idea de proyecto, como procesos íntimamente conjugados en la experiencia de la expansión ilimitada [...] Ese marco de expansión continua definió las propias hipótesis fundacionales de la modernidad urbana: su idea de progreso. Pero hacia finales de los años sesenta y comienzos de los setenta el ciclo entra en crisis como resultado de una serie de procesos: deslocalización industrial, desmembramiento de los centros terciarios, flujos inversos entre la ciudad y el campo, con el efecto de una urbanización difusa y la proliferación de “periferias internas”, vacíos en tejidos compactos, viejas áreas industriales abandonadas, sectores completos de residencia que entran en decadencia frente a localizaciones de punta (tecnológica y social), obsolescencia de las infraestructuras globales, etcétera (Silvestri y Gorelik, 2000:462).  

 

 

Con mayor o menor nivel de tensión, amplitud y rapidez, el proceso de expansión urbana moderna (entendido de manera amplia: ciudadanía política, social y económica) se fue llevando a cabo en las distintas ciudades del centro y de la periferia del mundo occidental. En el caso del Aglomerado Gran Buenos Aires, Silvestri y Gorelik (2000) comentan:

 

[…] el ciclo expansivo estuvo marcado básicamente por el trazado inclusivo de las infraestructuras públicas por parte del Estado desde finales del siglo XIX y por la expansión, sobre aquel soporte público, de un mercado habitacional privado diseminado ampliamente en la sociedad a través de operaciones de pequeña escala. La sucesiva formación de suburbios fue posibilitaba por una irradiación subsidiada del transporte público, y estuvo caracterizada por la comunicación universal de la cuadrícula pública y la casa unifamiliar propia como modelo de radicación; en ese proceso, los sectores populares iniciaron a partir de la primera década del siglo XX el camino del ascenso social que crearía uno de los aspectos diferenciales de Buenos Aires en el contexto latinoamericano: la clase media porteña (Silvestri y Gorelik, 2000:462).

 

 

El Estado en su carácter de vanguardia y principal inversionista urbano, proponía una ciudad potencialmente accesible al conjunto de la sociedad. Las pequeñas inversiones privadas, contenidas y facilitadas por el progreso de las políticas públicas, iban completando con esfuerzo y expectativa el horizonte posible de la cuadrícula urbana. El imaginario de una ciudad para todos reforzaba el ánimo y la esperanza de un futuro promisorio. Sebreli (2003), da cuenta de una ciudad abierta sin espacios vedados para los sectores populares:

 

Los bosques de Palermo, paseo tradicional de las grandes familias (desfile de carrozas, luego de automóviles), eran igualmente frecuentados por las clases populares. Una institución característica de la elite, el Teatro Colón, era a la vez policlasista; aunque estrictamente compartimentado, según el precio de las localidades, permitía el acceso a la galería a las clases medias y a las clases bajas al paraíso, con un público exclusivo de modestos trabajadores italianos adictos a la ópera. De igual modo ocurría con el Hipódromo de Palermo: asistían los elegantes turfmen a los palcos y los “burreros” a la popular, en tanto en los studs del Bajo Belgrano se mezclaban los niños bien con los lúmpenes. El diseño de la ciudad no era ajeno a estas intenciones: la división en zonas de acuerdo con las clases no impedía una distribución homogénea de los servicios públicos, con la progresiva electrificación, pavimentación, extensión de los medios de transporte que comunicaban a los barrios entre sí y a todos con el centro (Sebreli, 2003:244).

 

 

Gorelik (1998) ha observado que la realización del plano de la Ciudad de Buenos Aires de 1898-1904 (siguiendo el modelo de la grilla –la manzana regular- y el parque) buscaba principalmente la integración de los sectores populares al resto de la ciudad consolidada. Gorelik (1998) continúa:

 

Quiso ser, por supuesto, la manera de guiar una sociedad convulsionada hacia el ideal de una comunidad de pequeños propietarios [...] En su proyecto de solución del problema de la habitación obrera, Domingo Selva vinculaba, precisamente en 1904, [...] por una parte, la pequeña propiedad, porque “contribuye al deseo de pasarlo con cierta holgura, le vincula (al obrero) al suelo generoso que lo hospeda, lo convierte en un cuasi ciudadano, no indiferente ya a los dolores y a las alegrías del país en que vive y lo sustrae de toda agitación partidista o gremial mal entendida, haciéndolo eminentemente conservador”; pero, por otra parte, junto a esa idea conservadora del rol de la propiedad, [...] Selva da por obvias las condiciones para la ubicación de esos obreros “cuasi ciudadanos” en la ciudad, en una búsqueda de integración que descartaba los modelos ya en boga de “suburbio jardín” -cuyo aislamiento favorecía la estratificación social- (Gorelik, 1998:146 y 148).

 

 

Una vez más, como en el caso del plan urbanístico propuesto por el barón de Haussmann para la ciudad de Paris, una idea pensada desde su lado más conservador: crear una sociedad de pequeños propietarios no antagónica a los intereses burgueses, cobra impulso propio y va desarrollando su parta más positiva y democrática: la formación de un espacio público que va incorporando a través de las distintas instituciones públicas y sociales a los “nuevos” integrantes de la ciudad.

La difusión de la ciudad orientada por el conglomerado de la grilla y el parque también intentó descomprimir los conflictos sociales. Gorelik (1998) asevera:

 

[...] había formado parte de una política de estado reformista, integradora y conservadora, que también mostró rápidamente sus efectos en el entramado del conflicto social: es notorio, en esos años, que la ciudad, abriendo sus fronteras a la residencia periférica, ofrece un espacio de amortiguación que desplaza y desvía el conflicto social desgranándolo sobre el territorio, produciendo una fabulosa experiencia en que la geografía le impone leyes a la sociedad y mostrando la otra “función” de la expansión, contribuyendo a destrabar los conflictos de la sociedad tradicional (Gorelik, 1998:179).

 

 

Por suerte, el proceso de suburbanización de la clase trabajadora, funcional a la descongestión del conflicto social de la ciudad oligárquica, no siguió el modelo de “suburbio jardín” protagonizado por la clase media estadounidense. La ciudad fue inmune, entonces, al aislamiento socioespacial que proponía aquel paradigma de periferización. Gracias a la homogeneidad del entramado urbano, los contrastes socioeconómicos no fueron un impedimento insalvable para la integración sociosepacial entre el centro y los barrios de la periferia.  

En este modelo de ciudad abierta la sociabilidad practicada fuera del ámbito hogareño fue fundamental. Sebreli (2003) nos dice:

 

Cada barrio tenía su calle comercial y su plaza (ámbitos adecuados para el paseo), la escuela que anudaba relaciones, y sitios de esparcimiento: salones de baile, restaurantes, confiterías, cafés, salas de cine, y hasta teatros (el Variedades de Constitución, El Fénix de Flores, el Boedo) que contribuían a la vida barrial; aunque cada sector del vecindario, de acuerdo con su jerarquía, optaba por uno u otro de esos lugares dándoles cierta coloración social. Incluso algunos comercios (como el almacén o la peluquería) y aun el tranvía, donde casualmente coincidían los vecinos, eran sitios transitorios de sociabilidad (Sebreli, 2003:245).

 

Podríamos sumar a lista de espacios de sociabilidad propuesta por Sebreli, a las  ferias, los clubes sociales y deportivos, las parroquias, las asociaciones mutuales, los ateneos culturales, las bibliotecas públicas, los centros políticos, etc. La cantidad y la variedad de los territorios de encuentros fueron un complemento y también una válvula de escape que atenuaban la precariedad de las diversas formas del hábitat popular.

La pluma de Arlt (1958:65) ha retratado con gran maestría la vida y esencia de los barrios porteños. En sus Aguafuertes porteñas relata:

 

Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo que tienen todos estos barrios!; estos barrios porteños, largos, todos cortados por la misma tijera, todos semejantes con sus casitas atorrantas, sus jardines con la palmera al centro y unos yuyos semiflorecidos que aroman como si la noche reventara por ellos el apasionamiento que encierran las almas de la ciudad; almas que solo saben el ritmo del tango y del “te quiero”. Fulería poética, eso y algo más. Algunos purretes que pelotean en el centro de la calle; media docena de vagos en la esquina; una vieja cabrera en una puerta; una menor que soslaya en la esquina, donde está la media docena de vagos; tres propietarios que gambetean cifras en diálogo estadístico frente al boliche de la esquina; un piano que larga un vals antiguo; un perro que, atacado repentinamente de epilepsia, circula, se extermina a tarascones una colonia de pulgas que tiene junto a las vértebras de la cola; una pareja en la ventana oscura de una sala: las hermanas en la puerta y el hermano completando la media docena de vagos que turrean en la esquina. Esto es todo y nada más. Fulería poética, encanto misho, el estudio de Bach o Beethoven junto a un tango de Filiberto o de Mattos Rodríguez. Esto es el barrio porteño, barrio profundamente nuestro; barrio que todos, reos o inteligentes llevamos metidos en el tuétano como una brujería de encanto que no muere, que no morirá jamás (Arlt, 1958:65).

 

El colorido y la diversidad social, cultural y económica de los territorios locales no contradicen la homogeneidad urbanística del damero infinito sino que en gran medida son impulsados por el plan colectivo de la grilla y el parque. La importancia de la calle, de la esquina, del espacio público en general: sus instituciones sociales, políticas y de esparcimiento, que contiene a su población variopinta, forman parte constituyente y distintiva de los barrios de Buenos Aires. Espacios recorridos al mismo tiempo por el progreso y la nostalgia mitológica, el presente buscaba su rumbo impregnado por un devenir hecho de promesas y realidades. Gorelik (1998), los define:

 

Pero este espacio histórico no va a estar definido por una tradición, como el barrio de la ciudad tradicional europea, ni por un destino, como el vecindario de la modernización sin cualidad, sino por un proyecto: en los primeros años de la formación de los barrios, la patria chica está hecha de promesas, de integración, de ascenso, de mejoras, de triunfos; es, en este sentido expreso, progresista (Gorelik, 1998:301 y 302).

 

 

A diferencia de las ciudades europeas, de las urbes latinoamericanas con fuertes tradiciones precolombinas y de los suburbios estadounidenses; no fue la historia ni la Providencia, sino el proyecto basado en el espacio público y sus instituciones quienes conformaron la idiosincrasia de los barrios porteños. En este caso, la categoría de “desierto” o de baja intensidad histórica, cultural y natural de la ciudad de Buenos Aires fue muy bien aprovechada para ir anexando a los futuros barrios a la idea de un Estado-nación en formación.

Entre 1830 y 1930 la movilidad social ascendente era imaginable y realizable a la vez. El trayecto recorrido por las clases populares en convertirse en sectores medios fue una característica peculiar de la ciudad de Buenos Aires en relación con otras urbes de América Latina. El afán de progreso de las nuevas clases medias hizo que la calle fuera más importante que la casa. Romero (1976), lo ejemplifica:

 

Fue la vida de los hombres fuera de su casa la que reveló transformaciones más profundas [...] Todos notaban que la vida se hacía poco a poco más vertiginosa, y deseaban estar en el vértigo porque sospechaban que, de lo contrario, retrocedían en lugar de avanzar. La calle eran los cafés y los restaurants, los teatros y los cines, pero también eran las oficinas y los bufetes, los clubes y los centros políticos. Si la familia quería progresar, era imprescindible que su jefe cultivara sus relaciones y procurara extenderlas (Romero, 1976:299).

 

 

Los nuevos barrios suburbanos que se fueron abriendo paso entre la marginalidad y la sociedad normalizada, poco a poco dieron lugar a la cristalización de una cultura original: mezcla de pasión, bohemia, nostalgia y esperanza (en el siguiente ensayo El tango y la cumbia villera como expresiones del suburbio se desarrollará la temática con mayor amplitud). Ramos (1999), la vivifica de la siguiente forma:

 

Esa imagen de nuevo suburbio, que respondió a un patrón casi constante –el damero infinito-, dio cuenta de un espacio social de claras diferencias con el centro urbano modernizado [...] Esta cultura popular sui generis, producto del encuentro conflictivo y radicalmente ambiguo de la América profunda y la América eurourbana, creó el tango, el candombe, la milonga, la poesía “rante”, las murgas y la temática del sainete; [...] creó una nueva cocina como amalgama de comidas criollas, indígenas y europeas; nuevas modas vestimentarias; nuevas lenguas como el cocoliche y el lunfardo [...] Este arrabal influenció la poesía y la literatura de Evaristo Carriego y Leopoldo Marechal [...] A su vez, se crearon espacios culturales propios, como clubes de madres, comedores populares, juntas vecinales, canchas de bochas, centros murgueros, peñas folclóricas y otros condensadores sociales [...] En síntesis, esta periferia urbana generó su propio orden. Un orden asentado en la solidaridad, la participación social, [...] un espacio cultural de encuentro y mezcla con toda la complejidad ambiental, las tensiones y conflictos que esto supone (Ramos, 1999:44 y 45).

 

 

En la Ciudad de Buenos Aires, a diferencia de otras ciudades del mundo, se construyó un espacio urbano en el que escasearon las diferencias por razones étnicas o de lugar de origen. Como acertadamente afirma Sarlo (1999:19): “[los argentinos] ignoramos lo que significan las identidades con guión (es decir, la forma de las identidades que posee Estados Unidos: ítalo-americano, polaco-americano, afro-americano)”. La ley 1420 de 1884 que estableció la obligatoriedad, gratuidad y laicidad de la enseñanza primaria tuvo mucho que ver con la proyección de una sociedad sin guetos étnicos ni religiosos. Aunque la ley surgió en un contexto político liberal, el Estado mantuvo el monopolio de la educación. Esto fue necesario para garantizar una educación por fuera de los principios confesionales (las escuelas estaban en manos de la iglesia católica), para sostener la libertad de culto de los inmigrantes, y para poder cohesionar a los recién llegados con la cultura y los ideales de la nueva nación (Jitrik, 1982). La escuela pública de gestión estatal, concentrada en la inclusión de los hijos de inmigrantes y de las etnias nativas al flamante Estado-nación, fue con frecuencia poco respetuosa de la diversidad cultural. El Estado utilizaba a la institución escolar como medio para imponer los valores de la “nación dominante”: la nación liberal que nació luego de la batalla de Pavón.

Segato (1998:17) asocia el énfasis puesto de la escuela pública e gestión estatal en la unificación nacional con el “terror étnico” y “el pánico a la diversidad”. La vigilancia de la pluralidad pasó por mecanismos institucionales oficiales, desde ir al colegio todos de blanco, prohibir el quechua y el guaraní donde todavía lo hablaban y por estrategias informales de vigilancia: la burla al acento, por ejemplo, aterrorizaba a generaciones enteras de italianos y gallegos, que tuvieron que autocensurarse para no hablar mal.

Desde la década de 1930, el proceso de suburbanización continúa fuera de los límites de la Capital Federal. En este caso, a medida que el fenómeno de expansión se aleja del centro metropolitano va perdiendo calidad urbana (relajamiento de las políticas de planificación: crecimiento espontáneo sin acompañamiento del equipamiento urbano) pero todavía conserva la inercia de lo público (intervención del Estado en la economía y trama urbana inclusiva). Silvestri y Gorelik (2000) nos brindan mayores detalles:

 

Ya en el segundo ciclo de la expansión metropolitana, el del Aglomerado Gran Buenos Aires a partir de la década de 1930, el soporte público se hizo crecientemente deficiente: las normas de uso del suelo en las coronas suburbanas provinciales fueron mucho más permisivas que en la Capital, no se produjo un plano público de conjunto ni se realizaron infraestructuras que garantizaran una llegada equitativa y universal de los servicios; pero, sin embargo, la expansión continuó realimentada por una combinación de factores relativamente independientes de las políticas urbanas específicas: una economía en crecimiento, la tradición estatal del bienestar y la inercia de una estructura urbana, la cuadrícula pública, potencialmente inclusiva, se encargaron de sostener en el tiempo aquella tensión igualadora (Silvestri y Gorelik, 2000:462).

 

 

La expansión urbana fue protagonista de las tensiones y los conflictos de intereses provocados por la idea fuerza del desarrollo económico y los genuinos reclamos de justicia social. A pesar de la particular influencia de cada coyuntura política, donde los conflictos tendían a resolverse con mayor o menor democracia política y distributiva, durante la etapa de tiempo que abarca desde 1930 hasta aproximadamente la mitad de la década de 1970, el Aglomerado Gran Buenos Aires puedo sostener con bastante éxito las vicisitudes planteadas por el crecimiento y la participación social. Silvestri y Gorelik, (2000), lo formulan de la siguiente manera:

 

Estas fueron [haciendo referencia a la cita anterior] las bases de un desarrollo metropolitano que siguió favoreciendo la incorporación autogestionada de sectores sociales a la propiedad inmueble dentro de un horizonte de ascenso social. Y también fueron las bases de un pensamiento sobre la ciudad que siguió imaginando un crecimiento homogéneo, en el que las diferencias tendían a disolverse: desde los parques públicos finiseculares hasta los conjuntos habitacionales del peronismo, desde el trazado de la red de subterráneos hasta el conjunto terciario de Catalinas Norte en los años sesenta; todos los grandes emprendimientos con que se fue conformando el perfil moderno de la ciudad, [...]  se postularon como difusores de una modernización capaz de afectar y transformar las pautas sociales y culturales del conjunto de la sociedad urbana; se pensaron como faros irradiadores de ideologías, como “polos de desarrollo”, siendo el desarrollo un valor ampliamente compartido por la sociedad (Silvestri y Gorelik, 2000:462 y 463).

 

 

Hasta el mercado de viviendas fuera de la ley denominadas “villas de emergencias”, surgidas principalmente por la llegada de inmigrantes internos atraídos por la creación de empleos que producía el modelo industrializador del primer peronismo, era considerado por los propios residentes y por el gobierno como un proceso transitorio vinculado al repentino crecimiento de la economía.

Para concluir con la descripción y explicación de la Buenos Aires moderna, nos parece oportuno transcribir parte de una bella poesía: Peón cuatro raviol de Jorge Ramos (2000:21-24):

 

Buenos Aires,

análoga caligrafía,

urbana cartografía

igual a todas las albañilerías

cuchareadas

en sus posteriores días.

Ciudad insistente,

tautológica,

mimeográfica,

de interminables ecos cartesianos

tartamudeados a los cuatro vientos.

[...]  Buenos Aires,

ciudad de papel,

futura morada

de muchedumbre inmigrada,

enquilombada Babel,

menguante de españoles;

con premonitoria forma

de caja de ravioles

cocidos ordenadamente,

al dente,

en la cacerola de los nietos de Vignola.

 

[...] Anglófilos funcionarios,

a cara de perro,

la atravesaron

con caminos de hierro,

spaghetti ferroviarios

menos sabrosos, seguramente,

que aquel primer “spago” oriental

morfado por Marco Polo

en la corte del Kublai Kan.

 

Con la modernidad haussmanniana

llegaron las diagonales y el bulevar

para que alfiles y damas

se pasearan

de la Rosada al Congreso

y al Tribunal.

 

Por el capricho de algún rematador

las piezas se mezclaron

en la expansión

y los “malfatti” de la periferia

se escurrieron por el colador

de la ancestral tozudez

de la miseria.

 

Desafiando el tablero infinito

y la raviolada

desmesurada,

la cercaron despacito:

primero silos y docks

sobre el río sin arena,

después la General Paz

(trinchera poligonal)

y allá… en la puerta pampera

en estilo internacional,

Lugano uno y dos,

Soldati y Piedrabuena.

 

Con esta inmensa marea

de la América morena,

de tranvía, tren y ruta,

de remate en bañadera,

la Buenos Aires cuadrada

se estiró como gomera [...]

Desde la creación del plano de la Ciudad de Buenos Aires de 1898-1904 se intentó difundir una ciudad “tautológica”, ordenada por la cocción al dente de la “raviolada” (damero planificado). Aunque a partir de 1930, la “raviolada” fue desafiada por los “malfatti” (damero espontáneo) de la periferia, todavía (hasta comienzos de los años setenta) la “masa” constitutiva de la Buenos Aires moderna-expansiva conservaba los ingredientes fundamentales que le permitía desplegarse con relativa elasticidad, sin mayores resquebrajamientos.

En el Aglomerado Gran Buenos Aires el ciclo expansivo con inclusión social comienza a resquebrajarse seriamente, hacia mediados de la década de 1970, de la mano de la última dictadura militar. Las medidas tomadas relacionadas con un tipo de cambio deprimido que destruyó a la industria nacional, la descentralización industrial hacia el interior del país que generó grandes vacíos en el tejido urbano, la brutal erradicación de las villas de emergencia de la Capital expulsó a los habitantes hacia sus provincias de origen (Silvestri y Gorelik, 2000), y la trilogía de normativas urbanas del año 1977: la ley de alquileres (que facilitó la indexación de los inmuebles), la sanción del Código de Planeamiento Urbano de la Capital (que intensificó la especulación inmobiliaria) y el Decreto-Ley 8912 de Usos del Suelo de la provincia de Buenos Aires (que desanimó la construcción de viviendas económicas) (Oszlak, 1991; Torres, 1993); fueron sintomáticas del nuevo proceso que estaba por empezar.

Asimismo, las grandes obras públicas emprendidas por la dictadura (la construcción de autopistas, la remodelación de estadios de fútbol, la modernización de canal 7, la intervención en plazas y parques, la construcción de Interama, la creación del CEAMSE) fueron parte de “una modernización que ya no tenía como contracara el ciclo ‘progresista’ [...] de expansión hacia afuera del territorio –metropolización- y hacia adentro en la sociedad –integración y ascenso-” (Gorelik, 2004:197 y 198). Tenemos por un lado, la sobreactuación del Estado a través de sus emprendimientos faraónicos que impresionaron a muchos poco informados. Y por otra parte, la desaparición del mismo Estado en cuestiones de regulación económica. El resultado fue lamentable: al mismo tiempo que se abandonaba la promoción de los sectores populares, se alentaba (por acciones u omisiones) la concentración del poder económico.

La recuperación de la democracia en 1983 produjo una apreciable revitalización cultural y política del espacio público, pero no pudo expandir sus acciones para inducir una desconcentración del poder económico-financiero. Renacía, entonces, una democracia formal que permanecía bajo las garras de los poderes fácticos tradicionales (militares, terratenientes, grandes corporaciones nacionales o multinacionales, organismos internacionales de crédito). El poder político debilitado por el constantemente acoso de los poderes conservadores, no puedo hacer frente a las demandas sociales y económicas postergadas por la última dictadura militar. En este marco socioeconómico, el Aglomerado Gran Buenos Aires sufrió múltiples carencias relacionadas con la infraestructura de servicios, el sistema público de transporte y comunicaciones, la situación habitacional y el sistema hidráulico. “Entonces fue notorio que los hilos que mantenían la tensión expansiva se habían cortado, revelando una [...] fragmentación del artefacto urbano: cortada la red pública universal de sostén material de la modernización urbana se desvanecía la idea de un destino para Buenos Aires con su promesa de homogeneidad” (Silvestri y Gorelik, 2000:466).

En el contexto de una sociedad cada vez más fragmentada, surgen los asentamientos a principios de los años ochenta. Las tomas de tierras para el desarrollo de poblamientos ilegales fueron el resultado de la aplicación del Decreto-Ley 8912 que prohibía el fraccionamiento de terrenos sin una infraestructura de servicios consolidada. Por lo tanto, las tierras con mejores equipamientos urbanos y más costosas solo pudieron ser adquiridas por los sectores sociales medios altos y altos, que en muchos casos fueron utilizadas para el desarrollo de barrios cerrados.  

A diferencia de las villas de emergencia que se pensaban transitorias, los asentamientos nacieron con la idea de establecerse de manera permanente. Fueron producto de una acción colectiva y planificada, donde estuvieron involucrados referentes sociales, políticos, sindicales y religiosos. Por tal motivo, luego de la ocupación de la tierra, se buscó entrar en contacto con las autoridades gubernamentales para regularizar la situación, ya sea en el tema de la tenencia de la tierra como en lo referente a la urbanización del asentamiento (equipamiento y servicios urbanos). Los asentamientos buscan asimilarse a los barrios populares adyacentes para así escapar al rótulo estigmatizante de la villa de emergencia, asociado a la haraganería y al delito (Merklen, 1995). A diferencia de las villas de emergencia, originadas en el contexto de un modelo económico y social inclusivo, los asentamientos fueron la cara visible de un arquetipo de país estructuralmente fragmentario y excluyente.  

En los años noventa, la apertura y la desregulación de las actividades económicas van a proporcionar una nueva configuración urbana. La aplicación de una política económica neoliberal acompañada de una moneda local sobrevaluada, sostenida “mágicamente” por las privatizaciones, los préstamos externos y la entrada de capitales golondrinas en busca de elevadas tasas de interés[15], produjo un gran daño socioeconómico a la nación. El desempleo resultante y el incremento de la pobreza en condiciones estructurales, sin horizontes de progreso alguno, creó una ciudad reaccionaria y desigual. No obstante, lo que más daño causó el capitalismo apátrida de los noventa fue la degradación del alma política y económica del pueblo. Así lo explica Rinesi (2004):

 

Porque cada vez más, en Buenos Aires, ser es ser clientes. No ya ciudadanos (esa añoranza de las postales de 1810, la Plaza bajo la lluvia y el pueblo que quería saber de qué se trata) ni usuarios (esa nostalgia del viejo estatalismo, del viejo keynesianismo Que creíamos superado y que nos suponía en situación de utilizar los bienes que el Estado había construido para nosotros). No: clientes. Contribuyentes –en realidad- y clientes. Contribuyentes, en efecto, al Nuevo Estado Equilibrado y Sin Inflación, y clientes de las empresas privadas a las que el Viejo Estado Paquidérmico y Deficitario ha malvendido, con pompa y desparpajo, su patrimonio (Rinesi, 2004:57 y 58).

 

 

La política seguida por el mercado y también promovida por el Estado, modernizando algunos fragmentos estratégicos de la ciudad, convirtió a la ciudad en espacio habilitado para realizar buenos negocios en servicios y bienes banales. Muxí (2004) apunta:

 

A diferencia de las inversiones precursoras en los countries (década del 30), las promociones de la década de 1990 fueron gestionadas por grandes grupos inmobiliarios, con dinero proveniente en su mayor parte de fondos de inversión de planes de jubilación. Esta simultaneidad global entre el anuncio del fin de la jubilación pública y la garantía de los planes privados que inundó la publicidad a comienzos de la década, pone en evidencia el proceso de “hacer” ciudad como inversión y negocio para el capital financiero (Muxí, 2004:81).

 

Los grandes emprendimientos realizados en el Aglomerado Gran Buenos Aires en la última parte del siglo XX (emblemáticas torres de viviendas y empresas, autopistas, shoppings, hipermercados, urbanizaciones cerradas, Puerto Madero, el Tren de la Costa, etc.) pueden confundir a muchos y desechar la idea de una ciudad en crisis (Sebreli, 2003). Habrá que responder, con Gorelik (2001), que se trata de una modernización de superficie destinada a un pequeño sector de la población. No existe una modernización en profundidad (infraestructura, tecnología, servicios, transporte, vivienda) que beneficie a la mayor parte de la sociedad. Tampoco funcionan como dinamizadores del espacio público sino como enclaves recortados sobre un fondo de decadencia, espejos de los procesos de concentración económica que les dieron origen.

La modernización de superficie, “genera, a la vez, comunicaciones ágiles y embotellamientos, acceso más o menos simultáneo a una vasta oferta cultural internacional y la dificultad de gozarla porque el museo o el teatro queda a una hora o dos de nuestra casa y el transporte es deficiente”, (García Canclini, 1999:87), acceso a Internet pero cuando llueve hay cortes de luz que nos hacen regresar de la computadora a la máquina de escribir, la posibilidad de operar con cajeros automáticos pero seguimos haciendo colas para realizar trámites, tecnología del siglo XXI pero distribuida con elementos del siglo XIX: postes y cables que pasan por delante de las viviendas sumando a la contaminación visual del espacio público.

El reciclado del Tren de la Costa, “un circuito turístico con estaciones shoppings” (Sebreli, 2003:273), pone muy en claro el contraste entre el progreso de superficie y el desarrollo en profundidad. Siguiendo con Sebreli (2003):

 

En un país donde se han levantado vías férreas dejando en la incomunicación a pueblos enteros, anulando trenes aun entre la Capital y ciudades importantes, [...] se permite, en cambio, la instalación de trencitos de juguetes para comunicar paraísos artificiales de consumo (Sebreli, 2003:273).

 

 

La inversión paradigmática que produjo una nueva tipología urbana y una nueva manera de concebir la ciudad ha sido el shopping center. Silvestri y Gorelik (2000) aseveran:

 

[...] a diferencia de las tipologías modernistas, el shopping se monta con comodidad sobre el fin del ciclo “progresista”, en la decadencia económica y la retirada del Estado, porque es la avanzada de una ciudad que ya no supone la expansión y la homogeneización, sino que trabaja sobre el contraste y el imaginario de la exclusión [...] el shopping [...] vive del contraste, porque el orden y la seguridad que en la ciudad postexpansiva se demandan como nuevo valor escaso en el espacio público, los ofrece dentro de su propio mundo cerrado (Silvestri y Gorelik, 2000:484).

 

 

Los pobres, ante este panorama, buscan en el shopping un refugio de cristal y plástico que los separe de la ciudad de la basura y del terror. Los sectores sociales más vulnerables, en coincidencia con Sarlo (1994):

 

[...] (que) carecen de una ciudad limpia, segura, con buenos servicios, transitable a todas horas; viven en suburbios de donde el Estado se ha retirado y la pobreza impide que el mercado tome su lugar; soportan la crisis de las sociedades vecinales, el deterioro de las solidaridades comunitarias y el anecdotario cotidiano de la violencia [...] van [al shopping] los fines de semana cuando los menos pobres y los más ricos prefieren estar en otra parte. El mismo espacio cambia con las horas y los días mostrando esa cualidad transocial y fragmentaria que, según algunos, marcaría a fuego el viraje a la posmodernidad (Sarlo, 1994:21).

 

Así, la categoría tiempo define los usos del espacio cotidiano. Esta “ciudad en capas” (Marcuse, 1998) hace que distintos sectores sociales utilicen un mismo espacio de diferentes maneras en distintos horarios. Si el territorio no es lo suficientemente contundente para separar a los más ricos de los más pobres, la tarea disuasoria es realizada por el tiempo, apelando a su mayor flexibilidad y anonimato.

 La ciudad constituida desde los principios de la economía de mercado fue creando un sistema urbano fragmentario, selectivo y especializado a manera de “islas” (Figura 40) que acentúa la segregación socioespacial de la metrópoli y favorece la constitución de “guetos”. Al respecto, Liernur (2001) expresa:

 

En suma, la construcción de la ciudad de fin de siglo ya no sigue el sencillo esquema de crecimiento en mancha de aceite que fue característico a lo largo de todo el siglo. Aunque con el tiempo adquiriera cierta autonomía, la constitución de vecindarios y luego de barrios[16], tanto en el primero como en los sucesivos cordones de expansión, estaba subordinada a una centralidad de grado “superior” correspondiente al centro histórico de la ciudad. En los comienzos, se trató de sectores escuálidos con una ocupación irregular de territorio, pero con el tiempo se fueron rellenando los huecos y se alcanzó una centralidad complementaria pero nunca alternativa. La ciudades de fin de siglo, en cambio, explotan e implotan al mismo tiempo (Liernur, 2001:382 y 383).

 

 

Figura 40: Organización socioespacial del Aglomerado Gran Buenos Aires  (Fuente: elaboración propia en base a Thuillier, 2005b).

 

La estructuración de un espacio urbano difuso o disperso también fue potenciado por el diseño de las principales vías de circulación. Si analizamos el mapa (Figura 41) sobre las rutas de crecimiento del Aglomerado Buenos Aires, observamos una expansión donde predominan los ejes de comunicación tentaculares (paralelos o perpendiculares a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) frente a la escasez de las rutas de circunvalación. La disposición de las rutas y autopistas invitan, entonces, a desgranar el tejido urbano en vez de tratar de propiciar la integración entre los distintos espacios habitados o por habitar.

 

 

 

Figura 41: Las rutas del crecimiento

(Elaboración propia en base a Clarín, 27/08/2005:2)

 

Los nuevos procesos suburbanos (en formato de barrios cerrados) protagonizados por los sectores más pudientes de la población suponen la dispersión (explosión) y la fragmentación (implosión) del Aglomerado Gran Buenos Aires. La mayor autonomía de la periferia posmoderna en comparación a los suburbios modernos implica la desarticulación de los vínculos tradicionales (de dependencia y solidaridad) entre el centro y la periferia privatizada. Asimismo, como ya habíamos hecho referencia en páginas anteriores, también existe falta de comunicación entre la periferia (cerrada) y la periferia (abierta). Liernur (2001) asevera:

 

Enormes terrenos en los costados de las nuevas redes de autopistas son ocupados por cajas cerradas sobre sí mismas, instaladas las más de las veces sin ninguna vocación de articulación con el contexto en el que se encuentran, ni si quiera en el plano de la retórica, por cuanto como señales destinadas a ser percibidas a gran velocidad, su carga de información debe reducirse al mínimo que se alcanza con la exhibición de marcas de dimensiones gigantescas (Liernur, 2001:383).

 

Lo mismo podríamos decir entre el centro tradicional (conjugado por la mezcla social) y el centro posmoderno (más exclusivo: conformado de torres country y barrios gentrificados). Si traducimos este paisaje en un planisferio nos resultaría lo siguiente: grandes continentes (de barrios de clase media baja y clase trabajadora) separados por estrechos bien vigilados (barrios de clase media tradicional) rodeados de océanos surcados por archipiélagos de indigencia y de opulencia. Ciccolella (1999), agrega:

 

[...] el proceso es sumamente complejo ya que también se reestructuraron en algunos casos las periferias de la segunda corona del Gran Buenos Aires, partidos como Quilmes, Avellaneda, Ezeiza, San Isidro, Tigre, están sufriendo transformaciones muy fuertes de su espacio residencial, productivo, logístico, comercial e industrial, donde el crecimiento no solo se concentra en las antiguas áreas centrales, sino también sobre los grandes ejes de circulación rápida, especialmente en la zona norte del conurbano. El reequipamiento de estas áreas (segunda y tercera corona) determina una cierta disminución en términos relativos de los flujos entre la periferia y el centro. Los nuevos parques industriales, centros comerciales, de espectáculos, los nuevos centros universitarios de la periferia tienden a inmovilizar a la población residente o a cambiar sus trayectos, que ya no son casi exclusivamente hacia el centro de Buenos Aires, sino que se reorientan hacia el interior del partido, o entre partidos de la Región Metropolitana de Buenos Aires. (Ciccolella, 1999:12).

 

 

 

  Si tomamos el caso de Lomas de Zamora, un sector del centro tradicional ha sufrido en los últimos años un proceso de ennoblecimiento tanto comercial como residencial que se autodenomina “Las Lomitas” (Figuras 42, 43 y 44), buscando identificarse con el polo gastronómico “Las Cañitas” del barrio de Palermo. “Las Lomitas” es un nodo más de los subcentros posmodernos (análogo al centro gentrificado pero en menor escala) que se separan de los subcentros tradicionales (no siempre las barreras son materiales, sino que también los altos costos de los bienes y servicios ayudar a construir muros invisibles insalvables), para conformar una red de espacios (donde algunos de sus artefactos residenciales, comerciales y de servicios) que pueden estar integrados físicamente al tejido urbano preexistente, pero desvinculados del entramado socioeconómico popular.

 

 

Figura 42: Local de cocina japonesa en “Las Lomitas” (Lomas de Zamora)

(Fotografía: Romano, 2008) 

 

 

 

                      

   

   Figura 43: Tiendas de lujo en “Las Lomitas” (Lomas de Zamora)

   (Fotografía: Romano, 2008) 

 

 

 

 Figura 44: Torre “country” en “Las Lomitas” (Lomas de Zamora)

 (Fotografía: Romano, 2008) 

 

 

La reestructuración del conurbano está produciendo múltiples transformaciones en las representaciones socioculturales. Allí donde hay actores significativos y con presencia cotidiana asistimos al surgimiento de nuevas identidades. Por ejemplo, con respecto a la política ciudadana, el “piqueterismo” encarna la manifestación de la pobreza urbana. En el caso de las identidades religiosas, el monopolio católico ha sido quebrado por la presencia de un pujante, activo y dinámico movimiento evangélico pentecostal[17] que hoy se hace presente en todos los barrios (Mallimacci, 2009). También se observa, entre los sectores populares, la veneración de sus propios “santos” como el Gauchito Gil (ícono de esa mezcla de rebeldías difusas que ahora conocemos como el “aguante”), así como la práctica de experiencias “New Age” entre muchos miembros de los grupos sociales de mayores ingresos. En cuanto a lo musical, de los barrios más carenciados ha surgido la “cumbia villera”, de los vecindarios de clase media baja ha emergido el “rock barrial” (con su idiosincrasia del “aguante[18]”) y el hip hop argentino, mientras que en las suburbanizaciones privadas prevalece la cultura musical “electrónica” y el rock and pop internacional. Como podemos apreciar, la “cumbia villera” y el “rock barrial” poseen una identidad espacial inmediata, mientras que la música “electrónica” y el pop internacional forman parte de la subcultura cosmopolita de las ciudades globales. Por otro lado, la realidad socioeconómica ha inspirado la literatura de Ángela Pradelli (Turdera), de Santiago Vega (Cosa de negros), de Pablo Ramos (El origen de la tristeza), de Sergio Olguín (Lanús) y de Claudia Piñeiro (Las viudas de los jueves). Asimismo, hubo otros productos culturales que pusieron el foco sobre los excluidos del sistema (la obra de teatro Acassuso) y sobre los sectores sociales más acomodados que habitan en los barrios privados (la serie televisiva Ama de casas desesperadas y el film Cara de queso).

 A diferencia de las subculturas modernas, las posmodernas no se convocan ni se mezclan. Se cortaron los puentes que mantenían en contacto al conjunto del entramado sociocultural. Aunque existan varios fenómenos transociales (de hecho todas las subculturas son hijas de la cultura madre posmoderna) que puedan ser consumidos a través de los medios masivos y de las tecnologías de la información y de  las comunicaciones, los hilos virtuales generalmente son incapaces de entrelazar al conglomerado del espacio social real. Por otro lado, con solo “compartir” (consumir) el territorio hiperreal[19] se corre el peligro de que el espacio geográfico se transforme en un lugar de hiperprecauciones y de hiperprejuicios.

Por último, nos resta analizar la situación socioespacial más reciente. Luego de la crisis histórica del 2001, donde caen estrepitosamente todas las variables socioeconómicas, en el año 2003 comienza una nueva etapa de crecimiento con expansión de derechos sociales. En el haber de la era kirchnerista tenemos la reducción significativa de la deuda externa, el crecimiento del PBI, el tipo de cambio competitivo, el superávit gemelo (comercial y fiscal), el proceso en marcha de sustitución de importaciones, un incremento significativo del nivel de empleo, la mayor integración estratégica con los países de América Latina, la mayor participación de los trabajadores en la política salarial a través de las Convenciones Colectivas de Trabajo (Paritarias), la reestatización del sistema previsional, la nacionalización de empresas (Correo Argentino, Aguas Argentinas, Aerolíneas Argentinas, YPF), la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central, la movilidad automática dos veces al año de las jubilaciones mínimas, la ampliación de la cobertura previsional incorporando a las amas de casa y a los trabajadores no registrados, el otorgamiento de la Asignación Universal por Hijo y el mejoramiento de los diversos indicadores sociales. Sin embargo, en la columna del debe se encuentran varios temas estructurales (heredados y de la gestión actual) por resolver. Entre ellos podríamos mencionar la ausencia de un cambio significativo de la matriz productiva, la concentración y la extranjerización de la economía, los niveles elevados de inflación, las desigualdades regionales, la fuga de capitales, las deficiencias del transporte público de pasajeros, la falta de crédito para el acceso a la vivienda por parte la clase media[20], la persistencia de un amplio porcentaje de trabajo informal, la existencia de una estructura impositiva poco progresiva y la falta de ampliación de la red ferroviaria de pasajeros y carga.

Consideramos, a fin de cuentas, que el balance socioeconómico ha tenido un saldo positivo. Asimismo, la recomposición del poder político perdido en la década de los noventa nos permite ser optimistas para enfrentar los desafíos que nos depara el futuro.

No obstante, cuando analizamos la temática socioespacial observamos una situación bastante problemática. En cuanto a la cuestión de la tierra y la vivienda en la provincia de Buenos Aires, Verbitsky (2012) asevera:

 

El problema es estructural y no puede imputársele a un solo gobierno. Comenzó con la supresión en 1955 de la función social de la propiedad, uno de los pocos derechos colectivos de la Constitución de 1949 que no fueron repuestos en reformas posteriores. Lo intentó el proyecto de reforma constitucional pactado en 1990 por Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero. Inscripto dentro del constitucionalismo social, su texto definía un Estado social y democrático de derecho en el que la actividad económica, la propiedad privada y el capital [debían] estar al servicio del hombre y cumplir una función social. [El proyecto fue derrotado en un plebiscito] […] La denominada “Ley de ordenamiento territorial y manejo del suelo”, un decreto firmado en 1977 por el interventor militar en la provincia de Buenos Aires, regula lo relativo a los countries y barrios privados pero no dice una palabra sobre la vivienda popular […] Algo similar ocurre con el proyecto de reforma de los códigos civil y comercial anunciado hace dos semanas, que resuelve muchos problemas legales de los desarrolladores inmobiliarios de countries [modificación de la Ley de Propiedad Horizontal, en la cual se incluye la nueva realidad de los barrios privados] y hace una vez más silencio sobre los asentamientos informales en los que vive un millón de bonaerenses […] [Por otra parte,] Los desarrolladores inmobiliarios compran tierras baratas y aguardan sin que se los penalice con ningún impuesto a que la inversión pública […] decuplique su valor y en ese momento construyen un country o un barrio cerrado. Pare ello no deben ceder nada al Estado, mientras que un loteo popular el 37 por ciento se traslada para la apertura de calles, plazas y equipamiento público. Así, ha desaparecido la oferta de lotes para vivienda popular e incluso zonas tradicionalmente pobres, como el sur y el oeste, terminan colonizadas por los sectores de altos ingresos, mientras los indigentes son empujados a lugares cada vez más lejanos, más caros y de inferior calidad. El resultado fue una feroz fractura social: los ricos encerrados en sus barrios y los pobres en asentamientos ilegales sobre las peores tierras, ocupadas por la fuerza. Por eso, cinco años después de la promulgación de aquella ley, en 1982 volvió a incluirse la usurpación como delito en el Código Penal (Verbitsky, 2012:12 y 13).

 

 

Ante la falta de regulación del mercado inmobiliario, que actúa expandiendo la inversión en tierras y viviendas como refugio de valor, el precio de estos bienes ha crecido notablemente. La retención especulativa de grandes extensiones de tierras (esperando el momento oportuno de su revalorización para desarrollar emprendimientos residenciales cerrados) y la conservación de inmuebles vacantes, reduce las posibilidades de los sectores populares y de la mayoría de la clase media al acceso de la tierra y la vivienda propia. Para atenuar la contracción de la oferta por motivos especulativos, Baer (2011) propone aumentar el valor del impuesto inmobiliario de manera progresiva a los años que la propiedad esté desocupada. De esta forma, aumentaría el stock de propiedades en el mercado que provocaría una baja del valor de venta y alquiler de las viviendas. Con la misma lógica, también podría ser aplicado el incremento progresivo para los terrenos ociosos. Además, Sorín (2011:13) ex decano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, recomienda “una política de alquiler social por la cual el estado subsidie parte del pago del alquiler y aporte la garantía a la que los sectores populares no pueden acceder”. Lewkowicz concluye:

 

Un aspecto central de la política de suelo es la recuperación de plusvalías (beneficios), que permite que el Estado se apropie de la valorización que las propias obras públicas efectúan sobre terrenos e inmuebles. Un ejemplo de ello sería el aumento en los precios del suelo que genera la extensión de una línea de subte. Colombia y Brasil tienen esquemas de recuperación de plusvalías. “En Estados Unidos y Canadá el 80 por ciento del financiamiento de los municipios es captación de plusvalías”, agrega Fernández Wagner. “Esos recursos obtenidos por el Estado se podrían desviar al desarrollo de viviendas”, propone Sorin (Lewkowicz, 2012:5).

 

 

La posibilidad de un cambio significativo en la política urbana podría llegar a ser la ley de Promoción del Hábitat Popular, aprobada hacia finales del año 2012 por la Legislatura de la provincia de Buenos Aires. La normativa contó con el aporte de diferentes organizaciones sociales, de la Universidad de General Sarmiento y  de profesionales de varias disciplinas.

Básicamente, la ley busca regular el desarrollo urbano para que los sectores populares puedan acceder a la vivienda propia y, por otra parte, poder controlar el negocio de la especulación inmobiliaria. Los tres principios básicos de la normativa son: el derecho a la ciudad, la función social de la propiedad y la gestión participativa (Verbitsky, 2012). De todas las ideas de la ley la más conflictiva es la referida a la “Cesiones de suelo”. De acuerdo con Zait (2011):

 

Sobre este último punto, […] [la norma] dispone que los emprendimientos de urbanización privada (clubes de campo, barrios cerrados y countries), de cementerios privados y de centros comerciales de más de 5 mil metros cuadrados que se instalen en la provincia deben entregar al municipio en forma gratuita terrenos equivalente al 10 por ciento de la superficie neta de esos predios, pero ubicados en otro lugar. La forma en que se difundió la noticia inducía a entender que los habitantes de los futuros countries deberían convivir en terrenos lindantes o incluso dentro del perímetro del emprendimiento con viviendas populares, mixtura que provocaría escozor. La norma establece que “en todos los casos la cesión podrá efectivizarse en una localización diferente a la del emprendimiento, accesible desde vía pública y acordada con el municipio, y “en casos excepcionales debidamente fundados y aprobados previamente por Ordenanza municipal, la cesión de suelo podrá canjearse por un pago en dinero efectivo al Municipio, haciendo los cálculos de equivalencia de los valores correspondientes” (Zaiat, 2011:16).

 

 

Sin querer desmerecer la flamante ley, que avanzaba sobre temáticas urbanas claves, nos parece necesario hacer referencia a una cuestión importante que no fue tenida en cuenta. La normativa no apunta específicamente a urbanizar (abrir, integrar, socializar) a los desarrollos residenciales privados. No es atendido uno de los principales problemas de la filosofía de la ciudad contemporánea: el no querer ser parte de la ciudad de todos. La ley no combate la ideología privatista y antirrepublicana de los emprendimientos residenciales cerrados.

Es preocupante que desde la función pública, la privatización del espacio urbano sea tomada como algo natural. Es pensar, en ese sentido, con la misma lógica del razonamiento reaccionario del mercado. No alcanza con construir viviendas populares si desde el Estado es avalado un sistema urbano guetificado. La política urbana estatal debería garantizar la integración al espacio público de los emprendimientos residenciales privados (es decir, terminar con su acceso restringido), si es que pretende efectivamente, un hábitat urbano más justo y colectivo.

Por otra parte, no todo fue negativo (en cuanto a la temática urbana) en el proceso político iniciado con el matrimonio Kirchner. Entre las políticas socioespaciales a destacar se encuentran el plan de  construcción y mejoramiento de viviendas iniciado por el Estado nacional a partir del año 2003. No obstante, ante la enorme demanda de las clases populares populares no llega a cubrir las necesidades del sector. También fue importante la creación del Banco de Tierras, por decreto nº 835 del Poder Ejecutivo Nacional con fecha 6 de Julio de 2004. El propósito fue generar en el ámbito de la Comisión de Tierras Fiscales-Programa Arraigo, hoy dentro de la órbita de la Subsecretaría de Tierras para el Hábitat Social (decreto nº 158/06), un registro con información acerca de los inmuebles de dominio privado del Estado nacional que puedan ser afectados a fines sociales. El municipio de Moreno a través de remates judiciales y donaciones directas ha creado un importante Banco de Tierras digno de ser imitado por otras jurisdicciones.

Asimismo, en los últimos años, en el conurbano bonaerense hubo una mayor inversión relacionada con la recuperación de espacios verdes (Figura 45), la seguridad pública y el equipamiento urbano en general. En todos los casos, la tarea fue articulada entre los distintos estamentos gubernamentales: nacional, provincial y municipal. Por otro lado, la quita de subsidios para los servicios de electricidad, gas y agua, desde el mes de marzo de 2012, para todos los residentes de barrios cerrados del país y de zonas alto poder adquisitivo del Gran Buenos Aires (Puerto Madero, Barrio Parque, Recoleta, San Isidro, Adrogué, Hurlingham, Ituzaingó, San Fernando, Vicente López, Tigre, etc.); podría considerase como un acto de justicia socioterritorial.

 

 

 

Figura 45: “Plaza de la algodonera” (Temperley, Lomas de Zamora).

(Fotografía: www.lomasdezamora.gov.ar, 2012)

 

  

Para diferenciar a la etapa iniciada en el año 2003 con la década de 1990 existe un hecho que es bastante esclarecedor. Durante la década menemista el sistema público previsional fue privatizado y muchos de los fondos fueron utilizados para financiar los grandes emprendimientos residenciales privados. En cambio, con la reestatización del sistema jubilatorio realizado por el gobierno kirchenerista, parte de los fondos son utilizados para proveer de netbooks a los colegios secundarios públicos de gestión estatal de la nación, para otorgar la Asignación Universal por Hijo. También, en plena crisis mundial del año 2009, se le asignó  un préstamo a la empresa General Motors filial Argentina, para impedir la disminución de la producción y los probables despidos. Por lo tanto, el cambio en el tipo de inversiones y prestaciones, a partir de los fondos jubilatorios, nos brinda un paradigma totalmente diferente: del financiamiento a la privatización de la ciudad en los años noventa, a la búsqueda de preservar y expandir derechos sociales en tiempos actuales.

A manera de síntesis de este apartado,  retomando el proceso de expansión de la ciudad moderna expuesto por Gorelik y Silvestri (2000), advertimos que la ciudad “global” ha modificado el rumbo de las tres fuerzas orientadoras de aquella ciudad. El crecimiento hacia afuera (periferización) dejó de ser más o menos compacto a ser  fragmentado, a manera de “saltos de rana” (Ortiz y Schiappacasse, 1999: 12), “islas” o enclaves (urbanizaciones cerradas, shoppings, hipermercados). La expansión hacia adentro (integración social) padeció el proceso inverso (exclusión social) desde principalmente el año 1976 hasta el año 2002, recuperando un poco del terreno perdido desde el 2003 en adelante a partir de políticas tendientes a la inclusión social. Y el crecimiento hacia adelante (idea de proyecto, de progreso) alterado profundamente desde los años oscuros de la última dictadura militar, pretende ser recompuesto desde la llegada del kirchnerismo al poder, por medio de un proyecto político nacional, popular y progresista. El gran desafío de la ciudad “global” es volver a recuperar el sentido abierto, integrativo y progresista que supo tener la Buenos Aires moderna. Creemos que es una utopía que puede volver a ser realidad si continúan profundizándose las transformaciones que se vienen produciendo en los últimos años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10. Conclusiones

 

 

 

10.1. Desafíos y Propuestas

 

 

 

Cuando nos enfrentamos ante problemáticas urbanas descubrimos la necesidad de contar con un Estado activo en cuanto a políticas de ordenación y planificación espacial. No olvidemos que “el Estado nacional […] es ante todo un Estado territorial. Así como no hay Estado sin territorio no debería haber territorio sin gestión” (Roccatagliata, 2001:477). Desde el 2003 el Estado nacional ha demostrado su presencia y actividad a través de contundentes políticas económicas y sociales, pero no ha intervenido lo suficiente en materia de gestión territorial. No observamos, todavía, una significativa expansión de derechos socioespaciales. El acceso a la tierra, la vivienda y al transporte público de calidad (especialmente los ferrocarriles), no logran ser satisfechos por insuficiencia de inversión pública y falta de controles sobre los capitales especulativos.

Asimismo, una de las mayores dificultades que enfrenta la gestión urbana reside en promover espacios que estimulen y fomenten una amplia diversidad de usos por parte de sus diversos habitantes. Ante esta situación, opinamos que existen tres condiciones que podrían ayudar a lograr una mayor diversidad en las calles y en los barrios de la ciudad. La primera, que el lugar debe ofrecer múltiples funciones, de manera que la gente pueda utilizar un mismo territorio para fines diferentes en distintos horarios. De no ser así, los espacios pierden vitalidad y, en consecuencia, seguridad cuando permanecen desafectados de sus funciones rutinarias. La segunda, que en los barrios deben predominar los comercios minoristas, las ferias y los restaurantes pequeños, ya que son esenciales para la seguridad, la diversidad social y la vida pública de los vecindarios. Y la tercera, que la diversidad, complejidad y vitalidad requiere de una concentración de personas suficientemente densa. Pues, la ciudad extendida, dispersa, poco densa no permite la concentración del flujo de intercambios (económicos, sociales y culturales) necesarios para mantener la vida social entre los diferentes grupos humanos que conforman una urbe. Cuando la ciudad aumenta en cantidad y en calidad la oferta de espacios públicos, está acrecentando las probabilidades de encuentros casuales, que ayudan a aceptar la alteridad, reconociendo las viscisitudes que se comparten. Solo en el en el contacto inevitable con extraños es posible forjar una personalidad capaz de admitir la diversidad de costumbres y tolerar las discrepancias. “La capacidad de convivir con las diferencias, por no hablar de disfrutar de ellas y aprovecharlas, no se adquiere fácilmente, y por cierto no viene sola. Esa capacidad es un arte que, como todas las artes, requiere estudio y ejercicio” (Bauman, 2002b:114).

En el Gran Buenos Aires, precisamente en el barrio La Estrella del municipio de San Miguel, encontramos una nueva experiencia, denominada “Parque Social”, destinada a desarrollar espacios abiertos e inclusivos. Ante las distintas problemática sociales de barrio, la comunidad local propuso (luego de varias deliberaciones) la reconversión de un terreno baldío adyacente para transformarlo en un lugar donde se puedan desplegar actividades destinadas a fomentar la reinserción de los vecinos al ámbito educativo y laboral. Estos pequeños y aislados espacios locales de encuentro y esperanza deberían multiplicarse por todo el territorio metropolitano, en oposición al avance de los espacios (“Parques Residenciales”) exclusivos (Diéguez y Tella, 2007).

Por otra parte, una metrópoli bien constituida debiera estar conformada por suburbios relativamente autónomos pero ligados entre sí y todos unidos al centro de mayor jerarquía. Es decir, que cada componente de la misma, cada subcentro, pueda retener cierto grado de multifuncionalidad, para poder así hacer más sustentable (desde el punto de vista ecológico y económico) la vida urbana del conjunto. Si no fuera así, estaríamos perdiendo grandes cantidades de dinero, energía y tiempo, en los traslados diarios (por diversas razones) desde la periferia al centro. Los viajes al centro de la ciudad solo deberían justificarse para acceder a bienes y servicios de alta sofisticación y por motivaciones recreativas. De esta forma, tanto los suburbios como el centro de la urbe podrían ser aprehendidos y vividos con mayor pertenencia y disfrute.

Hablamos de suburbios para diferenciarlos de los fragmentos. Los subcentros o suburbios están conectados a la ciudad capital, forman parte de la misma, son el conjunto de sus vasos comunicantes. En contrapartida, los fragmentos (de pobreza o de opulencia) están marginados o autoexcluidos de la ciudad que los contiene. En relación a los guetos de riqueza, solo permanecen interconectados física (autopistas) y virtualmente (redes electrónicas) con otros fragmentos urbanos de la misma categoría (shoppings, barrios gentrificados, otros barrios cerrados, etc.).

Muxí (2004) asevera:

 

La ciudad tomada a retazos, a fragmentos, no puede comprenderse ni mejorarse. Las soluciones deben tender a la totalidad, de un modo progresivo pero integral, y no podrán llegar de la mano de la extirpación y el aislamiento de partes sanas. La ciudad es un sistema intrincado e interconectado, y su fragmentación está lejos de ser una solución, solo exacerba las disfunciones sistémicas (Muxí, 2004:174).

 

 

En concordancia con Muxí (2004), las soluciones deben abarcar al conjunto de la ciudad. Por lo tanto, no se trata de negar la inseguridad y el deseo de una vida más placentera y en contacto con la naturaleza, se trata de darle un cauce colectivo. Pues, son problemas que nos afecta a todos, “inmersos como estamos en un mundo fluido e impredecible de desregulación, flexibilidad, competitividad e incertidumbres endémicas” (Bauman, 2003:141). Se trata, entonces, de percibirlos como cuestiones colectivas y evitar las soluciones autobiográficas. Se trata de no fragmentar social, económica, cultural, ambiental y políticamente el espacio público que una vez nos perteneció a todos.

 

 

 

10.2. Consideraciones finales 

 

 

 

La década de 1990 estuvo hipnotizada bajo la seducción del simulacro. La apariencia, la hiperrealidad, el parecer, fueron los conceptos fetiches de la posmodernidad. Feinmann (1994) manifiesta:

 

[…] existe en la Argentina de hoy una separación irreparable, un Muro de Berlín, una Muralla China, una zanja de Alsina, entre dos clases de seres humanos, digámoslo ya: entre los ignotos y los famosos […] Hay famosos de todo tipo: hay deportistas famosos, actores famosos, políticos famosos. Pero hay un famoso más famoso que todos los famosos, y es quien preside la sociedad del espectáculo, del ser-visto. Es, en efecto, el Presidente […] Así, la sociedad del espectáculo, la sociedad de los famosos, vive de la exterioridad. Utiliza  (abrumadoramente) el concepto de ganar. Ser famosos es haber ganado […] Frente a ellos, los ignotos. Los ignotos que miran el espectáculo entre la fascinación y el miedo, porque oscuramente saben […] que, en la Argentina, el ser ignoto, el no pertenecer a la sociedad del espectáculo que preside el Presidente, tiene un temible costo social, el de la exclusión, el de la pobreza y el fracaso (Feinmann, 1994: 13-16).

 

 

La sociedad del simulacro que separa a los anónimos de los triunfadores, se monta sobre el pensamiento único del fin de las ideologías, o más precisamente, sobre la victoria de la doctrina neoliberal. Si los discursos de “derecha” y de “izquierda” están fuera de época, también lo está el concepto que divide a la población en clases sociales. Así, la lucha de clases, que estaba implícita entre los distintos grupos de interés, se fue diluyendo y ocultando en la sociedad alienada del espectáculo, que separada de una manera más sofisticada y sutil a los desconocidos de los exitosos. Y no habrá peligro en el horizonte, mientras “el deseo [de los ignotos sea] mayor que el asco” (Feinmann, 1994: 23).

La década menemista fue un claro ejemplo de simulacro político, económico, social y territorial. En cuanto a lo político, fue un gobierno que claudicó ante los poderes fácticos: los grupos empresariales, los organismos internaciones de crédito y las potencias mundiales (las “relaciones carnales” con Estados Unidos nos hacía ilusionar con el ingreso al Primer Mundo). Desde el punto de vista económico, el gobierno estableció la ficción de la de la ley de la Convertilidad: un peso “valía” igual que un dólar. Asimismo, la economía productiva fue relegada por la economía “casino” de la especulación financiera. La realidad social también fue impregnada por el simulacro de los realities shows. Por último, la seducción de los barrios privados protagonizó el simulacro de la ciudad posmoderna que separó a los ganadores y a los perdedores del sistema.

En estos años el mundo transitaba por el vía del “fin de la historia” celebrando el triunfo del capitalismo hiperreal. El espejismo de la burbuja consumista, sin competencia en el horizonte (capitulación de la ideología comunista) fue creando un imaginario donde lo valioso ya no estaba en la política y lo colectivo (bien común) sino en la satisfacción personal: la cultura autoreferenciada (el bienestar individual). Kempf (2011), añade:

 

[La] clase dirigente depredadora y codiciosa, que derrocha sus prebendas y abusa del poder, aparece como un obstáculo en el camino. No tiene ningún proyecto, no está animada por ningún ideal, no trasmite ninguna ideología. La aristocracia de la Edad Media no era solo una casta explotadora, también soñó con construir un orden trascendente, cuyo testimonio muestran, con esplendor, las catedrales góticas. La burguesía del siglo XIX, a la que Marx calificaba de clase revolucionaria, explotaba al proletariado, pero también quería difundir el progreso y los ideales humanistas. Las clases dirigentes de la guerra fría estaban movidas por la voluntad de defender las libertades democráticas frente al contramodelo totalitario. Pero […], después de vencer al sovietismo, la ideología capitalista no sabe hacer otra cosa más que autocelebrarse (Kempf, 2011:89 y 90).

 

 

Kempf (2011) expresa el vaciamiento de la ideología capitalista, ya que ha abandonado la tarea de los grandes relatos colectivos. Refiere, en última instancia, a la privatización imaginaria de la utopía: al pasaje de los sueños colectivos a los sueños a medida.

Asimismo, desde la década de 1990, el Aglomerado Gran Buenos Aires ha sufrido contundentes cambios socioespaciales que se traducen en una nueva forma de hacer (o no hacer) ciudad. La globalización neoliberal que profundiza la fractura social y el progreso del individualismo ha producido la segmentación del espacio urbano. Muxí (2004) comenta:

 

La ciudad ha sido y es un collage, una entidad que adquiere nuevo sentido mediante la adición de cada época. La ciudad no es una unidad cerrada en sí misma, ni tampoco un concatenado de fragmentos inconexos. Sin embargo, la repercusión de [los] nuevos intereses sobre la estructura urbana provoca una ciudad formada por fragmentos; no una ciudad collage que forma un todo, sino una ciudad creada sobre la base de partes independientes regidas por los intereses del mercado. La ciudad como superposición de fragmentos seleccionados por el mercado no es más que una aglomeración que se quieren diferentes y que no buscan formar una entidad nueva, clara o reconocible (Muxí, 2004:28).

 

 

Los fragmentos que va creando el mercado responden a la lógica de la ciudad global, que tiene muy poco que ver con las historias, los discursos y las identidades de los territorios locales. Los fragmentos urbanos devenidos en mercancías del capitalismo mundializado, están integrados (física y virtualmente) a sus pares locales y globales formando una extensa red de artefactos articulados por la inercia del mercado.

Amendola (2000), ubica el nacimiento de la ciudad global (posindustrial) a partir de la privatización de amplios sectores del espacio urbano:

 

Así como el cercado y los enclosures del campo inglés han marcado el nacimiento de la ciudad industrial hacia la cual han afluido los expulsados por el campo, hoy se asiste al surgimiento de la ciudad posindustrial a través de un nuevo tipo de vallado “epocal”, la de lo urbano-residencial (Amendola, 2000:342).

 

 

 Como expresaba Marx ([1848] 1985) en El Manifiesto Comunista, la burguesía (entre otras dominaciones) había subordinado el campo a la ciudad. Hoy comprobamos que la nueva burguesía ha sometido a la ciudad pública a los intereses de la urbe globalizada: la privatización del territorio urbano-residencial, a la cual llegan las personas que huyen voluntariamente de los espacios abiertos de la ciudad moderna. Ahora el cercamiento de la ciudad forma parte de la seguridad y libertad de los sectores privilegiados. La ciudad posindustrial (global) encerrada y ensimismada en sus numerosos fragmentos, se ha transformado en una máquina de conquistar y excluir.

El título de la obra Latinoamérica: países abiertos y ciudades cerradas de Cabrales Barajas (2002) evidencia la paradoja latinoamericana entre la situación de apertura y cierre de los Estados nacionales y urbes respectivamente. Pues, la mayoría de estos países latinoamericanos en la década de 1990 estaban abiertos a la libre circulación de capitales, bienes, servicios y personas; mientras, en cambio, las ciudades se cerraban al compás de la privatización residencial.

El fenómeno de las ciudades cerradas es contemporáneo y consecuencia del proceso de apertura económica de los países. Por ejemplo, los momentos de mayor expansión de las urbanizaciones privadas en el Aglomerado Gran Buenos Aires fueron hacia finales de la década de 1970 y principios de la década de 1990, en períodos de plena apertura, desregulación y privatización de la economía. Ya que, el proceso de achicamiento del Estado, de lo público, se reproduce, entre otras cosas, en la  privatización del espacio público de las ciudades.

Los fenómenos de privatización urbana están modificando de manera considerable la estructura socioterritorial del Aglomerado Gran Buenos Aires. El Buenos Aires moderno era una ciudad más compacta, atravesada por el encuentro y la mezcla, tal cual como lo describe Henestrosa (2002) en su novela Las ingratas: las divisiones socioespaciales que poseía el barco que transportaba a los inmigrantes de ultramar (de acuerdo al poder adquisitivo de sus pasajeros) finalizaban al momento de arribar a la Ciudad de Buenos Aires. Ya en el nuevo territorio todos sentían el aire fresco de la diversidad y de la convivencia social. Esto ya no ocurre. Ahora la ciudad es semejante al barco de la novela, constituida por una serie de compartimentos muy poco comunicados, caracterizados por la diferenciación y la segregación socioespacial.

Las urbanizaciones cerradas que invadieron nuestra ciudad son enclaves que casi no tienen vinculación con el entorno edificado. Posee muy pocas pertenencias afectivas hacia instituciones deportivas, religiosas, culturales, políticas, económicas, etc., de la vecindad pública. Son como archipiélagos que pertenecen, principalmente, al océano (del consumo y la tecnología) llamado globalización. Bourdie (1993) hace referencia a la complejidad de esta situación:

 

[…] nos inclinamos a poner en duda la creencia de que el acercamiento espacial de agentes muy alejados en el espacio social pueda tener, de por sí, un efecto de acercamiento social: de hecho, nada es más intolerable que la proximidad física (vivida como promiscuidad) de personas socialmente distantes (Bourdie, 1993:123).

 

 

Bourdie manifiesta que el espacio por sí mismo no puede integrar lo que está socialmente desintegrado. Y mucho menos cuando parte del territorio permanece deliberadamente privado o cerrado. Por lo tanto, sería necesario, para una verdadera mixtura sociaoespacial, acompañar la apertura de los enclaves con la disminución de la brecha social de los ciudadanos. La búsqueda de una mayor igualdad pasa a ser el tema clave. En este sentido, Hopenhayn (2011) apunta:

 

[…] desde mediados de los 80 hasta hace cinco o seis años, la igualdad […] se convirtió en anatema. El auge de un discurso más liberal o como uno quiera llamarlo con políticas del Consenso de Washington o el Banco Mundial, etcétera, internalizadas en gran medida por los gobiernos y los países, convertidas en cultura política predominante, reproducidas de manera fuerte por los medios de comunicación, se hablaba de igualdad como un valor que había sido muy problemático en tiempos precedentes, que había terminado en caos, en la dictadura o en hiperinflación. Es decir, la igualdad no era bien vista, [entonces, fue reemplazada por el concepto] de equidad […] La equidad tenía que ver sobre todo con la idea de igualdad de oportunidades, que todos tuvieran acceso a la educación y que hubiera políticas para protegerlos de los shocks, etcétera […] Desde hace cinco o seis años, en América Latina, se reflotó el tema de los derechos sociales […] y cuando se habla de derechos sociales ya no se habla de equidad sino de igualdad porque el derecho es algo del que todo ciudadano es titular. Ya no se habla de igualdad de acceso sino de emparejar las cosas un poco más, del rol distributivo que pueda tener el Estado a través de la fiscalización, a través del gasto social, de la necesidad de avanzar hacia sociedades no tan injustas en términos de distribución de ingresos […] (Hopenhayn, 2011:11).

 

 

El cambio en el uso del lenguaje demuestra un camino hacia la transformación de la realidad. El remplazo del término equidad por la palabra igualdad, representa una inversión de la concepción política que abre un sendero de esperanza para la concreción de los derechos sociales ausentes.

Por otro lado, el nuevo orden global que se alimenta de la descentralización, necesita conectarse con lo local (la ciudad) pero evitando los mecanismos de control y regulación del Estado-nación. La globalización reproduce una nueva dialéctica entre las ciudades y los Estados. Haciendo una concisa reseña de tal disputa en la historia de las ciudades occidentales, Romero (2009) expresa:

 

[Las ciudades occidentales] que alcanzaron su esplendor entre fines del siglo XIII y el siglo XV, empezaron a decaer y dejaron de tener la significación que habían tenido en sí mismas porque fueron absorbidas por los países […] Dicho en una fórmula breve; una ciudad del siglo XIV o del XV era una comunidad urbana que vivía de sí misma, se alimentaba a sí misma y proyectaba su creación hacia el exterior […] A fines del siglo XV y principios del XVI […] aparecen dos grandes monarquías nacionales: la de España y la de Francia […] Estas monarquías tienen desde el primer momento una concepción relativamente original, que será típica de la Edad Moderna, y que implica la idea de nación; cuando esto ocurre entra en crisis la idea de ciudad. No entra en crisis la ciudad misma, sino la idea de que es una unidad autosuficiente que se alimenta de sí misma y que se expresa por sí misma. [Las ciudades se convierten en entes que giran alrededor de estas nuevas potencias estatales. Las nuevas monarquías nacionales] […] sientan las bases del sistema mercantilista, lo que conocemos en el ámbito hispánico con el nombre de monopolio comercial, manejado por el Estado. Las burguesías, que habían hecho la gloria de las ciudades de los siglos XIV y XV, son las que resultan quebradas por este poder monopólico. […] La ciudad fue autónoma entre los siglos XIII y XV porque la intermediación era más importante que la producción, y por eso [aparecieron] las grandes burguesías urbanas. Cuando surgen las concepciones territoriales y nacionales, el panorama cambia. Los grandes terratenientes -que integran la nobleza- se apoderan del poder político nacional, someten a esas burguesías intermediarias y fijan desde el poder la política mercantilista, es decir, una política económica orientada por el poder político. La revolución industrial [a fines del siglo XVIII asociada al liberalismo económico] modifica la fisonomía de la ciudad, que vuelve a alimentarse de sí misma y a ser autónoma de las regulaciones estatales (Romero, 2009:63, 64, 66, 69 y 77).

 

 

Hacia mediados del siglo XX con la aparición del Estado de bienestar, los Estados nacionales vuelven a tomar las riendas de la política económica opacando las autonomías de las ciudades. Posteriormente, en las últimas décadas del siglo XX, las políticas económicas neoliberales crearon un campo propicio para el resurgimiento de la ciudad (global): médula espinal del sistema económico transnacional. Por último, desde principios del siglo XXI, especialmente en los países latinoamericanos, los estados-nacionales ha comenzado un proceso político que intenta revertir las graves consecuencias producidas por el neoliberalismo globalizado. Ya pasada una década, las políticas económicas intervencionistas no han logrado todavía disciplinar cabalmente a la burguesía, que a través de sus inversiones controlan y codifican, con considerable autonomía, la fisonomía de la ciudad actual. El autor expresa:

Para finalizar, la crítica al saber instrumental (de raíz racionalista) que expone Zaffaroni (2001), nos ayudará a entender, por analogía en la estructura del razonamiento, la esencia de la crisis urbana.

 

[…] el saber para poder se acumula preguntando a los entes, según el poder que se quiere ejercer sobre ellos. El sujeto del conocimiento (el científico) se coloca en posición de inquisidor, está siempre en un plano superior al objeto o ente interrogado, tiene a Dios de su lado, es un enviado de dios para saber, es el Señor (dominus) que pregunta para poder […] El sujeto interroga al objeto para dominarlo, le formula preguntas que sirven o cree que sirven para ese fin, pero el ente interrogado no lo sabe y le responde en la única forma que pude hacerlo, esto es, con toda su entidad, sencillamente porque los entes solo pueden responder con su entidad: la vaca con su completa vaquidad, la piedra con su completa piedridad. Pero el sujeto no está preparado para escuchar la respuesta, dada con toda la entidad del ente violentamente interrogado, porque solo está preparado para escuchar lo que cree necesario para dominar; es así como la parte no escuchada de todas las respuestas se acumula sobre los sujetos y los aplasta […] Siendo así, es natural que cuando el objeto es otro humano, el saber señorial presuponga –por su propia estructura metódica- una jerarquía: el humano objeto interrogado será siempre un ser inferior al humano sujeto interrogador. No hay diálogo entre ellos, sino interrogatorio violento. La discriminación jerarquizante entre los humanos es un presupuesto y un resultado lógico de esta forma de saber de dominus. La discriminación entre humanos es, pues, un producto estructural del modo de saber por interrogación violenta, del mismo modo que lo es la depredación de la naturaleza y el exterminio de los inferiores y diferentes  (Zaffaroni, 2011:51, 52 y 53)

 

 

En el caso del Aglomerado Gran Buenos Aires, el objeto indagado, por su carácter de espacio geográfico (es decir, construido y modificado por el hombre), estaría dentro de una nueva categoría que la podríamos denominar objeto (cosa y humano). Entonces, cuando se indaga a la ciudad (objeto -cosa y humano-) con un fin estrictamente comercial, considerando al sistema urbano como una mera mercancía, el sujeto inquisidor (el mercado inmobiliario sin mayores controles) se relaciona con el objeto (cosa y humano) de acuerdo con sus intereses particulares de lucro. Empero, el ente interrogado (la urbe) le responde con toda su entidad: urbanidad. Por lo tanto, la parte no escuchada de todas las respuestas brindadas por el objeto (ciudad) al sujeto dominador se acumulan y se le vuelven en contra. Entre las respuestas del objeto (urbe) no atendidas por el sujeto (especulativo) encontramos: las tomas de tierras, el incremento de la inseguridad urbana, las ocupaciones de viviendas, la congestión del tránsito, el aumento de las inundaciones, el incremento de la contaminación, etc.

En los últimos años, la “planificación estratégica” fue utilizada para convalidar este tipo de procedimiento. Al enfocarse en los planes “locales” y al marketing de la ciudad, no considera a la ciudad de manera global, es decir, integrada en un sistema de relaciones recíprocas, lo cual reproduce la profundización de las desigualdades socioespaciales. Si la “planificación estratégica” solo explora lo que le interesa, la ciudad le responde con todo lo que permanece fuera de consideración: la agudización de las problemáticas socioterritoriales.

La misma valoración que realizamos para las ciudades también la podríamos  efectuar con los Estados. Por ejemplo, luego de las políticas económicas neoliberales desarrollas en Argentina durante la década de 1990, donde el gobierno fue promotor de los negocios de las corporaciones, la nación le respondió con toda su nacionalidad (continuando la línea de pensamiento de Zaffaroni) a través de la crisis de diciembre de 2001. En definitiva, como expresó alguna vez el presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez Frías: “las privatizaciones se quedaron con los países y éstos se transformaron en no-países”, en el mismo sentido, es preciso decir que la privatización del espacio público de las ciudades convirtieron a éstas en no-ciudades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL TANGO Y LA CUMBIA VILLERA

COMO EXPRESIONES DEL SUBURBIO

 

 

 

1. Introducción

 

 

 

Las transformaciones políticas, sociales, económicas y culturales van generando un clima de época que es traducida y puesta en evidencia por la sensibilidad artística del pueblo. Para nuestro caso de estudio, nos propusimos analizar la situación creativa de los sectores populares durante el nacimiento del tango (finales del siglo XIX) y en el surgimiento de la cumbia villera (finales de la década de 1990). Nos interesó indagar, particularmente, la incidencia del contexto socioespacial en la construcción de la poética de los grupos sociales que habitan en los márgenes. En definitiva, buscamos dilucidar los mecanismos que entran en juego a la hora de explicar cómo los sectores populares expresan musicalmente el mundo en el que habitan.

 

 

 

2. El tango     

 

 

 

2.1. Contexto histórico-geográfico     

 

 

 

El tango nace en las últimas décadas del siglo XIX vinculado a las orillas, al margen socioespacial. En los suburbios de Buenos Aires se produjo la confluencia de tres culturas: la de los inmigrantes, la de los negros y la de los criollos, que dieron lugar al folklore típicamente porteño, que en sus comienzos iba a estar vinculado al ambiente prostibulario.

En los prostíbulos orilleros los varones de la alta sociedad vernácula tienen el primer contacto con el tango. Es allí donde aprenden a bailar la nueva música que todavía no era canción. La aceptación del tango por la aristocracia[21] porteña y su llegada triunfal a Europa, funcionó luego como una licencia de adopción hacia el resto de la población.

Desde los dos extremos de la sociedad, el tango avanza y se expande ayudado por los modernos dispositivos de comunicación (la radio y la industria discográfica) y las presentaciones (en gira) de los artistas. De acuerdo con Mina:

 

[…] el verdadero salto cualitativo y universalizador se da a partir de 1917 con la popularización de un tango de Samuel Castriota, ‘Lita’, al que Pascual Contursi puso letra y se difundió con el nombre de ‘Mi noche triste’. La letrística tanguera[22] comienza entonces un camino que perfecciona el proceso de inclusión de lo marginal y oficia de integrador de la enorme diversidad humana que constituía la población de Buenos Aires en esos años de ebullición inmigratoria (Mina, 2007:35).

 

El tango comienza un proceso de integración, tanto consciente como inconsciente, tanto imaginaria como real, de la historia, la geografía y la sociedad de la Ciudad de Buenos Aires. Fue “el intento de todo un pueblo para encontrar la forma de enraizarse en una geografía y en una historia que, si bien no los expulsaba, tampoco les dejaba lugar para ser protagonistas en el devenir de los acontecimientos” (Mina, 2007:37).

Durante el modelo económico agroexportador (1880-1930) y también durante el modelo sustitutivo de importaciones (hasta la llegada del peronismo en 1945), el progreso social había sido más individual que colectivo. Díaz afirma, que entre las etapas mencionadas:

 

El ascenso social quedaba librado al azar y a las condiciones personales de los individuos. Un vendedor ambulante podía llegar a instalar su propio local o un aprendiz perseverante a ejercer el oficio de mecánico. Pero no mucho más que eso (Díaz, 2001:212). 

 

Además, no existía la protección del Estado hacia los trabajadores, al contrario, se crearon leyes (de Residencia y de Defensa Social -1902 y 1910 respectivamente-) que perseguían a los anarquistas y a la protesta sindical organizada.

Pero más allá de la coyuntura local, la fe depositada en el progreso era parte de la filosofía y de la vida moderna. Durante la génesis del tango, los deseos de expansión social de los sectores populares aparecen reflejados con suma maestría en la siguiente letra de Discepolin: 

 

Con este tango que es burlón y compadrito

            se ató dos alas la ambición de mi suburbio;

            con este tango nació el tango, y como un grito

            salió del sórdido barrial buscando el cielo;

            conjuro extraño de un amor hecho cadencia

            que abrió caminos sin más ley que la esperanza,

            mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencia

            llorando en la inocencia de un ritmo juguetón.

 

[…] Carancanfunfa se hizo al mar con tu bandera

y en un pernó mezcló a París con Puente Alsina […]

           […] Por vos shusheta, cana, reo y mishiadura

se hicieron voces al nacer con tu destino [...]

 

            E. S. Discépolo, “El choclo”, 1947.

 

En el mito fundacional del tango aparece la inseparable aspiración de los sectores marginales de ingresar al centro de la escena social, política, económica y cultural de la incipiente nación.

 

 

 

2.2. De la Barbarie a la Civilización

 

 

 

El tango (al igual que otros temas del quehacer nacional) no ha escapado al dilema cultural simbolizado por la dialéctica civilización y barbarie.

Durante finales del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, el primitivismo adjudicado al tango ha sido reflejado por algunos textos y representaciones iconográficas (Garramuño, 2007).

Un poema irónico publicado en 1913 por la revista P.B.T. (citado en Garramuño, 2007:47) da cuenta de sus orígenes salvajes, asociándolo a la cultura africana:

 

En Francia lo han transformado

y lo llaman le tango

puede ser que allí resulte

digno de madame Argot

que era capaz de bailarse

la Marcha de Ituzaingó.

Richepin ha defendido

hasta en la Academia el tango

(para mí que está chiflado

desde la punta hasta el mango).

¡Dejad que bailen el tango

donde ha nacido: en el Congo!

 

El recorrido pendular del tango, originariamente despreciado por ser considerado salvaje, sensual, oscuro, y luego aceptado y reconocido como parte esencial de la cultura y de la identidad nacional, forma parte de la consideración y manipulación ejercida por el discurso hegemónico.

Entre los dispositivos que intentaron civilizarlo y modernizarlo aparece en 1914 una publicidad de un jabón tocador publicada por P.B.T. (Figura 1) (citado en Garramuño, 2007:57)

 

         Figura 1: Publicidad de jabón tocador (Garramuño, 2007:57).

 

 

 

 

El epígrafe dice:

 

            La mayoría de los bailes que se usan hoy en los salones aristocráticos, son de origen popular y no pocos primitivamente bárbaros y salvajes… Pero el tango ha hecho su evolución, y así como primitivamente fue de la exclusividad de las gentes de baja estofa, que no se lavaban la cara ni las manos (que es el ABC de la limpieza) sino por Pascua Florida, hoy impera en los salones lujosos y es bailado por gente que se baña y se lava con riquísimo jabón Reuter, cuya sugerente influencia ha trasmitido al tango, así como ese lánguido y poético abandono que lo distingue, un delicioso movimiento de “glissage”, en que parece que el mismo jabón Reuter tuviera una inmediata participación.

 

En el aviso, observamos como el tango va en camino hacia la civilización a partir del contacto con los sectores más distinguidos de la población. El jabón tocador (símbolo de la pureza de las clases aristocráticas) impera como un mecanismo de limpieza que se difunde desde las esferas sociales más elevadas hacia los sectores más “impuros” de la sociedad.

A medida que el tango es incorporado y aceptado por la clase media y las élites, éste va perdiendo su carácter orillero. Con la partitura y el disco, la intuición y la improvisación van dejando su espacio a los profesionales de la academia. La orquesta de Osvaldo Nicolás Fresedo fue un emblema del tango “serio y refinado” cultivado por las clases más acomodadas. Entre ellos se practicaba un tango prolijo, neutro, lavado, sin el erotismo de la cadencia arrabalera (Hovarth, 2006).

Cuando en la década del 30, las voces de los principales intérpretes reflejaron crudamente la penuria de los sectores populares (la “barbarie”), la clase dirigente (la “civilización”) respondió a las denuncias de dos maneras diferentes pero complementarias. Una de ellas, fue desconectar a estos tango del sentido dramático  del presente, relacionando sus historias con una nueva especie de pintoresquismo vinculado a la tristeza congénita de sus compositores (Villarroel, 1957). Y la otra, consistió en la censura: hacia 1938 el organismo que controlaba la radiofonía del país proponía la censura de todo lo que revistiera un carácter popular en pos de la protección de la cultura nacional amenazada por el lenguaje canallesco y denigrante de sus autores (Martínez Moirón, 1971). 

Finalmente, hacia finales del siglo XX, la mirada civilizatoria del turismo del primer mundo proporcionó un nuevo impulso para aproximar al tango a la cultura y la identidad nacional (Gallego, 2007). Lugar de privilegio que ostenta una vez que ha perdido su espacio de resistencia, de antagonismo, de denuncia. A medida que se fue alejando como elemento perturbador, el tango (neutralizado y vaciado de sentido) solo puede ofrecerse a manera de mercancía, a tono con la moda “retro” de la globalización: puro significante despojado de espíritu y valores políticos.

Algo similar ha pasado con la figura del gaucho y del inmigrante hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Viñas (1994:91) nos dice: “[…] lo inmodificable del gaucho sumiso, lo natural, empieza a utilizarse en la década del 80 para oponerlo a las modificaciones introducidas por la ‘civilización invasora’ e inmigrante[23]”. Empero, en un primer momento, la figura del inmigrante todavía era asociada a la racionalidad moderna (urbana), al progreso civilizador de nuestras pampas. Viñas (1994) aclara:

 

Las elegías rústicas que de vez en cuando entonan los hombres de la élite intelectual del periodo roquista todavía prefieren la ciudad: pese a la “ola” inmigratoria que ya amaga con las primeras huelgas el Buenos Aires de esa fecha aún no ha llegado a ser ni demasiado intolerable ni peligroso (Viñas:1994:92 y 93). 

 

En 1913, el poeta Leopoldo Lugones ofrece unas conferencias en el teatro Odeón tituladas El Payador, en las cuales instituye al Martín Fierro de José Hernández como poema fundador de la nacionalidad. “Pero el gaucho que nos devuelve Lugones tiene que ver más con el gaucho ‘cantor’ que nos retratara Sarmiento, que con las hordas salvajes que secundaban a Facundo” (Svampa, 2010:140)[24]. Ante el inmigrante, ya peligroso y desobediente, partidario de ideologías revolucionarias universalistas, era imperante rescatar y poner en el foco de la escena nacional al gaucho manso y tradicionalista Martín Fierro. Al respecto, Feinmann (2010a:289) afirma:

 

[…] el gaucho al cual expresa Hernández es el gaucho derrotado, aquel a quien lo único que le resta es conseguir un lugar decente dentro del orden estructurado por Buenos Aires, pero que ya no tiene, según surge del poema, ni la posibilidad ni el deseo de quebrar ese orden.

 

Cuando el presente atemoriza el paradigma futuro/progreso es reemplazado por el pasado/conservador. El binomio liberalismo-racionalidad europeo con el eje centralizado en la ciudad y sus actividades económicas progresistas, es fuertemente cuestionado por la oligarquía terrateniente, quien busca cambiarlo por el conservadurismo-americanista con el eje focalizado en el campo y sus actividades económicas tradicionales.

2.3. La poética de la década del 30

 

 

 

Discépolo calificaba al tango como un pensamiento triste que se baila. Así lo confirma el  grado de profundidad de las temáticas (de sus poetas más destacados), que abarcan creativamente muchas problemáticas filosóficas existenciales. Pocas expresiones populares han alcanzado el nivel de sofisticación que poseen algunas de sus letras. Es el caso de este tango:

 

[…]¡Y pensar que hace diez años,

fue mi locura!

¡Que llegué hasta la traición

por su hermosura!...

Que esto que hoy es un cascajo

fue la dulce metedura

donde yo perdí el honor;

que chiflao por su belleza

le quité el pan a la vieja,

me hice ruin y pechador…

 

[…] Fiera venganza la del tiempo,

que le hace ver deshecho

lo que uno amó…

Este encuentro me ha hecho tanto mal,

que si lo pienso más

termino envenenao.

Esta noche me emborracho bien,

me mamo, ¡bien mamao!,

pa' no pensar.

 

            E. S. Discépolo, “Esta noche me emborracho”, 1928.

 

La letra que acabamos de citar expresa uno de los temas fundamentales de la vida: el paso del tiempo. La inevitable vulnerabilidad de la existencia queda manifiesta por el deterioro que ocasiona la vejez en el cuerpo humano. Ante la implacabilidad de este evento, el raciocinio pierde la batalla frente al frenesí de la embriaguez.

Por otra parte, la metafísica del tango no pierde conexión con la realidad de su tiempo, pues se nutre del barro de la historia, es decir, de lo más hondo de la realidad social. Para dar cuenta de su contenido sociológico, elegimos estudiar la poética durante la llamada Década Infame.

 En la década de 1930, la crisis social y económica derivada del crack financiero mundial de 1929 y la evidencia de los primeros síntomas de agotamiento del modelo económico agroexportador (Pacto Roca-Runciman de 1933), ponen en cuestión el mito de progreso indefinido enunciado por la Generación del 80. A ello se le suma el desencanto político que impone la clase dominante (fraude, corrupción, asesinatos). Sobre el fracaso vernáculo de la teleología de la historia Svampa nos dice:

 

Recordemos que, en 1852, el Facundo y la Constitución nacional se emplazaban en el registro de la Ausencia. Todo lo que contaba era el futuro en el nombre del progreso prometido. La verdadera realidad era, así, ese futuro que los ideólogos y políticos del 80 fatalizaron a través de la ley del Progreso Universal. El Presente no era otra cosa que un futuro potenciado, la única realidad. En 1930, aquella realidad verdadera ya no es el presente –como bien podía haber sido el fin de siglo- ni el futuro como lo era para Alberdi. Es el pasado como constatación de una pérdida (Svampa, 2010:255 y 256).

 

La Argentina del 30 es una nación que necesita revivir las promesas del pasado para recuperar imaginariamente la patria perdida del presente.

La situación es apropiada para que el tango logre un gran momento artístico. Sus letras van a condensar la nostalgia y la desilusión frente al fracaso de la Década Infame: algunos le van a cantar a la desdicha y otros van a elegir la denuncia. 

Los sentimientos de abandono, de carencia, por la nación ausente de la década del fraude patriótico, fueron sistemáticamente encarnados por el arquetipo de “la mina que se fue” (Feinmann, 2010b).

A continuación ofreceremos fragmentos de letras que expresan la desesperanza del período en cuestión:

 

           […] Cuando rajes los tamangos

           buscando ese mango

           que te haga morfar…

 

           […] Aunque te quiebre la vida,

           aunque te muerda un dolor,

           no esperes nunca una ayuda,

           ni una mano, ni un favor…

 

           E. S. Discépolo, “Yira, yira”, 1930.

 

 

          […] Cuarenta años de vida me encadenan, 
          blanca la testa, viejo el corazón: 
          hoy puedo ya mirar con mucha pena 
          lo que otros tiempos miré con ilusión […]

 

          […] Y pienso en la vida: 
          las madres que sufren, 
          los hijos que vagan 
          sin techo ni pan, 
          vendiendo "La Prensa", 
          ganando dos guitas... 
          ¡Qué triste es todo esto! 
          ¡Quisiera llorar! 

 

          J. C. Marambio Catán, “Acquaforte”, 1931.

 

          [ …] Sus pibes no lloran por llorar,
          ni piden masitas,
          ni chiches, ni dulces... ¡Señor!...
          Sus pibes se mueren de frío
          y lloran, hambrientos de pan...

 

          […] ¿Trabajar?... ¿En dónde?... Extender la mano
          pidiendo al que pasa limosna […]

 

            […] Se durmieron todos, cachó la barreta,
            se puso la gorra resuelto a robar...
            ¡Un vidrio, unos gritos! ¡Auxilio!... ¡Carreras!...
            Un hombre que llora y un cacho de pan..

 

            C. Flores, “Pan”, 1932.

 

            […] Novia querida, novia de ayer...
            ¡qué ganas tengo de llorar nuestra niñez!
            Quién más... quién menos...
             Pa' mal comer,
            somos la mueca de lo que soñamos ser.

 

             E. S. Discépolo, “Quién más, quién menos”, 1934.

 

            […] La vez que quise ser bueno en la cara se me rieron;
            cuando grité una injusticia, la fuerza me hizo callar;
            la experiencia fue mi amante; el desengaño, mi amigo...
            Toda carta tiene contra y toda contra se da! [...]

 

 F. Gorrindo, “Las Cuarenta”, 1936

 

 

 

Los párrafos seleccionados exteriorizan la crisis social de la época. La injusticia (latente en todos los textos) reproduce a gran escala la miseria, la ambición, el hambre, el desempleo, la tristeza, el desencanto y la represión. Reflejan, en definitiva, la frustración por la patria perdida, la desilusión existencial que Discépolo traduce en la sentencia: “somos la mueca de lo que soñamos ser”.

 

 

 

2.4. El tango como agente integrador

 

 

 

Las primeras décadas del siglo XX estuvieron signadas socialmente por cruces culturales de conflicto y mezcla. Así las caracteriza Beatriz Sarlo:

 

[…] en los cruces culturales de la gran ciudad (modelo al cual Buenos Aires buscaba aproximarse en las primeras décadas del siglo XX) todos los encuentros y préstamos parecían posibles. El principio de heterogeneidad marcaba la cultura. El carácter socialmente abierto del espacio urbano volvía lo diferente extremadamente visible, ahí se construían y se reconstruían de modo incesante los límites entre lo público y lo privado, ahí el cruce social ponía las condiciones de la mezcla y producía ilusión, o la posibilidad real de ascensos y descensos vertiginosos… La calle era el lugar, entre otros, donde diferentes grupos sociales realizaban sus batallas de ocupación simbólica. La arquitectura, el urbanismo y la pintura, corregían e imaginaban una ciudad nueva […] (Sarlo, 1995:45).

 

También, Henestrosa en un fragmento de su novela Las ingratas, describe una Buenos Aires donde todo se mezclaba:

 

[…] llegaron [los inmigrantes] a la pensión en un carro de caballos que traqueteó durante una hora por calles adoquinadas y llenas de árboles y casas de varios pisos, y gente bien vestida, y mendigos, y vendedores ambulantes, y personas negras como el carbón, y hasta un automóvil ruidoso y brillante. Nunca habían visto tanta gente y tanta riqueza, a excepción, claro está, de los oropeles del baile de primera clase que habían espiado colgados de un ventanuco de la cubierta. En el barco, los brillos y perfumes de los ricos estaban confinados a un salón, bien protegidos de los vahos de la chusma que se apiñaba en la bodega. Pero esa ciudad era otra cosa: todo estaba a la vista y se mezclaba sin orden ni concierto, como un gran campamento gitano descomunal. Crecía al paso del carro, latía cada vez más rápido, como un enjambre excitado, siguiendo un ritmo redoblado de martillazos y cascos de caballos […] (Henestrosa, 2002:20)  

En el mismo sentido, Romero (1983:17) habla de los “miles sutiles hilos” que  fueron hilvanando a la cultura marginal con la del centro. Entre ellos destacamos: el diario Crítica (que hizo conocer la cultura suburbana a los habitantes del centro), la calle Corrientes (donde ambas culturas se encontraban), el sainete (que mostró la vida de los conventillos al resto de la ciudad), los cafés (espacios democráticos por excelencia) y el tango (que ganó el centro al convertirse en canción). Agregamos a los sugeridos por Romero: el diseño urbano (la grilla y el parque), las instituciones barriales (la escuela pública, obligatoria y gratuita, bibliotecas, sociedades de fomento, centros de culto), la posibilidad de empleo, el servicio militar obligatorio, el sufragio universal y el lunfardo. Todos ellos posibilitaron que las diferencias y los antagonismos no fueran un impedimento para el encuentro espontáneo o deliberado.

Dada la incumbencia de nuestro tema de estudio, de todos los elementos que actuaron como factores de inclusión y mezcla, prestaremos especial atención al fenómeno sociocultural introducido por el tango.

Como ya pudimos advertir, desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, el tango colaboró con el proceso de integración entre los inmigrantes de ultramar, los inmigrantes internos y los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires. La tarea no estuvo despejada de conflictos, ya que ha tenido que lidiar con el voto censitario, las leyes en contra de los inmigrantes y los reclamos sociales, el estado de sitio, la represión a las huelgas obreras y campesinas y la Década Infame. Sin embargo, a pesar de las distintas problemáticas, el tango ayudó a “soportar las diferencias, a elaborar los conflictos inherentes a la nueva y forzosa convivencia, y contribuyó a forjar una unidad”  (Mina, 2007:13).

El tango “a través de la tarea de ligar, unificar, elaborar e incluir, […] fue integrando conventillos, calles, barrios y finalmente la ciudad y el país” (Mina, 2007:20).

Más allá de las numerosas dicotomías o dilemas nacionales, el tango intentó superar las diferencias (“buscando una canción que nos uniera”, como decía Discépolo en “Sin Palabras”) para poder convivir en una sociedad plural. Como bien afirma Mina:

 

 El tango goza de aprecio y respeto en las provincias porque, contrariamente a lo que se cree, no representa una oposición entre lo porteño y lo provinciano. El tango elabora posiciones y diferencias y, ésta es una más donde intercede. En efecto, el tango tiene en sí la doble influencia poética y musical del gauchesco[25] y al mismo tiempo procesa esta temática en una infinidad de tangos camperos, en los que elabora su relación de nostalgia con el campo o las provincias, representadas en muchos casos como un paraíso perdido (Mina, 2007:260 y 261).

 

Muy pocos ritmos musicales del mundo representativos de una ciudad o región, gozan del privilegio del tango de simbolizar a toda una nacionalidad (Díaz, 2001). La Ciudad de Buenos Aires y su relación con el resto del país no ha sido tampoco demasiado común en el resto de las latitudes. La hegemonía que detenta Buenos Aires fue determinante para que su folclore musical se eleve a la categoría de nacional.

 

 

 

2.5. Auge y decadencia

 

 

 

El tango alcanza su mayor esplendor durante la década de 1940. Este hecho fue posible gracias al Estado de bienestar peronista que permitió el acceso de amplios sectores populares a los distintos productos culturales relacionados con su difusión: la discografía, las películas, la radiofonía y las comedias musicales ofrecidas en los teatros comerciales.

Con respecto a su decadencia, es habitual asociarla al golpe de Estado de 1955. La represión hacia los sectores populares y la desarticulación del circuito sociocultural, han debilitado el entramado comercial y creativo que lo sustentaba. De ser un fenómeno masivo, pasa a refugiarse en lugares concurridos por especialistas y fanáticos. Deja de ser un baile festivo y popular para solo escucharse en una atmósfera de solemnidad (Hovarth, 2006).

Asimismo, en los años 50 se iba imponiendo con mucha fuerza la industria cultural estadounidense (en los inicios del rock and roll) que colonizaba a través de los nuevos soportes tecnológicos (televisión, radiograbador, disco de vinilo) y de su amplio espectro publicitario (facilitado por los medios masivos de comunicación) la subjetividad cultural de vastos sectores de la población. Además, como asevera Horvath:

 

[…] la industria cultural fonográfica lo fue transformando en una mercancía. Había que producir éxitos a toda costa. Las productoras nacionales no tenían la suficiente capacidad para competir con las norteamericanas RCA y CBS y la inglesa Odeon, que exigían exclusividad de los compositores. Un tango exitoso no podía ser grabado por músicos de la competencia, y se limitaba así su difusión (Horvath, 2006:159).

.

 

No obstante, Mina (2007) aporta otra hipótesis sobre la declinación. Hacia la década de 1950, la inclusión, la aceptación y el ascenso social no ya individual sino general[26] de los habitantes de Buenos Aires, han alejado progresivamente al público masivo de la música que les ofreció cobijo y dignidad. Cuando los ideales del tango (como la integración y la movilidad social) comienzan a ser satisfechos, éste empieza a perder vigencia y la gente lo va dejando de lado de forma lenta y creciente. Ante elocuente suceso, las letras de los tangos seguían o acrecentaban su tradicional tono melancólico; expresando, tal vez, el dolor del fin de una época de esplendor. La separación entre la realidad y el mundo del tango quedó muy bien reflejada en un tango de Manzi dedicado a Discépolo:

 

[…]La pista se ha poblado al ruido de la orquesta

se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín…

¿No ves que están bailando?

¿No ves que están de fiesta?

Vamos, que todo duele, viejo Discepolin…

 

H. Manzi, “Discepolin”, 1951

 

“‘Los otros’, la realidad, la gente común baila o está de fiesta; ellos, el mundo del tango, están en otra parte, están en el lugar del dolor, en la zona del mundo que desaparece” (Mina, 2007:316).

 

 

 

2.6. Discursos a “Mordisquito”

 

 

 

En el año 1951 Enrique Santos Discépolo, para comunicar las bondades del gobierno nacional, realizó 39 emisiones radiales en el programa “Pienso y digo lo que pienso” emitido por radio Nacional. El ciclo fue ideado por la Subsecretaría de Información del gobierno peronista en tono con la campaña por la reelección de Perón. En el programa, Discépolo inventó un personaje a quien hablarle: “Mordisquito”, alguien que representaba el antiperonismo más estereotipado.

 

A continuación reproduciremos segmentos significativos del ciclo:

 

[…]¡Pero eso de seguir negando las cosas por inercia o como postura, no! Sobre todo que lo que ellos nos prometieron ayer sin dárnoslo, se cumple hoy: llega un Gobierno que toma las promesas en serio y las realiza […] (Discépolo, 2009:22).

 

[…] Para alcanzar lo que se está alcanzando hubo que resistir y que vencer las más crueles penitencias del extranjero y los más ingratos sabotajes a este momento de lucha y de felicidad. Porque vos estás ganando una guerra. Y la estás ganando mientras vas al cine, comés cuatro veces al día y sentís el ruido alegre y rendidor que hace el metabolismo de todos los tuyos. Porque es la primera vez que la guerra la hacen cincuenta personas mientras dieciséis millones duermen tranquilas porque tienen trabajo y encuentran respeto […] (Discépolo, 2009:24).

 

[…] Los mendigos… ¿están? ¿Vos vés los mendigos? Sobre las calles –y al decirte calles te digo corazones y te digo espíritus- se desató el arroyo de la dignidad recuperada, se desató una bárbara alegría de potro que transpira salud, y esa correntada se llevó a los mendigos, vos lo sabés; pero no se los llevó para ahogarlos, sino para bañarlos, y llegaron a la costa limpitos, peinados con raya al medio, cantando, no el huainito de la limosna, sino el chamamé de la buena digestión […] Acordate cuando volvías a tu casa, de madrugada, y descubrías en los umbrales, amontonados contra sí mismo, a los pordioseros de tu Buenos Aires. Ahora la exclusividad de los umbrales han vuelto a tenerla los novios […] (Discépolo, 2009:27 y 28)

 

[…] El suburbio de antes era lindo para leerlo, pero no para vivirlo. Porque a mí no me vas a contar que preferías el charco a la vereda prolija y que te resultaba más entretenido el barro que el potland […] Todos preferimos la comodidad, y acaso, en el momento de la letra de tango, hablemos literalmente del catre; pero llega el momento del descanso y cerramos el catre y dormimos en la cama […] (Discépolo, 2009:41).

 

[…] Siempre tuvimos que presenciar el espectáculo injusto de una minoría que progresaba a expensas del estancamiento o el hundimiento de los demás. Hoy la fiesta es de todos […] (Discépolo, 2009:46).

 

[…] ¿Verdad que sí […] que vos comprendés el significado de llamarle Junacito Varela a una lancha que podría llamarse Flor del Delta, Camalote o Surubí Tristón? ¡Claro, a mí no me vas a contar que el símbolo no entra en tus sentimientos o por lo menos en tus ideas! No solo tiene importancia uno mismo; quienes nos rodean también son importantes, pero no siempre nos acordamos de esta verdad elemental. Por eso durante largos años el obrero vegetó en la miseria, el vapuleo y el anonimato, mientras las barcazas tenían normes negligentes y se metían agua adentro sin un detalle de amor […] (Discépolo, 2009:67 y 68).

 

 

Los tramos seleccionados manifiestan la fisonomía de un gobierno paternalista, protector, que ha cumplido las promesas de progreso y bienestar menospreciadas por todos los gobiernos anteriores. Dada la contundencia de los resultados positivos de la política peronista, Discépolo resalta la recuperación de la dignidad, la autoestima y la alegría de la clase trabajadora.

Siguiendo la tesis de Mina (2007), considerando el sustancial incremento de la integración étnica, social y económica que se produjo durante el gobierno justicialista, el tango alcanza a cumplir su principal objetivo y, en consecuencia, pierde paulatinamente su lugar de privilegio.

 

 

 

 

 

3. La cumbia villera

 

 

 

3.1. Contexto histórico-geográfico   

 

 

 

El subgénero cumbia villera hace su aparición hacia finales de la década de 1990 sobre la base de un género (la cumbia: ritmo de origen colombiano en el que se fusionan tradiciones indígenas y afroamericanas) que ya era popularmente conocido desde 1960. La cumbia villera se fue constituyendo en la periferia pobre de la Ciudad de Buenos Aires a través de una industria cultural marginal, conformada por pequeños sellos discográficos independientes de las grandes compañías multinacionales y un circuito artístico de locales bailables denominados bailantas (Míguez y Semán, 2006). De acuerdo con Fernández L’Hoeste (2011):

 

En Argentina, la cumbia villera estuvo, y todavía está, asociada con los “negros” de las clases trabajadoras y marginales de Buenos Aires […] La cumbia villera tomó esta jerarquía radicalizada y la dio vuelta. Celebró el heroísmo cotidiano de los negros y lo contrastó con la inmoralidad de una élite auto-centrada corrupta (Fernández L’Hoeste, 2011:182)

 

 

Asimismo, Martín (2011) asevera:

 

La cumbia villera, en las letras y en el estilo, asume no solo el contenido que “negro” tiene en la Argentina –contenido de clase que incluye pero que no se reduce en lo étnico- sino también a la duplicación que significa ser, además de negro, villero (Martín, 2011:216).

 

 

La conciencia y la exteriorización positiva (de los grupos de cumbia villera y sus seguidores) de la doble identidad “negro y villero” duplica la apuesta ante un amplio conglomerado social, que posee una trayectoria despectiva sobre los sectores marginales de la sociedad argentina. 

Pablo Lescano es señalado como el “creador” del subgénero. En 1999 fue el productor (a través de una edición “pirata”) del primer disco compacto de la agrupación Flor de Piedra. En la misma época, también fueron apareciendo otros grupos como Guachín y Yerba Brava. Poco tiempo después, el propio Pablo Lescano va a liderar al conjunto Damas Gratis: grupo que hegemonizó la popularidad de sus seguidores. En el año 2001, el éxito alcanzado por la cumbia villera fue contundente: las copias legales grabadas alcanzaban el 25% del mercado discográfico, sin contar las ilegales que constituirían el 50% de las ventas (Colonna, 2001). A lo que debemos agregar, las numerosas presentaciones que realizaban (durante el fin de semana) los distintos grupos en los programas de televisión y en las bailantas. 

Las diferencias más destacadas con la cumbia llamada romántica (que había logrado una amplia difusión en la década de 1990 al imponerse como moda en las capas medias de la población, alcanzando de esta forma su inevitable proceso “civilizatorio”) están dadas por sus letras callejeras (ligadas al barrio, la calle, al consumo de drogas y alcohol, al sexo, al enfrentamiento con la policía, al ambiente delictivo y carcelero, a la fiesta, etc.) y su estética cotidiana (proporcionada por la vestimenta deportiva). En cuanto al carácter de las letras y al estilo de la indumentaria, la cumbia villera adopta la moda que ya había introducido el “rock chabón” (subgénero que posee el mismo origen socioespacial) (Semán y Vila, 2002). Martín (2011) agrega:

 

La cumbia villera no maquilla los rasgos de la pobreza. Los retoma, los tematiza y hace de ellos un ideal estético. Si en la llamada “cumbia romántica”, a inicios de los años ’90, productores profesionales escogían jóvenes bonitos, delgados y con trazos considerados “blancos” para formar los grupos, la villera prefería a los “negros” (Martín, 2011:216).

 

 

La cumbia romántica se había mimetizado con el encantamiento y el simulacro de la sociedad menemista. Todos debían ser o parecer “blondos de ojos claros” (Bernardo Neustadt, llegó a decir del Presidente: “Lo veo alto, rubio y de ojos celestes”) para alcanzar el brillo del éxito asociado a al neocolonialismo “dorado y angelical” de la globalización. La “blancura” del menemismo representaba la aceptación, por parte de los sectores tradicionales de clase alta, de las políticas liberales emprendidas durante la década de 1990.  Pujol (2011) señala:

 

[…] recién iniciado el gobierno de Carlos Menem, las estrellas de la bailanta trasvasan sus fronteras sociales y se ponen de moda entre el establishment argentino. Almuerzan en el programa de Mirtha Legrand, copan las secciones de espectáculos de los diarios y revistas de actualidad y se presentan, a la par que en galpones y salones populares, en discotecas de élite […] En los tiempos menemistas el populismo ha perdido sus aristas más revulsivas, y en el nuevo pacto social que se afirma en los sectores VIP de la sociedad argentina […] ser un poco bailantero no está mal visto […] (Pujol, 1999:335).

 

 

En la década de 1990, la cumbia romántica, del mismo modo que el peronismo menemista, adquieren el pasaporte de la “blancura” (otorgado por las clases medias y altas) que les permite monopolizar el escenario cultural y político nacional.

De acuerdo con Silva (2011:276), “la felicidad tropical que se vive en las élites y en los sectores subalternos simboliza brutalmente el ‘vale todo’ de la ‘cultura menemista’” (Pujol, 1999:335). Un “vale todo” que implica hacer todo lo que fuera necesario para alcanzar la fama, el éxito que permita estar en la vereda segura de los “incluidos”. El mundo menemista, según Feinmann (1994), se divide entre célebres y desconocidos. Por lo tanto, si alguien quisiera no permanecer excluido del bienestar social, debe alcanzar, de la manera que sea, una porción de notoriedad que le asegure ingresar a la fiesta tropical-menemista. La fiesta local liberal-menemista, es la parte de la celebración de la Gran Fiesta Global, que el sistema neoliberal mundializado consagra al derrumbe del Muro de Berlín y al fin de los gobiernos comunistas. Con la caída de la ideología socialista, la democracia burguesa vitorea la finalización de la lucha de clases y el nacimiento de la utopía (sin rebeliones) de la teoría del “derrame”. Todos pueden festejar el aumento de la riqueza (concentrada) y esperar con esperanza el “derrame” hacia las capas sociales subalternas. Todos están de fiesta porque se acabaron los enconos y los odios de clase. Solo hace falta esperar que llegue el turno para capturar una parte del tesoro.

Como mencionamos con anterioridad, la cumbia villera surgió a partir del aprovechamiento de un mercado musical preexistente. El espacio comercial ya abierto y explotado con éxito por la cumbia tradicional o romántica permitió a los integrantes de las bandas (muchos de ellos residentes de las villas de la periferia de la ciudad de Buenos Aires) una oportunidad de ascenso económico, y una ocasión de dar a conocer públicamente las experiencias de vida de los barrios marginales (Míguez y Semán, 2006).

Sin embargo, su éxito radica, principalmente, en montarse sobre un momento histórico (finales de los años 90) dominado por una realidad socioeconómica abrumada por la pobreza y el desempleo estructural. La crisis del modelo económico neoliberal no hace más que proporcionar un ambiente propicio para que la poética de la cumbia villera refleje en un lenguaje sumamente crudo, los sentimientos de bronca, desesperanza y abulia, de una parte considerable de la población suburbana.

 

 

 

3.2. El fin del Estado de bienestar y nuevos valores identitarios

 

 

 

Durante el Estado de bienestar las narraciones identitarias estaban fuertemente ligadas al mundo trabajo, donde la actividad laboral se caracterizada por su inscripción en un tiempo progresivo y lineal, que proyectaba un fuerte vínculo con el pasado y con el futuro. Durante largo tiempo los individuos se vieron tentados a interpelarse a sí mismo en términos de la actividad laboral a la cual pertenecían (Sennett, 2000). La construcción de una sociedad salarial que organizaba el otorgamiento de derechos sociales sobre la base del oficio o profesión desarrollada, y que incluso, en muchas naciones, llegara a organizar parte importante de su actividad política a partir de la inscripción de los sujetos en sindicatos, es concomitante a la preponderancia otorgada a la actividad laboral a la hora de estructurar relatos identitarios.

Con el arribo de la globalización neoliberal, el desempleo pasó a constituir un factor fundante de la nueva política económica. Asimismo, las nuevas fuentes de empleo fueron sometidas a las pautas de precarización y flexibilización de la economía de mercado.

Ante el nuevo panorama, la cumbia villera explicitará el debilitamiento de la centralidad del trabajo como ordenador y legitimador de la vida personal y social de los habitantes de los barrios humildes. El trabajo pasó a ser considerado una fuente de explotación y, por lo tanto, una actividad propia de los individuos de escaso temperamento.

Estamos presenciando el quiebre de la ligazón que unía al empleo, con el ocio, el consumo y la masculinidad. La vivencia del tiempo separado de la cultura del trabajo, tolera su ocupación a través del robo y la fiesta, sin ningún tipo de reglas preestablecidas[27]. La actividad delictiva unida al consumo de drogas y alcohol se transformó en parte importante de la construcción de la sociabilidad masculina, en cuanto supone la virtud de “tener aguante”  (Martín, 2011).

El “tener aguante”, es un expresión que tuvo origen en las hinchadas de fútbol y que luego se difundió hacia el “rock barrial o chabón” y la cumbia villera. Podríamos definirlo como un estado de ánimo que refiere a la autoestima, a la audacia, al soportar cualquier circunstancia sin darle lugar a la queja. “Las peleas en los bailes o en el barrio, la participación en acciones de riesgo (como ir a robar armado) y el consumo de drogas y alcohol son situaciones donde el aguante y, por consiguiente, la virilidad, son puestos a prueba” (Martín, 2011:8).

La resistencia contracultural de la década de 1960 devino en aguante hacia finales de los 90. Lo que en un momento fue un problema político de carácter revolucionario pasó a ser en un problema de índole policial-judicial. La resistencia política (desaparecida y aniquilada) derivó en marginalidad delictiva que convive (y muchas veces es funcional) con el sistema que los oprime.

 

 

 

3.3. La ciudad de la cumbia villera

 

 

 

Rio Caldeira (2007) establece tres patrones urbanos que identifican los procesos de segregación social durante el siglo XX en la ciudad de San Pablo, que bien pueden ser tomados en cuenta (con algunas variaciones locales) para el estudio de otras ciudades latinoamericanas como el caso de Buenos Aires. El primer modelo abarca desde fines del siglo XIX hasta 1940, expresando una ciudad concentrada que establecía la segregación a partir del tipo de vivienda: conventillos y casas unifamiliares. La segunda forma urbana que dominó el desarrollo de la ciudad desde 1940 hasta 1980,  separó a las clases media y alta situadas en el centro de la ciudad, de los sectores populares ubicados en la periferia. Por último, el tercer patrón iniciado en 1980 (en 1976 en el caso de Buenos Aires) y profundizado en la década de 1990, produjo la suburbanización de las elites a través de barrios privados para autosegregarse del resto de la población.

A diferencia de los dos primeros modelos, el tercero representa un cambio  totalmente radical. Pues, asistimos lisa y llanamente al debilitamiento de la ciudad pública (abierta) y la emergencia de una ciudad de carácter privada (cerrada). Como bien afirma Svampa (2001), la ciudad pública moderna combinaba los espacios de mezcla, de contacto, de integración, con los territorios de diferenciación y segregación social. En cambio, la ciudad posmoderna está siendo constituida a manera de enclaves o islas de riqueza (barrios privados) o de pobreza (villas miserias) que casi no tienen comunicación entre sí. Por lo tanto, la tradicional mixtura social que propiciaba las confusiones de roles y status; es reemplazada (en las actuales suburbanizaciones privadas) por la transparencia propia de una sociedad rígida y estratificada (poco democrática), que establece de forma explícita y obscena las distintas jerarquías de roles y posiciones entre los de adentro (los residentes) y los de afuera (personal de servicio). 

La decadencia de los espacios públicos demuestra el crepúsculo de la calle como espacio dispuesto a la interacción, la convivencia y la diferencia. El incremento del encierro facilitado por el entorno virtual de los medios masivos de comunicación y de las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones, sumado al circuito de aislamiento que proponen algunas prácticas urbanas: compras de bienes y servicios en shoppings, la utilización de servicios de transporte más flexibles (remises y combis) y la proliferación de barrios cerrados; atentan contra la vitalidad de la calle, espacio esencial para el desarrollo de una ciudad plural.

La urbe resultante, cada vez más al margen de la res publica, es incapaz de reunir los fragmentos que la concepción política privatista desintegra. La destrucción del tejido social llevada a cabo en los años noventa ha excluido a millones de personas de todo indicio de ciudadanía. Los marginados del sistema, tal vez hayan encontrado en la identificación con la cumbia villera, una forma de resistencia y de participación que los hace visible ante una sociedad que no les ofrece lugar para su existencia y desarrollo.

 

 

 

3.4. La poética de la cumbia villera

 

 

 

Las letras de los distintos grupos del subgénero reproducen, en su inmensa mayoría, los nuevos prototipos sociales (relacionados con la fiesta, el consumo de drogas y alcohol, el “pibe chorro” y el aguante) que emergen de la vida cotidiana de los barrios marginales de Buenos Aires. Tomaremos, a modo de ejemplo, tres canciones que hacen referencia a esta nueva configuración de prácticas y valores socioculturales.

 

 

            Estaba en el baile tomando fernet con Coca,

y de repente una chica le metió

una pastilla de color rosa.

 

            La jarra seguía pasando de boca en boca.

Mareados seguimos tomando

de esta jarra loca.

Empezamos a ver

dibujitos animados,

y todo el baile quedó…ooo…descontrolado […]

 

Flor de Piedra, “La jarra loca”, 2000.

 

 

[…] Yo no miento,

solo engaño, fumo, tomo y

meto caño.

 

Tomando mucho vino y

aburrido,

buscando algún autito

que cortar,

está todos los días

el pibe tuerca

en la esquina,

fumando y esperando su

momento para actuar […]

 

Pibes Chorros, “El pibe tuerca”, 2003.

 

           ¡Para vos, cheto refugiado!

 

Le contaron al cheto

que vieron a su novia en el baile con un pibe.

Y ese pibito soy yo, el Andy.

[…] Me quieren pegar y son todos giles;

a ver si se la aguanta cuando llegen los pibes […]

Ella en el baile no me dijo nada,

cuando yo la acariciaba;

ella en el baile no me dijo nada

cuando yo me la apretaba.

Ahora, que llegaron los pibes,

quién es el primero que se planta.

Pero si sos un cheto cagón

y yo un pibe que se la aguanta […]

 

            Altos Cumbieros, “Cheto refugiado”, 2004.

 

 

El empobrecimiento del lenguaje que exhiben la mayoría de las letras de la cumbia villera, no lo podemos desvincular de la decadencia generalizada (política, social y económica) que durante las últimas décadas del siglo XX viene padeciendo nuestro país. Al mismo tiempo, es necesario contextualizar la situación de crisis en relación con los cambios estructurales introducidos por la cultura posmoderna. De acuerdo con Sartori (1998), la omnipresencia de la cultura de la imagen (implantada por la televisión) transforma al homo sapiens en homo videns. El lenguaje de las ideas, de los conceptos (abstracto) es reemplazado por un lenguaje mucho más pobre: el lenguaje perceptivo, de las imágenes (concreto). El acotamiento del uso de la lengua es significativo no solo en cuanto a la cantidad y la variedad de palabras utilizadas, sino también en relación con la calidad significativa (connotativa) de las mismas.

 

 

 

3.5. La decadencia

 

 

 

La cumbia villera nacida con fervor hacia finales de la década de 1990, ha recorrido un camino de aceptación masiva hasta aproximadamente el año 2003, donde comienza su decadencia casi definitiva. “Tal vez la ilustración más clara del proceso la represente el grupo Yerba Brava, que pasó de encabezar la cumbia villera a volcarse hacia 2005 a las variantes más melódicas y románticas del género” (Míguez y Semán, 2006:51). “Así las cosas, volver a las fuentes no significó, ni más ni menos que presentar a los artistas ex-villeros como representantes, y en algunos casos líderes, de una nueva oleada de cantantes románticos que, sin embargo, mantenían sus looks villeros (Silva, 2011:288). Ya había finalizado la nefasta década menemista, donde era necesario proponer una estética “blanca” para poder alcanzar algún tipo de éxito.

Entre las probables causas de su declinación advertimos la censura efectuada por el COMFER (Comité Federal de Radiodifusión) durante el año 2002, que prohibió completamente su difusión por el espacio televisivo, alegando que sus letras constituían una verdadera apología del delito[28]. Paradójicamente, a fines de 2002, el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (más progresista que el gobierno nacional) felicitaba a Pablo Lescano a través de Jorge Telerman (secretario de cultura) por haber recibido el Premio Clarín dentro del rubro “Revelación de la canción testimonial”. La merma en popularidad ocasionada, sin lugar a dudas, por la veda radial y televisiva del año 2002, sumada “con la necesidad de captar nuevos públicos” (Silva, 2011:287) y  creemos, también, con los cambios sociopolíticos acaecidos desde inicios del año 2003; han debilitado el poder de atracción del subgénero villero. Si bien, los sectores sociales que dieron origen a la cumbia villera todavía no han salido totalmente de la pobreza, las políticas de inclusión introducidas por la flamante gestión han disminuido la violencia que generaba la extrema exclusión social, que a su vez, actuaba de fuente de inspiración y de expresión de los sectores marginados por el modelo económico neoliberal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4. Conclusiones

 

 

 

Al estudiar las diferencias socioterritoriales entre la periferia moderna y posmoderna de Buenos Aires, y a su vez, analizar las principales expresiones musicales de los sectores de la población en condición de marginalidad, arribamos a la conclusión de que en el suburbio moderno la poesía del tango manifestó el intento de integración y movilidad socioespacial. Luego podríamos debatir en profundidad si el intento ha llegado a su consumación ó si solo se lograron parcialmente las expectativas, prevaleciendo la frustración de la oportunidad perdida. Empero, a contracara del modelo de la ciudad moderna expansiva (Gorelik, 2004): que se extendía hacia fuera del territorio (suburbios) y hacia adentro de la sociedad (inclusión), la ciudad posmoderna y la poesía de la cumbia villera no encuentran lugar para la utopía del progreso y de la mezcla social.

No es casual que la pérdida de la movilidad social coincida con la transformación de la villa miseria en un patrón de residencia permanente. Ya que, hacia mediados del siglo XX el hábitat precario era el primer eslabón transitorio a la espera del inminente encadenamiento al progreso económico. La villa miseria ha pasado a ser, entonces, una marca de identificación estable con sólidos sentimientos de arraigo y pertenencia. La falta de perspectiva, de cambio hacia un futuro mejor, fue fielmente proyectado por la fragmentación social y espacial (en la década de 1990 alcanzó el punto culminante) y por el espectáculo desilusionado de la cumbia villera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Svampa, M. 2010. El dilema argentino. Civilización o Barbarie. Taurus. Buenos Aires. págs. 140, 255 y 256.

 

Varela, G. 2010. Tango. Una pasión ilustrada. Lea. Buenos Aires.

 

Villarroel, L. 1957. Tango, folklore de Buenos Aires. Ideagraf. Buenos Aires.

 

Viñas, D. 1994. Literatura argentina y realidad política. Centro Editor de América Latina. Vol. 1. Buenos Aires. págs. 91, 92 y 93.

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

AGRADECIMIENTOS                                                                                                  1

 

PRESENTACIÓN                                                                                                           2

 

LA  CIUDAD EN CUESTIÓN                                                                                     3

 

1. Introducción                                                                                                                  3

 

2. La ciudad como prejuicio                                                                                              7

 

2.1. Entre ellos y nosotros: la realidad mediatizada                                                          7

 

2.2. La expansión del miedo                                                                                            14

 

3. La ciudad de la globalización                                                                                      18

 

4. La ciudad de los flujos                                                                                                 24

 

5. La ciudad del espectáculo y la simulación                                                                  28

 

5.1. Recuperación y exclusión (Puerto Madero y Abasto)                                              32

 

6. La ciudad negadora del medio natural                                                                         38

 

7. La ciudad íntima                                                                                                          41

 

7.1. La erosión de la sociabilidad                                                                                    41

 

7.2. La decadencia del café                                                                                              49

 

7.3. El crepúsculo del caminar sin rumbo                                                                       56

 

7.4. De la plaza al shopping mall                                                                                    61

 

8. La ciudad cerrada                                                                                                        68

 

8.1. Antecedentes de las suburbanizaciones cerradas                                                     68

 

8.2. “Estilo de vida country”                                                                                           73

 

8.3. Los “barrios-piquete”                                                                                               75

 

8.4. ¿Una vuelta a la edad media?                                                                                   78

 

8.5. ¿La Utopía renacentista?                                                                                          82

 

8.6. Los megaemprendimientos                                                                                      86

 

8.7. Dispositivos de promoción                                                                                       96

 

8.8. Reglamentos                                                                                                           100

 

8.9. Conflicto de intereses                                                                                             106

 

8.10. Barrios semicerrados                                                                                            110

 

8.11. Cementerios parque                                                                                              113

 

9. La ciudad moderna versus la ciudad global                                                               117

 

10. Conclusiones                                                                                                            143

 

10.1. Desafíos y propuestas                                                                                           143

 

10.2. Consideraciones finales                                                                                        145

 

11. Bibliografía                                                                                                              153

 

 

EL TANGO Y LA CUMBIA VILLERA                                                                   167

COMO EXPRESIONES DEL SUBURBIO

 

 

  1.  Introducción                                                                                                               167  

 

  1.  El tango                                                                                                                      167

 

2.1. Contexto histórico-geográfico                                                                                167

 

2.2. De la Barbarie a la Civilización                                                                              169

 

2.3. La poética de la década del 30                                                                                174

 

2.4. El tango como agente integrador                                                                            177

 

2.5. Auge y decadencia                                                                                                  179

 

2.6. Discursos a “Mordisquito”                                                                                     181

 

  1.  La cumbia villera                                                                                                       183

 

3.1. Contexto histórico-geográfico                                                                                183

 

3.2. El fin del Estado de bienestar y nuevos valores identitarios                                  186

 

3.3. La ciudad de la cumbia villera                                                                                187

3.4. La poética de la cumbia villera                                                                               189

3.5. La decadencia                                                                                                         190

 

  1.  Conclusiones                                                                                                              192

 

5. Bibliografía                                                                                                                193                                                                             



[1] El INDEC (2003:4) denomina Aglomerado Gran Buenos Aires al área geográfica delimitada por la “envolvente de población”; lo que también suele denominarse “mancha urbana”. Se entiende por “envolvente de población” a una línea que marca el límite hasta donde se extiende la continuidad de viviendas urbanas. Esta línea se mueve con el tiempo y, por cierto, no respeta las delimitaciones administrativas de los partidos. El Aglomerado Gran Buenos Aires es el mayor conjunto urbano del país. Abarca la Ciudad de Buenos Aires y se extiende sobre el territorio de la Provincia de Buenos Aires, integrando la superficie total de 13 partidos (Lomas de Zamora, Quilmes, Lanús, Tres de Febrero, Avellaneda, Morón, San Isidro, Malvinas Argentinas, Vicente López, San Miguel, José C. Paz, Hurlingham, Ituzaingó), más la superficie parcial de otros 16 (La Matanza, Almirante Brown, Merlo, Moreno, Florencio Varela, Tigre, Berazategui, Esteban Echeverría, San Fernando, Ezeiza, Pilar, Escobar, General Rodríguez, Presidente Perón, San Vicente, Marcos Paz), esto sin contar una muy pequeña participación de los partidos de Cañuelas y La Plata.

[2] Término que acuño Robertson (1992) para referirse a la complejidad del tratamiento teórico de la realidad espacial (dialéctica global-local) de nuestro tiempo.

[3] Por ejemplo, según las imágenes de las cadenas internacionales de noticias casi todos los narcotraficantes son latinos o tienen apellidos de esa procedencia. Este hecho que no coincide con los datos de la realidad, pues el mayor consumo se concentra en los países anglosajones, es otra forma de estigmatizar a las personas de dicho origen.

[4] Diego Capusotto en su programa de radio en Rock and Pop: “Hasta cuando: información y noticias para entrar en miedo, pánico y depresión”; describe a través de una genial parodia, la práctica generalizada de los informativos radiales. La sucesión interminable de malas noticias, de hechos vinculados con la generación de pánico, son parte de una carrera que no tiene fin.

[5] Los inmigrantes que durante la década de 1990 arribaron al país en calidad de perdedores (de países limítrofes, de Ucrania, de Rumania, de África subsahariana, etc.), no fueron tratados con la benevolencia que se merecían.   

[6] La única referencia geográfica está vinculada al kilómetro de la autopista que la asiste. Las autovías constituyen un elemento indispensable para su accesibilidad y funcionamiento.

[7] Y agrega: “es la actividad que protege a la gente entre sí y sin embargo le permite disfrutar de la compañía de los demás. Llevar una máscara constituye la esencia de la civilidad. Las máscaras permiten la sociabilidad pura, separadas de las circunstancias del poder, la enfermedad y el sentimiento privado de aquellos que las usan” (Sennett, 2011:325).

[8] Un elemento importante a tener en cuenta, para explicar la menor interacción social que existe en la ciudad anglosajona, sería la rigurosidad de su clima, que de alguna manera alentaría a sus pobladores a pasar mucho más tiempo de sus vidas dentro del hogar.

[9] Hay cadenas de comidas rápidas y de heladerías que ofrecen “auto-service”: “auto-Mc” (Mc Donald’s) (Figura 8) y “auto-helado” (La Veneziana) (Figura 9).

[10] La contratapa del libro La otra historia (O’Donnell -ed.-, 2012) da cuenta de aquel suceso: “Nadie ignora que la Argentina y, más en general, América Latina, viven hoy profundas transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales que, en mayor o en menor medida, son reflejo de un cambio de paradigma que nos aproxima al sueño de la ‘Patria Grande’. En este contexto, La otra historia busca dejar constituida, sin pretensiones de logro absoluto, la doctrina de la historiografía nacional, popular y federalista, durante mucho tiempo marginada, no solo como respuesta ‘revisionista’ a una historiografía oficial distorsionada tendenciosamente, lo que fue razón de su origen sino ya como conjunto de principios, objetivos y particularidades que le dan un espacio propio para un necesario debate que apunte a la construcción de un relato histórico integrador y no excluyente”

[11]“Una ciudad está compuesta por diferentes hombres: personas similares no pueden crear una ciudad”, decía Aristóteles en Política.

[12] No es la primera vez en la historia, que una idea urbanística obtenga resultados totalmente opuestos a los pensados originariamente. Es el caso del plan urbanístico propuesto por el barón de Haussmann para la ciudad de Paris. Sus intenciones autoritarias de abrir la ciudad (a través de grandes avenidas) para evitar que los manifestantes construyeran barricadas a lo largo de ellas, y en el caso de que así sucediera, pudieran ser fácilmente alcanzadas por el fuego de la artillería, ha dado lugar, contrariamente, a la creación de espacios públicos con mixtura social (Houston, 1989).

[13] La construcción entre las dos medianeras y las rejas sobre la línea municipal, distinguen a las edificaciones de los barrios públicos de la de los barrios cerrados.

[14] De acuerdo con Lipovetsky (1992:12), “los deportes acuáticos son un fiel reflejo de la sociedad posmoderna: la edad del ‘deslizamiento’ donde todo se desliza en una indiferencia relajada. La imagen deportiva ilustra con exactitud un tiempo en que la res publica ya no tiene una base sólida, un anclaje emocional estable”. 

[15] “A diferencia del esquema de Ajuste recesivo de la etapa anterior, el Plan (de Convertilidad) impuso (con consenso externo) una variante novedosa: el ‘Ajuste Expansivo’. Como el grueso de los impuestos que percibe el fisco están constituidos por gabelas al consumo, fue preciso estimular la expansión de las ventas para obtener los ingresos tributarios necesarios a fin de asegurar la existencia de superávit presupuestario. Entonces, el crecimiento económico es un requisito fundamental del Plan, más allá de cuáles son los sectores productivos y los agentes sociales favorecidos [...] El sistema financiero conoció una abundancia de recursos provenientes del exterior, en una primera etapa, en la que existió el principal aliciente para que ello pusiese efectivizarse: la elevada diferencia de la tasa pasiva de interés entre la vigente en los centros financieros mundiales (en baja) y los de la Argentina (mucho más altos). Ese ingreso de fondos especulativos, necesarios para financiar el creciente saldo negativo de la balanza de pagos en cuenta corriente, sirvió para alimentar el crédito al consumo y permitió la expansión productiva, indispensables para obtener ingresos tributarios. El círculo, así, se cerraba, pero con un costo financiero que se tornaba insoportable para poder ser afrontado por las actividades productivas pequeñas y medianas” (Rofman y Romero, 1997:272 y 273).

[16] Los vecindarios se transformaron en barrios cuando las relaciones sociales fueron mediadas por las instituciones públicas locales. Se logra, en definitiva, cuando el espacio social se transforma en un espacio político (Gorelik, 1998).

[17] El pentecostalismo se presenta como una religión de pobres para pobres a fin de “salir de la pobreza”. Su propuesta invita individualmente a dejar los pecados del mundo (alcohol, violencia familiar, dioses paganos, droga, apatía y cansancio moral, etc.) a fin de prosperar y convertirse en un “nuevo hombre y una nueva mujer”. El culto practicado en casas también lo muestra como “empresas de salvación” por cuenta propia. El pentecostalismo es así un religión de protesta contra una sociedad que no brinda posibilidades de participación y, al mismo tiempo, una adaptación a los nuevos procesos de individuación de la posmodernidad dominante (Mallimacci, 2009).

[18] Lo que fue resistencia a un modelo hoy pasa por tener ese segundo de explosión dentro del sistema.

[19] En muchas ocasiones, los medios audiovisuales (a través de la publicidad) son vehículos de exclusión para gran parte de la población que no puede acceder a los productos y servicios ofertados.

[20] Al momento de edición de la presente obra el Poder Ejecutivo Nacional ha lanzado el Plan Pro. Cre. Ar Bicentenario Argentino, que proyecta construir 400.000 nuevas viviendas para remediar la problemática del déficit habitacional. El programa será financiado por el ANSES y el Tesoro nacional dentro de un pazo de 4 años. El crédito será en pesos con una tasa de interés subsidiada, que va desde el 2% al 14%, para ingresos desde 0 a $30.000. Los fondos públicos se utilizarán para formar un fideicomiso, que permitirá la construcción de inmuebles (vivienda única) instrumentado por el Banco Hipotecario. Para los aspirantes que no posean un lote, el gobierno nacional pondrá a la venta terrenos fiscales de su jurisdicción. 

[21] Fue el Barón Antonio de Marchi, yerno del Gral. Roca, en instancias de una reunión social en el Palais de Glace, quien introdujo el tango en nuestra oligarquía (Molinari y otros, 2003).

[22] Para Varela (2010), la llegada de Yrigoyen al poder permite que el tango se haga canción a partir de la incorporación de las voces de los sectores sociales emergentes.

[23] En 1887 Cambaceres había escrito La Sangre, donde intenta describir la contaminación que ejercía el inmigrante sobre los valores porteños. Unos pocos años después en 1891, luego de la crisis de los años 90, Martel publica La Bolsa, donde culpa a los inmigrantes, y especialmente a los judíos, sobre la especulación financiera que protagonizó la situación de quiebra del país.

[24] El proceso de mistificación del gaucho será coronado por la obra de Güiraldes, Don Segundo Sombra en 1926. En ella se resaltan las virtudes del arquetipo “hombres de campo”. En su relato no hay diferencias sustanciales entre el peón y el patrón: solo existen hombres y campo. Su libro no es sino una contribución de la literatura gauchesca a la necesidad de la sociedad burguesa de ocultar las diferencias y las disputas de clases. El campo será percibido como un espacio donde todos conviven en perfecta paz y armonía (Masotta, 2010).

[25] La relación entre el tango y la cultura rural es explicada por Díaz (2001:232) en estos términos: “[…] el tango también está en sus orígenes históricos relacionado con el campo, puesto que el género milonga proviene de lo rural más que de lo urbano, y parece que lo precedió en el tiempo. La industrialización de Buenos Aires no lograba asimilar a todos los emigrados del campo, de modo que en los suburbios comienza a congregarse un confuso mundo de prostitutas, desocupados, compadritos y jugadores. Estos marginales no eran campesinos, pero tampoco eran gente de la ciudad. Estaban privados de su pasado rural y no podían aspirar a un futuro urbano. Es entonces, alrededor de 1870, cuando junto a la tradicional figura del payador surge una nueva figura, la del milonguero. Éste representa para el suburbio lo que aquél representaba para el campo. La payada era la poesía espontánea de los paisanos rioplatenses. Pero el payador se fue esfumando al ritmo de la afirmación de la milonga. La milonga es una especie de payada pueblera. El gaucho errante, que necesitaba un contrincante para desarrollar su arte payador, deviene en cantor de milonga, se convierte en individualidad suburbana. La milonga, al contrario del tango, primero fue música cantada y luego baile”.

[26] El peronismo modificó el “ordenamiento paralelo de las jerarquías del dinero, de la cultura y de la ‘raza’ que se fue formando en la Argentina durante las primeras décadas del siglo. Por eso el peronismo no solo irritó al gran capital o a los empleadores, sino también a muchos de aquellos que, sin ser ricos, en alguna medida se beneficiaban de aquel régimen por ser ‘blancos’, por tener un poco mas de educación o simplemente por haberse adaptado bien a ese mundo en el que se suponía que cada cual debía ocuparse de sus intereses individuales y que el progreso era simple y únicamente una cuestión de esfuerzo personal. En la sociedad crecientemente ‘descolectivizada’, de pronto había instancias colectivas inéditas que ofrecían nuevos modos de acceder al bienestar” (Adamovsky, 2009:279).

[27] Lewkowics (2002) asocia a la cumbia villera con una fiesta desesperada, una euforia que está amenazada por una caída inminente: el bajón luego del consumo de cocaína, la caída por el temor de que se termine.

 

 

[28] De acuerdo con Silva (2011), el argumento utilizado para la censura fue una excusa válida para frenar una movida social que “amenazaba” [las comillas son mías] el orden constituido. Colocamos amenazaba entre comillas, porque pensamos que “el aguante” de las letras no poseían un canal político para cambiar el sistema. 

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