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Cuando los oprimidos defienden a sus opresores (Héctor Suárez y Felipe Romano)

¿Cómo se explica que el oprimido termine apoyando con su voto al sistema que lo oprime?


Desde el punto de vista cultural es un gran logro de la derecha el haber convencido a los más pobres y necesitados que esa es su situación natural. Tomemos como ejemplo el caso de Bolivia, donde los candidatos campesinos indígenas que se postulan a algún cargo político, deben convencer a sus futuros votantes que no necesariamente los dirigentes tienen que ser blancos. Aquí se pone de manifiesto el efecto propagandístico aplicado durante décadas (y siglos) que pone al indígena en Bolivia y a cualquier persona de magros recursos en el resto de América Latina, en un nivel inferior hasta el punto de considerarlo incapaz de ejercer cargos públicos.


Es necesario pensar en el fenómeno de la “portación de cara” y de qué manera los medios instalan el concepto hasta convertirlo en un hecho cultural.


Podemos asociar este concepto a la vinculación que se establece entre la delincuencia y la pobreza; una asociación que la mayoría de las veces deviene en sinónimo y que una gran parte de la población no solo la acepta sino que también se convierte en multiplicadora. La primera consecuencia de esta falaz asociación es que el pobre no puede gobernar los destinos de un país pues, de ser así, quedaríamos en manos de un delincuente e incapaz[1]. Sin embargo, nuestra frágil memoria nos impide recordar y enumerar la cantidad de delincuentes e incapaces que nos gobernaron y que precisamente no provenían de villas miserias sino de clubes de campo (countries).


Desde un aspecto propagandístico y quizás subliminar, se genera un imaginario que subyace de modo muy arraigado en la clase media. Esa clase media que fue capaz de acceder a cierto nivel socioeconómico y cultural, y que posee un gran temor de ser incapaz de mantener su posición y descender en la escala social al nivel de pobre, con todo lo que ello implica[2]. Por otra parte, debemos considerar las nimias herramientas que poseen los sectores de menores recursos para generar cambios a nivel macro, en comparación con los que generan los grupos de poder. Si conjugamos estos dos factores –temor de los sectores medios e incapacidad de acción de los sectores bajos- nos encontramos con que el poder de derecha utiliza a la clase media, generando un imaginario a través de los medios de comunicación masivos, inculcándole una actitud de desprecio[3] hacia los sectores sociales más relegados y desprotegidos; desprecio que se pone de manifiesto en cualquier comentario de “gente bien” y en los actos electorales donde termina votando al que promete el no innovar (conservadurismo de derecha muchas veces con discurso de izquierda). Pues, de esa manera estará garantizado que haya sectores por debajo de ellos en la escala social.


Demás está aclarar, aunque resultan ejemplificadores, comentarios tales como “el Estado le da al vago y yo, que todo lo que tengo lo gané con mi sacrificio y mi trabajo, pago los impuestos para mantenerlos a ellos”; confundiéndose (no de modo accidental) el asistencialismo feudal con el socialismo real, y de esta manera se impone en la población (como un monstruo latente) la idea de que en los sistemas socialistas “me van a quitar todo lo que tengo para dárselo a esos vagos que no hacen nada” -y que obviamente son pobres porque les gusta serlo-. Queda claro que la derecha alimenta este imaginario a través de los “popes” televisivos y gráficos que dictaminan lo que hay que ver, leer, decir y pensar[4].


Todo este imaginario que se refiere al temor al descenso en la escala social está visto siempre desde el punto de vista neoliberal: es obvio que nadie quiere ser pobre en este sistema. Se impone así un giro en el razonamiento que de respuesta al significado de “ser pobre” en un sistema socialista como el que quiere imponerse en Venezuela.   
         Indudablemente un sistema con tales características implica la protección por parte del Estado de los sectores desprotegidos por los sistemas neoliberales y tan necesarios para el capitalismo. No podemos analizar la pobreza y su situación desde una óptica capitalista sin caer necesariamente en la exclusión-expulsión, pues ésta es una condición sine qua non para el funcionamiento del sistema, ya que la pobreza es funcional al mismo. Si analizamos la situación desde una óptica no capitalista, desembocamos en la condición de humildes con acceso a la educación y la salud integral, avalados por un Estado que los ampara.
         Lo ocurrido en Venezuela el pasado domingo 02 de diciembre, donde el 51 % de la población que votó le dijo no a la reforma constitucional impulsada por el Comandante Hugo Chávez Frías, es una muestra cabal de cómo la derecha y sus medios (del exterior y del interior de Venezuela) siguen trabajando para alimentar ese imaginario que colabora con la destrucción mediática de un Presidente elegido por el voto popular, con la sola excusa de que quiere perpetuarse en el poder, cuando esos mismos medios (y los gobiernos con sus intereses por detrás) nunca tuvieron objeciones en que las dictaduras en América Latina duraran todo lo que quisiesen. Siguen con su tarea de demonizar a aquellos que con sus acciones demuestran día a día que su objetivo es otorgarles dignidad humana a los humildes y necesitados, utilizando para ello el sencillo instrumento de una clase media temerosa de ser alguna vez “pobres del Capitalismo”.








[1] Este tinte discriminativo es harto evidente en España e Italia hacia los pobres del Este (rumanos, polacos, etc.). Pues, la clase media mediterránea se ve reflejada en estos menesterosos (blancos), que les hace recordar su pasado de penurias. Es así, que sufren mayor discriminación los necesitados blancos (por su familiaridad) que los indigentes africanos (más alejados de su imaginario).



[2] Incluso este temor puede, el algunas oportunidades, jugarles en contra. Por ejemplo, un operario de Pirelli (miembro del sindicato SMATA) gana más o menos lo mismo que un ingeniero de la misma compañía. ¿Cuál es el motivo? Los profesionales y sectores gerenciales (empleados de la empresa no dueños) no se encuentran sindicalizados. ¿Por qué? Porque el sindicatos es para los proletarios (pobres). El imaginario de la clase media empleada es de “patrón”. Y esto la patronal lo sabe muy bien. Sino no se entendería como muchos empleados se dejan humillar hasta el hartazgo solo para poder mantener su status: saco y corbata y oficinita individual.



[3] Por se cercanía con la clase baja (espacial, económica y social), los sectores medios son el sector social que más discrimina a los desposeídos. Siempre está presente en la pequeña burguesía el temor de un descenso en la escala social. La clase media necesita (por todos los medios posibles: la discriminación es el menos sutil) diferenciarse de sus vecinos más próximos.



[4] En este contexto, podríamos llegar a comprender más cabalmente el comportamiento de las clases populares en los estadios de fútbol. Pues, la exigencia de alto rendimiento (con tolerancia cero) hacia sus respectivos equipos no se observa en otros ámbitos de la vida, como por ejemplo, el político.

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